La incomodidad de la memoria

Consuelo Ordóñez critica los esfuerzos de Sánchez por tratar a EH Bildu como un partido político más. En el 25 aniversario del asesinato de Gregorio reivindica su “honestidad y decencia"

Consuelo Ordóñez (derecha), sigue luchando por el esclarecimiento de todos los crímenes y que no haya impunidad con los terroristas
Consuelo Ordóñez (derecha), sigue luchando por el esclarecimiento de todos los crímenes y que no haya impunidad con los terroristas

Que una sociedad y sus representantes políticos estén a la altura de su memoria no es una tarea fácil. Decía Joseba Arregi que la memoria es incómoda y precisamente de esa incomodidad ha huido el recién investido presidente del Gobierno. Durante el pleno de investidura Pedro Sánchez se esforzó mucho en tratar a la izquierda abertzale como un partido político más dentro de los partidos con representación parlamentaria, como si la desactivación de las siglas de ETA eximiera a sus ideólogos y herederos políticos de toda responsabilidad en su macabra historia. Que la presencia institucional de EH Bildu resulte inevitable –recordemos que su legalización fue una de las exigencias de ETA para dejar de matarnos en su negociación con Zapatero– no es un argumento para presentar a los justificadores y defensores de ETA como algo que no son. No son un partido democrático como los demás. Su portavoz Mertxe Aizpurua se encargó de recordárnoslo este fin de semana. Solo hay que ver y oír a cualquier representante de la izquierda abertzale para no poder olvidar lo que son y de dónde vienen. Nunca han ocultado ni disimulado sus convicciones totalitarias y antidemocráticas.

Sin embargo, las respuestas –o la falta de ellas– del presidente del Gobierno a lo que dicen los portavoces proetarras me desazonan más que cualquier cosa que puedan decir ellos. No espero ninguna posición moral de un partido político sucesor de una banda de asesinos, pero sí la esperaba del candidato a presidir el Gobierno. Lo más insólito de estos supuestos nuevos tiempos sin ETA es que sea el presidente del Gobierno quien corra un tupido velo sobre lo que es la izquierda abertzale: quienes han vivido, viven y pretenden seguir viviendo de todo lo que ETA ha conseguido por matar y por dejar de matar. Son quienes llaman presos políticos a los asesinos de nuestros familiares. Quienes desprecian a las víctimas que reclamamos verdad, memoria y justicia, presentándonos como un estorbo para la paz por ser, en realidad, un obstáculo para su ansiada impunidad. ETA puede haber jugado a la ambigüedad, diciendo que se disuelve para así facilitar a sus herederos políticos la consecución de sus objetivos, pero nunca dejará de velar para que no se condene la historia del pasado de terror. El legado de ETA todavía envenena nuestra sociedad, nuestra democracia y nuestra memoria colectiva. Ningún cálculo político, ningún tacticismo electoral justifica obviar esta infamia, que no es sino un déficit democrático que los gobiernos deberían empeñarse en solventar.

El orden de factores altera el producto: sin condena de los asesinatos, la persecución y el terror para amedrentar nuestra libertad se edifica una gran mentira. La mentira con palabras amables puede ser avalada por las urnas, pero conlleva una legitimidad tóxica y contaminada de fondo. La responsabilidad de quienes dirigen nuestro país es de no cerrar los ojos ante esta realidad. Es una obligación ética y política exigir la condena del pasado por parte de ETA y su entorno político. Solo asumiendo su responsabilidad política, social e histórica en todo el daño que ha causado ETA a nuestra democracia y a las víctimas se puede evitar la construcción de la gran impunidad social, política e histórica.

25 años del asesinato de Gregorio Ordóñez

Sin embargo, para desgracia de quienes nunca cejarán en su empeño de reivindicar a los terroristas como héroes ni de destruir nuestro Estado de derecho, no solo los políticos tienen en su mano construir la memoria del terrorismo. Nosotras, las víctimas, las díscolas, seguiremos trabajando conscientes de que nuestra verdad y nuestro testimonio permanecerán por encima del barro político. En apenas dos semanas es el XXV aniversario del asesinato de mi hermano Gregorio a manos de ETA. Yo seguiré reivindicando su figura: su rebeldía, su lucidez, su capacidad de trabajo, su entrega a la hora de hacer política para todos los vascos, su entusiasmo, su energía, su arrojo para plantar cara a los violentos y para luchar contra la tiranía del nacionalismo imperante y gobernante. Pero, sobre todo, reivindicaré su decencia y su honestidad. Estos días me ha venido mucho a la cabeza una de sus frases más célebres: “Lo único que hay que negociar con los asesinos de ETA es el color de los barrotes de sus celdas”. Y no puedo evitar cuestionarme –y lamentar– qué diferente habría sido el rumbo de la Historia si algunos políticos de este país hubieran seguido su estela.