Dirigentes políticas que marcan el paso

Son tres mujeres, pero podrían haber sido muchas más. Las tres son dirigentes políticas, unas en el poder y otra en la oposición, y las tres marcan el paso -no lo piden- en sus respectivos partidos, quién sabe si para liderarlos algún día

Isabel Díaz Ayuso, Rocío Monasterio e Irene Montero

Son tres mujeres, pero podrían haber sido muchas más. Las tres son dirigentes políticas, unas en el poder y otra en la oposición, y las tres marcan el paso -no lo piden- en sus respectivos partidos, quién sabe si para liderarlos algún día.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en la inauguración de la conferencia internacional #LibertyConEurope20, organizada por Students for Liberty. COMUNIDAD DE MADRID

Isabel Díaz Ayuso (PP)

Isabel Díaz Ayuso es joven (41 años), espontánea, hiperactiva, liberal, apasionada, sincera y posee un gran tirón mediático gracias (o a pesar de) sus frecuentes deslices, porque le gusta meterse en todos los jardines. Como cuando dijo que el concebido no nacido fuera considerado un miembro más de la familia para facilitar los trámites de obtención de la condición de familia numerosa; o cuando se opuso a trasladar los festejos del Orgullo Gay a la madrileña Casa de Campo “porque allí van las familias”; o cuando afirmó que “los atascos a las tres de la mañana un sábado hacían a Madrid una ciudad especial”; o cuando negó que la contaminación matase... Son los riesgos de una excesiva y prolongada exposición mediática, cuyas aristas más afiladas trata de pulir un personaje tan controvertido como el aznarista -igual que ella- Miguel Ángel Rodríguez, convertido ahora en jefe de su gabinete.

Es desde el año pasado presidenta de la Comunidad de Madrid y goza de la entera confianza del líder del partido, Pablo Casado, al que conoció en 2005 cuando éste presidía Nuevas Generaciones, la rama juvenil del PP, y ella contaba con 26 años. Y eso que en las últimas elecciones autonómicas obtuvo el peor resultado histórico de los populares en la Comunidad de Madrid -pasó de 48 a 30 diputados-, aunque fue capaz de retener la ‘joya de la Corona’ del partido gracias a la alianza con Ciudadanos y Vox. Pero esa dependencia, y los frecuentes choques con la formación que preside Santiago Abascal, han provocado una parálisis legislativa, ya que en todo este tiempo el Ejecutivo de Díaz Ayuso sólo ha sido capaz de aprobar y remitir un texto legislativo a la Asamblea de Madrid.

Aunque había sido parlamentaria en la Asamblea de Madrid entre 2011 y 2017, y posteriormente viceconsejera de Presidencia y Justicia en el Ejecutivo autonómico, además de portavoz del partido en la región, Díaz Ayuso era casi una desconocida cuando Casado la designó candidata a la Comunidad de Madrid en enero del pasado año. Desde entonces se ha labrado un perfil propio, que ella misma trataba de justificar en una entrevista concedida a LA RAZÓN hace cinco meses: “Soy una persona muy independiente, muy libre, siempre he vivido con pasión, disfrutando al máximo cada etapa”. Y en esa misma entrevista verbalizó su compromiso de estar en la política sólo de paso: “Me he puesto un tope porque las cosas en la vida hay que vivirlas con pasión. Mi tope son dos legislaturas, ocho años, porque a partir de un tiempo dejas de tener libertad e independencia”.

Tal vez por la firmeza con que expresó ese compromiso, a algunos observadores no pasaron inadvertidas las palabras que pronunció hace 10 días en el Casino de Madrid, durante la clausura del I Congreso de la Sociedad Civil: “Mi responsabilidad es con Madrid, principalmente con Madrid, pero no sólo con Madrid. No me voy a desentender de lo que ocurra en el resto de mi país. Tengo una visión nacional de la responsabilidad política. Madrid es una España dentro de otra”. Sus declaraciones dejaban poco espacio a las interpretaciones: Díaz Ayuso expresaba a las claras su vocación de trascender la política regional y dar el salto a la política nacional. Y para que no quedase ninguna duda de esa ambición de irrumpir en la política con mayúsculas y convertirse en el ariete del PP contra el Gobierno de coalición socialcomunista, lanzó una andanada de dardos envenenados contra Sánchez, no contra el PSOE regional: “Sánchez ha perdido toda dignidad”; “ha recibido el apoyo explícito del antiguo brazo político de ETA”; “está en minoría, débil e hipotecado por los enemigos declarados de la Constitución”; “desprecia la figura del Rey”...

Y por si fuera poco, Díaz Ayuso tiene su propia agenda internacional: recibe a embajadores y empresarios extranjeros; se reúne con Juan Guaidó, presidente encargado de Venezuela; arremete contra el Gobierno central por “recibir de madrugada a la vicepresidenta de una narcodictadura”, en alusión al encuentro en Barajas entre José Luis Ábalos y Delcy Rodríguez, “e ignora al líder legítimo y democrático de Venezuela”... Y esa ‘diplomacia paralela’ no sólo irrita al Gobierno de Sánchez, sino que comienza a despertar algunas suspicacias en las propias filas del PP, escarmentados desde hace ya algún tiempo con los ‘versos sueltos’ en el partido.

La portavoz de Vox en la Asamblea de Madrid, Rocío Monasterio durante la asamblea general ordinaria del partido celebrado en Vistalegre en Madrid este domingo. Javier LizónEFE

Rocío Monasterio (Vox)

Empresaria, arquitecta, política nacida en Madrid en 1974, casada con Iván Espinosa de los Monteros (‘número tres’ de Vox) y madre de cuatro hijos, es el rostro y la voz del partido liderado por Santiago Abascal en la Asamblea de Madrid. Fiera enemiga del comunismo desde que el castrismo expropió a sus padres en Cuba la Central de Azúcar del Golfo, es además la vicesecretaria de Asuntos Sociales de Vox. Pero su fuerte personalidad y carisma la han convertido en la cara más conocida del partido, junto a las de Abascal y su marido. No rehúye la polémica, sino que más bien la provoca en muchas ocasiones. Como prueba, circula desde hace tres años un vídeo en internet en el que se observa cómo deposita unas esposas delante de Carles Puigdemont cuando el ahora fugado en Waterloo impartía una conferencia en el hotel Palace de Madrid.

Enemiga declarada del feminismo radical, siempre ha arremetido contra lo que ella define como “el negocio de la ideología de género”, y aunque ella misma se declara feminista, ha llegado a afirmar que “el feminismo pretende demonizar el modelo de familia tradicional”, que ella representa a la perfección. Pero su fuerte carácter no está reñido con algunos destellos de ironía y un humor muy peculiar, como cuando hace unos meses compartió en Twitter una imagen de su boda comparándola con la del príncipe Harry y Meghan Markle. “Querida Meghan”, escribió, “me has copiado el traje y el fotógrafo, pero no has conseguido igualar al novio”. No ha podido evitar que la salpicara la polémica, en forma de firmes sospechas de intrusismo profesional, porque, aunque obtuvo el título de arquitecta en 2009, desde 2003 ya firmaba, de forma supuestamente irregular, obras como suyas.

Mantiene una buena relación con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a la que sostiene con sus votos, pero sus desencuentros con Ciudadanos, la otra pata que sostiene al Ejecutivo regional, son numerosos. Este pasado viernes, sin ir más lejos, la dirigente de la derecha extrema, presente en el acto de entrega de diplomas y reconocimientos por el Día de la Mujer que concede la Comunidad de Madrid, aprovechó la numerosa presencia de periodistas para calificar a Ignacio Aguado, vicepresidente de la Comunidad en nombre de Ciudadanos, de “infiltrado” de Pedro Sánchez en el Gobierno de Díaz Ayuso, al tiempo que le responsabilizaba de “dinamitar” el acuerdo entre el PP y C’s para aplicar de inmediato una batería de rebajas fiscales en la Comunidad.

Azote de la ley de Violencia de Género y firme adversaria del “feminismo supremacista” y el “burka ideológico”, ese mismo día, y en ese mismo acto, afirmó que las mujeres de Vox no necesitan que las proteja ni Irene Montero, ministra de Igualdad, ni Pedro Sánchez. “Nos valemos por nosotras mismas”, dijo. “La mujer española es una mujer fuerte que no necesita ser protegida por los políticos. Conseguimos las metas que nos marcamos y no nos hacen falta cuotas para entrar a trabajar en empresas ni ningún poder político que nos apadrine”. Y por si sus afirmaciones no hubieran sido ya lo suficientemente controvertidas, añadió una perla final: “La brecha salarial [entre hombres y mujeres] no existe. Es un mito de la izquierda”.

La Ministra de Igualdad, Irene Montero, en una manifestación

Irene Montero (Unidas Podemos)

Irene Montero se define en su cuenta de Twitter como “psicóloga, madre, feminista y ministra de Igualdad del Gobierno de España”, por ese orden, que se diría cronológico. ¿Pero qué fue antes, una brillante licenciada en Psicología y Master en Psicología de la Educación o una activa militante del movimiento feminista? Cabría apostar a que abrazó antes el feminismo, pues a los 15 años ya se había afiliado a las Juventudes Comunistas, y a los 16 acabó sus estudios preuniversitarios en un colegio autogestionado y sin ánimo de lucro del barrio madrileño de clase media y media-baja de Moratalaz, una experiencia que, según confesó años más tarde, tuvo “una gran influencia” en su vida.

Entre 2010 y 2011 fue dependienta en la cadena de electrodomésticos Saturn, y en 2015, bregada ya en el movimiento asambleario y reivindicativo del 15-M, rechazó una beca en la prestigiosa universidad estadounidense de Harvard para dar prioridad a sus compromisos políticos. Y ese fue también el motivo de que aparcara su tesis doctoral, que trataba de profundizar en una experiencia innovadora de inclusión educativa entre niños con y sin discapacidad auditiva. Se unió a Podemos tras las elecciones al Parlamento Europeo de 2014 desde la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, de la que fue activista, y en noviembre de ese año fue nombrada responsable de Movimientos Sociales de Podemos y jefa de gabinete del líder, Pablo Iglesias, con el que meses después inició una relación de pareja fruto de la cual nacieron sus tres hijos.

En la primavera de 2018, habiendo sido ya diputada en el Congreso, saltó a los medios de comunicación la compra por la pareja de un lujoso chalet en una urbanización de la localidad madrileña de Galapagar, que adquirieron mediante una hipoteca de 540.000 euros a pagar en 30 años. El revuelo social que desató aquella noticia se transformó en un tsunami mediático que provocó un notable desgaste de la pareja no sólo en la opinión pública, sino también en el partido, por la aparente contradicción entre su lujoso tren de vida y su ideario comunista. El debate interno en Podemos fue imparable, hasta el punto de que Iglesias y Montero sometieron su continuidad en el proyecto a una consulta vinculante entre las bases, pero ambos fueron confirmados en sus cargos por un mayoritario 68% de votos a favor.

Aunque apenas lleva dos meses en el cargo de titular de la cartera de Igualdad, sus roces con sus compañeros socialistas del Consejo de Ministros a cuenta del anteproyecto de ley de Libertad Sexual han sido sonados y acompañados de gran pirotecnia mediática. Sus diferencias a cuenta de ese proyecto con la vicepresidenta primera, Carmen Calvo, anterior titular de Igualdad, han saltado a la opinión pública. Y, sobre todo, su enfrentamiento con el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, a raíz del informe elaborado por este departamento sobre el citado borrador de Libertad Sexual, que ha sacado a la luz las numerosas pifias y deficiencias del mismo. El asunto se enquistó y comenzó a asemejarse a un vodevil más que a una disputa política cuando Iglesias llamó al ministro Campos “machista frustrado”. Circunstancia que fue aprovechada por la portavoz parlamentaria del PP, Cayetana Álvarez de Toledo, para echar más sal a la herida: “Si yo fuera ministra de Igualdad y mi marido saliera cual macho alfa a defender a su hembra de las críticas de un colega de otro ministerio, yo lo mandaría a dormir al sofá”.