Podemos

«Calventegate»: Podemos ya tiene su Bárcenas

Enseñar las cuentas. Iglesias debería hacer pública la contabilidad de su partido para quedar libre de las sospechas de sobresueldos

La Razón
La RazónJuan Carlos HidalgoEFE

Tiene algo de tragicómico estar conociendo las verdaderas entrañas de Podemos justo cuando Pablo Iglesias se dispone, por fin, a tomar los cielos… aunque no sea por asalto, sino por gentileza del socialista Pedro Sánchez. Mientras el líder morado hace las maletas rumbo a La Moncloa, salen del armario los fantasmas y la «podredumbre» de un partido que vino a traer la regeneración y a repartir carnés de pureza democrática y transparencia. En su seno crecieron enseguida, sin embargo, las mismas «víboras» que tanto han corroído al PSOE y al PP. Algunas, incluso con mayor dosis de veneno.

Iglesias, que nunca quiso ser menos que los demás en nada, ya tiene su propia «Gürtel» y su peculiar «Bárcenas». Se llama José Manuel Calvente y, como el del Partido Popular, también tiene su portátil, los «sobres», sus «papeles» e inquietantes anotaciones. A estas horas, nadie está en disposición de asegurar que de este pozo séptico no vaya a salir mucha más porquería.

Calvente ha confesado que la cúpula morada cobra sobresueldos en B. Denuncia que ha sido despedido por investigar esas y otras irregularidades. Y se muestra muy contundente. La respuesta de Pablo Iglesias a este terremoto interno no ha sido enseñar las cuentas del partido ni las suyas propias (algo que, por cierto, le piden sus inscritos). No. Ha sido «disparar» contra quien era su tesorero. ¿Les suena el guión de argumentario de «vieja política»?

Podemos e Iglesias tienen, faltaría más, el sagrado derecho a la presunción de inocencia. Por más que ellos se lo negasen a los demás, primordialmente si eran del Partido Popular. Tanto despreciaron ese derecho cuando se trató de Mariano Rajoy, que se apoyaron en un juez de imparcialidad dudosa que había inclinado la sentencia de la Gürtel para justificar nada menos que una moción de censura.

Un juez cuyas extralimitaciones en el caso acabó afeando la propia Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional. Igual daba, el servicio estaba hecho.

Lo más positivo de lo que ya ha venido a llamarse «Calventegate» es que la formación morada empieza a perder la bula con la que ha sido tratada desde su nacimiento. Se terminó el doble rasero.

Pablo Iglesias, Irene Montero y Pablo Echenique lincharon a Luis de Guindos, figura relevante del Gobierno de Rajoy, cuando legítimamente decidió adquirir un ático de «alta gama» para su hija. Luego, la pareja dirigente de la formación de los círculos se compró un casoplón en Galapagar en condiciones bancarias mucho más opacas que las del ministro popular.

Igualmente, los morados se lanzaron al acoso y derribo de Ana Botella cuando fue elegida alcaldesa de Madrid. Su delito: ser la esposa de José María Aznar. Más tarde Iglesias no dudó en promocionar o purgar a los dirigentes de su partido en función de sus propias coyunturas personales. Lo sabe bien Tania Sánchez, exiliada en su día al gallinero del hemiciclo, a ese significado escaño tapado por una gigantesca columna de la vergüenza.

Es el mismo Pablo Iglesias que criminalizó la reforma laboral de los populares para después utilizarla en su versión más estricta cuando tuvo que despedir a las decenas de trabajadores de su partido que ha ido purgando a medida que no se plegaban al discurso único que imponía el «gran líder»

O que alentó y apoyó una moción de censura contra un Gobierno por un cobro de sobresueldos aún no aclarado, mientras –apellidemos siempre con el «presuntamente»– tan «sobrecogedora» costumbre era práctica común en su propia casa. ¡Qué gran impostura!

Con todo, tan formidable ejercicio de hipocresía sería para tomárselo a broma si no fuera porque este lodazal de egos desmedidos, traiciones, camarillas, acosos y purgas que tan detalladamente está describiendo en estas últimas horas quien estaba en la sala de máquinas de Podemos se refiere a un partido político cuyos dos mayores referentes, Pablo Iglesias e Irene Montero, van a apuntalar el Gobierno de España los próximos años. Tremendo.

Es la misma formación política y la misma dirigencia que hasta hace poco daba lecciones al resto de la «casta política» y exigía prácticamente la retransmisión en «streaming» de cualquier negociación entre quienes aspirasen a ocupar ministerios y regir los destinos de los españoles. Ahora, cuando de ellos se trata, se decretan el «cerrojazo» y la censura total. Muy probablemente para evitar que salgan a la luz los tejemanejes que les aúpan hasta La Moncloa.

Llegados a este punto, sería deseable que Calvente acabase de tirar de la manta de lo que sabe como persona de confianza de Iglesias. No es sencillo. Me consta. Sobre todo cuando en la nuca siente la presión de las huestes más radicales de los morados. La que se le está viniendo encima no es fácil de lidiar.

Deberían ser los mismos inscritos de Podemos quienes exigiesen esas explicaciones a sus líderes, pero la parroquia de fieles de estas siglas está acostumbrada a verlas de todos los colores dentro del partido sin que, salvo honrosas excepciones, nadie haya rechistado.

Pero ahora las cosas se enredan, porque el pacto de Pablo Iglesias con Pedro Sánchez para formar un Gobierno de coalición obliga a que las justificaciones se les den a todos los españoles. Y, lógicamente, cabe preguntarse lo que hará el próximo presidente si los tribunales terminan confirmando las denuncias del «Bárcenas» de Podemos respecto al cobro de sobresueldos por la cúpula dirigente morada.