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1-J: el día que en Génova miraron a Feijóo

La sucesión al frente del partido centra ahora el debate. El presidente gallego es el mejor visto en la formación y es el único líder regional que conserva su mayoría absoluta. Rajoy deberá decir si quiere pilotar su relevo tras el shock

  • Arenas, Cospedal, Floriano y Feijóo en un acto del partido/ Jesús G. Feria
    Arenas, Cospedal, Floriano y Feijóo en un acto del partido/ Jesús G. Feria

Tiempo de lectura 8 min.

03 de junio de 2018. 09:28h

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Hace poco preguntaron en un aparte a Mariano Rajoy por sus avatares como inquilino de La Moncloa. Y exclamó: «¡Joder, es que a mí me ha ‘‘dimitido’’ hasta un Rey!». Su transcurrir público constantemente por el filo de la navaja le ha llevado incluso a ser el único presidente que ha tenido que activar el artículo 155 de la Constitución española para frenar un conato de independencia de Cataluña.

Su caída del Gobierno este pasado viernes pone fin a un dilatado ciclo político que no podrá alargarse mucho más. La época de Rajoy se agota y con ella su leyenda de superviviente de todas las tormentas. Por más que él siempre haya sido un amante de que las cosas ocurran con normalidad. De su mano, el PP ha pasado de las mayorías absolutas a las victorias pírricas, empantanado en una exigua renovación, con algunos rostros jóvenes como Pablo Casado, Javier Maroto o Andrea Levy en la dirección, que los españoles no han percibido como creíble. Ciudadanos acecha haciéndole la reforma del centro derecha desde fuera: arrebatándole un electorado deseoso de regeneración.

Hoy, el Partido Popular se levanta con el sabor amargo de perder La Moncloa. Los quejidos desgarran las sedes por el «invierno mediático» al que consideran se les ha condenado. Lloran no tener ya todo el centro derecha tras de sí. El estado de ánimo del partido mayoritario ha caído del cielo al suelo en cuestión de horas. La inmediata convocatoria del Comité Ejecutivo Nacional para el próximo martes ha marcado un frenético compás de espera. Tampoco tiene demasiado tiempo el PP para lamerse las heridas: las elecciones municipales, autonómicas y europeas son dentro de un año.

Nueva generación

Los mandatarios populares saben que es imprescindible abrir un nuevo tiempo. Como el que el propio Mariano Rajoy inauguró hace diez años en el histórico Congreso de Valencia. A su presidente le tocaría pilotarlo razonablemente, si es lo que quiere. A la secretaria general, María Dolores de Cospedal, regir y ajustar las estructuras del partido y del grupo parlamentario a la tarea que se estrena de contundente oposición al Gobierno de Sánchez. Una nueva generación está llamada a asumir el protagonismo para afrontar la triple cita electoral de 2019... y las elecciones generales, cuando lleguen. Los más veteranos y gastados mandatarios deberán para ello obrar con generosidad y facilitar el relevo.

La sucesión de Rajoy debe ponerse en marcha sin demasiadas demoras. Y casi todas las miradas solventes, dejémonos de disimulos, se posan en Galicia, sabedores de que Alberto Núñez Feijóo es quien mayor consenso concita en el PP y el sucesor natural. Al barón gallego, hasta ahora tan respetuosamente prudente, le toca ya empezar a mostrar sus cartas, siendo además, como es, el único líder regional que conserva su mayoría absoluta intacta tras frenar, con su discurso moderno, a los de Albert Rivera. Nadie discute esto internamente. Porque en estas horas adversas el Partido Popular necesita renovación y certidumbres. Ser o no ser.

¿Quién será el elegido?

Seguro que Mariano Rajoy nunca imaginó al inicio del año 2000 todo el camino lleno de alternativas que se le abriría nada más alcanzar la cúspide política del PP. El tiempo de José María Aznar al frente del Gobierno y del partido transcurría sorteando los incesantes rumores sobre su sucesión. ¿Quién sería el elegido? Tres eran los favoritos: Rodrigo Rato, entonces «artífice del milagro económico español»; el propio Rajoy y Jaime Mayor Oreja, muy valorado en su condición de «azote contra ETA» en años de terrorismo.

Aznar dio entonces la primera pista. Encargó a quien sería poco después «el sucesor» tres responsabilidades a la vez: vicepresidente primero, ministro de la Presidencia y portavoz del Gobierno. De esas altas responsabilidades saltó, un año después, a la candidatura a la Presidencia del Gobierno por el Partido Popular.

España crecía económicamente, pero la guerra de Irak había desgastado al Gobierno de Aznar. Pese a todo, en 2004 todo estaba preparado para un relevo tranquilo con la llegada de Rajoy a La Moncloa. Los atentados del 11-M y la gestión de aquellos tres días fatídicos antes de las elecciones truncaron la hoja de ruta.

Contra pronóstico, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero fue aupado por la indignación ciudadana tras la masacre terrorista. A Rajoy le tocó cambiar el esperado papel de presidente por el de jefe de la oposición. Para llevar adelante esa tarea asumió la herencia política y orgánica de Aznar, con Ángel Acebes como secretario general del partido y Eduardo Zaplana como portavoz parlamentario.

Rajoy, prácticamente sin equipo propio, nunca empatizó con sus colaboradores más cercanos, peones distinguidos del aznarismo. Y tampoco compartía la estrategia de oposición diseñada bajo la tutela de Aznar, con Zaplana como espadachín y el 11-M como asunto casi monográfico para desgastar al nuevo gobierno. Fue una tensa legislatura que radicalizó al PP y acabó con su segunda derrota a manos de Zapatero en 2008.

Ahí llegó el punto de inflexión de Rajoy en el Partido Popular. La misma noche electoral de la derrota amagó con su retiro. Un sector del partido, liderado por la presidenta madrileña Esperanza Aguirre, se revolvió contra el líder. Rajoy parecía destinado al relevo inminente, con unas bases deprimidas por el nuevo descalabro. Pero encontró el apoyo necesario en barones autonómicos que deseaban abrir una nueva etapa con Rajoy al frente desligado de Aznar. Alberto Núñez Feijóo, Francisco Camps o Javier Arenas dieron un paso adelante y pronto se vio que solamente el PP de Madrid quedaba como reducto de los críticos.

Fue precisamente en ese momento delicado cuando Mariano Rajoy, que no es demasiado partidario de dar golpes sobre la mesa ni forzar los tiempos, revolucionó su organización. En el Congreso de Valencia modernizó su cúpula, atrayéndose nombres frescos como María Dolores de Cospedal, secretaria general, Soraya Sáenz de Santamaría, portavoz parlamentaria, o Esteban González Pons para revitalizar la Comunicación desde Génova 13. Los fieles de Aguirre ni siquiera presentaron batalla.

La galopante crisis económica y la negociación del PSOE con ETA marcaron la segunda etapa de Rajoy al frente de la oposición. Una etapa tras la cual el líder gallego catapultó a su formación hasta una clara victoria en mayo de 2011 en casi todas las capitales y comunidades autónomas. Seis meses después, en noviembre, Rajoy consiguió una histórica mayoría absoluta.

Sin embargo, tuvo poco tiempo para festejos. El país estaba en quiebra, al borde del rescate. El nuevo presidente comprobó enseguida que el programa electoral con el que había vencido era papel mojado. Bajo el férreo control de los «hombres de negro» de Bruselas, tuvo que afrontar un brutal recorte presupuestario y una generalizada subida de impuestos. La herencia imposible de casi siete años y medio de Zapatero marcaba el camino.

Mientras Rajoy tomaba el timón de la agónica economía española, la crisis que golpeaba a los españoles estalló en la calle, agitada por el populismo emergente desde el 15-M. Por si fuera poco, el calendario judicial de casos de corrupción –heredados en su mayoría del aznarismo, que además cada vez que podía no dudaba en criticarle– no le dio respiro. Y para más inri, el independentismo catalán iba a aprovechar la zozobra de la situación económica para acelerar su «procés» secesionista.

«La mierda de Aznar»

Ese «nos comemos la mierda de Aznar» que, en un arrebato de sinceridad, soltaba hace unos días Fernando Martínez Maillo en algunos corrillos, retumba todavía en las entrañas populares. Mariano Rajoy ha gobernado siete años sorteando la tormenta perfecta de los mercados y del golpismo independentista. No ha tenido respiro.

Sin embargo, ha sido el caso Gürtel, la sombra perturbadora de la corrupción de los tiempos en los que José María Aznar estaba al frente del partido, la que ha precipitado su adiós a la Presidencia del Gobierno de España y ha colocado al PP amenazado de jaque.

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