El análisis: Sin ninguna opción para volver a votar

Una persona deposita en una urna la papeleta del Congreso
Una persona deposita en una urna la papeleta del Congreso

Unas terceras elecciones no son descartables. En diciembre de 2015 era impensable que se repitiesen las elecciones en junio de 2016, al igual que en abril de 2019 era improbable una repetición en noviembre.

La novedad ahora es que unas terceras elecciones son realmente temidas desde Moncloa, aunque no se las puede descartar. Es por ello que en esta ocasión, y a diferencia del 28-A, Sánchez intenta en la medida de sus posibilidades controlar el calendario. Sabe que una investidura fallida, como la de julio y septiembre de 2019, pondría en marcha la cuenta atrás para esa tercera convocatoria que pasaría una elevada factura electoral al PSOE.

En la encuesta de NC Report para LA RAZÓN, un 23,6 por ciento de los españoles ya apoya una vuelta a las urnas, siendo las derechas las más animadas a la repetición, mientras que las izquierdas las rechazan abrumadoramente.

Obviamente, la primera consecuencia de la repetición sería el cansancio del electorado que se manifestaría en un descenso en la participación, como ya lo vimos entre 2015 y 2016, o en el 2019, entre el 28-A y el 10-N. En el primer caso la bajada fue de 3,4 puntos y en el segundo, de 5,6 puntos. En ambas ocasiones fue la izquierda la más perjudicada. Como sabemos por la experiencia en las elecciones generales desde 1977, las izquierdas logran sus mayores victorias con una participación superior a la media, mientras que las mayorías de las derechas se han logrado con participaciones por debajo de la media, es decir, ante la desmovilización de las izquierdas.

Tras el poco disimulado, por parte de Moncloa, deseo de ir a las elecciones de noviembre, en el que se representó muy mal la pantomima de un pretendido intento de acuerdo del PSOE con Podemos, y en el que los de Iglesias deberían quedar ante la opinión pública como los responsables de no haberse alcanzado el pacto de gobierno PSOE-Podemos, llegó la jornada del 10-N y el electorado de izquierdas demostró que no cayó en el engaño, castigando al PSOE y dándole un balón de oxigeno a Podemos.

Aprendida la lección, al día siguiente del 10-N ya se iniciaban «sinceras» negociaciones PSOE-Podemos, conocedores los socialistas de su debilidad, acrecentada tras el fiasco electoral de noviembre. En esta ocasión, Moncloa ya no contempla, en principio, la repetición electoral como vía de escape o desbloqueo. Explora la vía de gobierno de izquierdas con el permiso de los independentistas, y realiza una interpretación magistral ante el electorado de izquierdas, para no repetir el error del pasado verano. Ahora debe transmitirse la imagen de que nada ni nadie impedirá un gobierno de izquierdas. Pero Sánchez sabe que esta vía es de corto recorrido, la Constitución limita sus concesiones a los independentistas y Bruselas no permitirá un crecimiento del déficit al tiempo que exigirá que en el caso de aumento de la recaudación por una esperada subida de impuestos, ésta vaya en su integridad a amortizar deuda pública, con lo cual Podemos no podría mantener ese gobierno «austericida» y tendría lo que está buscando, una plataforma excepcional (vicepresidencia y ministerios) para amplificar su mensaje populista y anti-PSOE. Y protagonizarían una calculada y sonada salida del gobierno, volviendo a la oposición para en las siguientes elecciones pretender dar el «sorpasso» al PSOE.

Pero Sánchez tiene una alternativa a las terceras elecciones, una solución que los acontecimiento le obligarán a asumirla, bien por el fracaso de la investidura por no contar con el «plácet» de los independentistas, o formado el gobierno con Podemos, se produzca la espantada de los morados ante la intransigencia de Bruselas, se trata de un pacto de Estado con el PP.