Gualdrapas

Valdría la pena presenciar por una mirilla la negociación entre el PSOE y ERC para la investidura. No solo por su contenido (que ya de por sí) sino por ver además las maneras de los interlocutores y el lenguaje gestual que usan. Sería como ver un grupo de terapia para políticos atrapados en callejones sin salida.

Está claro que todos quieren el poder y la manera más rápida de conseguirlo es un tripartito. Para ello están trabajando: yo te quito de encima a Puigdemont en Cataluña y tú me quitas de encima a Casado en Madrid. El mejor indicio es lo callado que tienen estos días en los medios a Iceta para que no se le escape ningún término como «indulto» o «relator» y lo estropee todo. El problema es que ambas partes son como dos chiquillos enfrentados que tienen cada uno una piedra en la mano: ambos le dicen al otro que suelte primero la suya antes de hablar.

Pedro Sánchez tiene el conocido peligro de que se desdice con un cuajo enorme de lo prometido tres minutos antes. Su estilo va revestido de la guarnicionería de quién, habiendo sido sorprendido en una grosería, se excusa con un lenguaje ampuloso. ERC, por su parte, se pasa la vida diciendo que no va a hacer una cosa para luego, en el último momento, hacerla y echarle la culpa al otro. Su estilo es altisonante pero filisteo. Son de lágrima fácil y cuanto más asustados están, más grandilocuentes se ponen. Ahora están asustados, porque saben que Puigdemont les tiene cogida la medida y quiere venganza. Tan cerca del premio que perseguían desde hace tiempo y a ver si lo van a perder justo antes de las próximas autonómicas. Todos los púgiles llegan demasiado comatosos después de los resultados de las generales, así que tampoco pueden ponerse muy estupendos, ni andarse con demasiados remilgos si quieren el poder. El que tenga menos escrúpulos tendrá ventaja. ERC tiene a su favor que necesita menos a Sánchez que él a ellos. La ventaja de Sánchez es que está menos marcado por escrúpulos exteriores. Iglesias está tan desesperado como él y no le va a estar soplando en el cogote tanto como harán los de JxCat con Esquerra.

Aquellos catalanes que hemos vivido bajo la Sociovergencia y bajo la Cupvergencia conocemos de largo todas estas escenificaciones y contraprestaciones. Recuerden la ley regional de Códigos del Consumo del 2010, hace ya casi una década, donde el PSC se apuntó con entusiasmo a lo que llamaba el «deber de disponibilidad lingüística», que básicamente consistía en amenazar con obligarles a pagar diez mil euros a aquellos que no estuvieran de acuerdo con las ideas sobre los usos lingüísticos que debían hacerse servir en la zona.

No olvidemos tampoco que ya entonces el ayuntamiento barcelonés quería hacer obligatorias en catalán determinadas comunicaciones internas. ¿Que fue del bilingüismo, del cosmopolitismo, de la diversidad? Nada. Una música de flauta de campaña tan falsa como ahora las prometidas e imaginarias leyes del audiovisual público (para prohibir la manipulación nacionalista en las teles autonómicas) o la ley contra referéndums ilegales. Es decir, que si hace falta para llegar a presidente saltarse el diálogo en el Congreso de todos y negociar en una mesa privada se hará. Simplemente se le cambiará el nombre a la mesa y al supuesto mediador y se nos intentará vender con algún sustantivo rimbombante y nuevo. Todo ese envoltorio será como las gualdrapas, aquellas telas con las que en la Edad Media los caballeros revestían sus monturas para embellecerlas. Pero debajo estará el triste y flaco rocín de siempre.