El mal trago del 28-S

► Las listas independentistas no alcanzan el 48% de los votos, pero anuncian que seguirán con el desafío. ► Los soberanistas suman 72 escaños, dos menos que en 2012. La CUP decidirá el futuro de Cataluña

Cataluña se divide en unas elecciones con una participación del 77%. Pierde el «plebiscito»: la independencia se deja dos escaños y no convence al 52,22%. Dependerá de los radicales de la CUP, que no le apoyarían, para ser president. Artículos de: Josep Ramón BOSH, Juan Ramón RALLO, Pilar FERRER, Alfonso MERLOS, Fernando RAYÓN, Abel HERNÁNDEZ, Alfonso ROJO, A. Martín BEAUMONT, Mikel BUESA, José María MARCO, Sabino MÉNDEZ, Inocencio ARIAS

Una victoria insuficiente. Así podría definirse el triunfo que ayer obtuvo en las urnas el movimiento independentista en Cataluña. Los partidarios de la secesión sumaron 72 escaños (de los 135) para proseguir el incierto viaje hacia la independencia, pero no alcanzaron la mitad de los votos. Artur Mas se hartó de repetir en esta campaña que las elecciones tenían un carácter plebiscitario. Siendo así, debería concluirse que el presidente de la Generalitat perdió ayer «su» plebiscito, ya que los independentistas lograron el 47,8 por ciento de los votos..



Lejos de asumir el resultado como una derrota o de levantar el pie del acelerador, Mas y sus compañeros de viaje están decididos a seguir adelante con el proceso independentista a riesgo de acentuar la fractura política y social que se intuye del resultado electoral. Tendrán que hacerlo de la mano de la CUP, quizá la gran triunfadora de la noche electoral, puesto que la formación anticapitalista e independentista se hizo con 10 escaños y no sólo tendrá en sus manos la llave de la gobernabilidad, sino también la posibilidad de forzar la investidura de un presidente de la Generalitat distinto a Mas.

La jornada electoral se zanjó con una participación excepcional del 77,35 por ciento, la mayor de la historia en unas elecciones al Parlamento de Cataluña. Sólo las elecciones generales de 1982 registraron una afluencia mayor en las urnas, cuando votó el 80,83 por ciento de los catalanes.

Del resultado de ayer se desprenden numerosas lecturas. La primera, que Convergència y ERC pierden posiciones respecto a la anterior legislatura. Tenían 71 diputados y ahora se quedan con 62. Tenían 1.614.383 votos y han perdido unos cien mil. La segunda, que el independentismo mantiene su nivel de movilización. En el denominado «proceso participativo» del 9-N, un total de 1.861.753 catalanes respaldaron la independencia. (Cabe decir que en aquella ocasión pudieron votar los jóvenes de 16 y 17 años). Ayer lo hicieron 1,9 millones, un avance muy leve.

El bloque de formaciones contrarias a la independencia experimentó profundos cambios. El más relevante, sin duda, es que Ciudadanos se convierte en la principal fuerza de la oposición. El partido emergente logró 25 diputados, confirmando así que su formación no sólo se nutre de electores del PP –que sufrió un severo retroceso, de 19 diputados pasó a 11–, sino también del PSC y de bolsas abstencionistas.

Los socialistas de Miquel Iceta mantuvieron una meritoria tercera posición, algo impensable hace pocos meses, cuando las encuestas auguraban una imponente irrupción de Podemos en el Parlament. Pocos comparecieron ante las cámaras con un regusto más amargo que los de Pablo Iglesias, ausente en Cataluña. No sólo se quedaron lejos de ser la segunda fuerza en el Parlament –así de felices se las prometían hace apenas unos meses–, sino que retrocedieron posiciones respecto al resultado de ICV en 2012. De aquellos 13 diputados, la fallida marca de Cataluña Sí se Puede encabezada por Lluís Rabell se queda esta vez con 11.

La peor de las noticias se la llevó Unió Democràtica. El histórico partido catalanista fundado en 1931 desaparece del Parlament. Alcanzó los cien mil votos, pero se quedó a varias décimas del 3 por ciento del voto, barrera imprescindible para optar al reparto de escaños. Unió no tiene otro remedio ahora que abrir una complicada reflexión y jugárselo todo a una última carta, la de unas elecciones generales que le permitan sobrevivir en las instituciones.

Pese a que la victoria de Juntos por el Sí es aparantemente insuficiente, los independentistas están decididos a desarrollar su hoja de ruta. El proceso secesionista se iniciará con una «declaración solemne» en el Parlament para manifestar a las instituciones españolas y europeas las intenciones su voluntad independentista. A continuación se iniciarían los trabajos de redacción de una Constitución catalana y se pactaría un gobierno de concentración que se encargaría de preparar «la desconexión».

Una vez este Govern considere que existen «las condiciones mínimas» para poner en marcha el Estado catalán se procedería a proclamar la independencia en el Parlament. El proceso culminaría con una ley para habilitar el proceso constituyente y con unas elecciones también de carácter constituyentes. Todo ello se hará, según los planes de Juntos por el Sí, en un plazo de 18 meses.

Quedan muchos interrogantes por resolver. Uno de los principales es conocer la fortaleza interna de un artefacto como Juntos por el Sí, donde cohabitan dirigentes de Convergència, ERC, ex políticos de Unió y del PSC, e incluso personalidades del mundo cultural como Lluís Llach. Hoy se reunirán las ejecutivas de cada partido y comenzará el encaje de un proyecto que, inevitablemente, caerá en contradicciones.