Sánchez se queda sin legislatura

Casado le brinda su leal apoyo para contener la pandemia, y pedirá después investigar la gestión. El desmarque de ERC marca el camino de lo que se le viene encima: su soledad para afrontar la crisis

La histórica sesión que ayer celebró el Congreso para solemnizar el apoyo mayoritario de la Cámara al estado de alarma oficializó el fin de la legislatura. De la que hemos conocido hasta ahora, seguro. Y muy probablemente, en sentido estricto, de la legislatura actual, aunque sin ponerle fecha dentro de lo incierto del futuro en todos los ámbitos.

El cierre de filas con el Gobierno para hacer frente a la crisis nacional, salvo el sonoro y relevante bofetón de ERC, no debe llevar a engaños porque es un apoyo coyuntural, hasta que acabe la pandemia y para adoptar todas las medidas que el Gobierno necesite activar para proteger la salud de los españoles y el primer impacto económico de esta dramática situación. Eso es importante para la eficacia de la ofensiva contra esta «guerra», pero no quita para que cuando pase el problema sanitario, el presidente del Gobierno se encuentre prácticamente solo para explicar su gestión y para hacer frente a los ajustes que exigirá el volumen de gasto extraordinario que tiene que poner en marcha para que empresas, autónomos y familias no se ahoguen en la parálisis del estado de alarma.

Ayer el Congreso asistió a una sesión parlamentaria excepcional, como la situación del país. En la que la mayoría de los portavoces midieron al milímetro su discurso, pero también esbozaron la crítica y la enmienda que lanzarán contra Sánchez una vez pase el momento del «todos a una», como manifestaron en su mayoría, y se contenga la expansión de la enfermedad del coronavirus y España intente volver a la normalidad.

La sensación de que ayer empezó el «funeral» de la actual legislatura se la llevaron en el Gobierno y se la llevaron también en la oposición. El presidente del Gobierno va a tener un problema con sus socios porque es muy improbable que estén ahí, para seguir sujetando a su Ejecutivo cuando haya que arremangarse y tomar decisiones impopulares. E implementar los «ajustes» necesarios para cuadrar las cuentas domésticas, y con Bruselas, después de los desajustes extraordinarios a los que obliga esta situación. Cuando Sánchez se encuentre ante el espejo del Rodríguez Zapatero de los ajustes de mayo de 2010 tiene muy difícil, por no decir imposible, mantener a su lado a Pablo Iglesias. Y mucho menos a los partidos independentistas, que ya no están. El PNV aguantó ayer al lado de Sánchez porque por delante tiene unas elecciones inciertas y está en la misma situación que el presidente del Gobierno, desbordado por una crisis sanitaria que deja en evidencia el autogobierno vasco.

Ayer fueron los socios catalanes lo más desleales con su pacto con Sánchez y con el espíritu coyuntural de concertación nacional, pero los más realistas al colocarle ante el espejo de lo que le viene por delante. El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, dijo lo que piensan en el PP, en Ciudadanos y en otras fuerzas minoritarias, pero que ayer callaron porque saben que la opinión pública no entendería que en esta situación de emergencia nacional pierdan ni un minuto en echarse la basura a la cabeza. Ya llegará el momento, como advirtió Casado en un discurso de guante blanco, pero en el que deslizó la advertencia de que su partido pedirá una comisión de investigación de esta gestión, y con la agenda, en eso no entró, que sí verbalizó Rufián ante un Pleno diezmado, apenas una treintena de diputados, y esterilizado por el miedo al contagio.

Fue Rufián, la voz del partido en el que Sánchez ha hecho residir la legislatura, el que anticipó la que se le viene encima al líder socialista. Calificó de «tardía» e «insuficiente» la respuesta del Gobierno de Sánchez, le reprochó que sea «el médico que se acaba de enterar» cuanto tiene un país en situación de urgencia. «Demora e incompetencia frente a lo que tenemos enfrente no comporta pérdida de votos, comporta pérdida de vidas», sentenció. «Primero nos dijeron que era imposible que llegaran contagios de fuera; después, que era imposible que se produjeran casos dentro; y después, respondieron con medios débiles», continuó en su tono demoledor de la gestión socialista. El aliado ha sido el peor enemigo de Sánchez, a pesar de que abriera su estocada con el lema de que es el momento de dejar a un lado las banderas. En una línea que tienta a Podemos, aunque ayer la formación morada primara su papel institucional, Rufián cuestionó la gestión y el alcance de las medidas económicas, además de atacar la implicación del Ejército y no dejar pasar la ocasión sin golpear a la Casa Real. «Un aviso a quienes están utilizando miserablemente esta crisis para tapar sus vergüenzas. Investigaremos hasta el último euro del ‘business’ con sátrapas saudíes. Ya sean eméritos, pretéritos o futuros», concluyó en su intervención.

En Moncloa saben que, para la complicada etapa que habrá que administrar en los próximos meses, y este escenario nunca entró en los cálculos de previsiones a la hora de elegir los compañeros de viaje para la Legislatura, los socios no querrán mancharse. Y la apuesta de Sánchez fue tan excluyente que incluso aunque ahora haya quien ya especule con cuándo Sánchez tendrá que cesar a Iglesias para buscar el apoyo del centro derecha, esa puerta quedó cerrada con su pacto de investidura y su negociación con los partidos independentistas. Sin marcha atrás porque Casado, que ayer tendió su mano lealmente al Gobierno de la Nación, tampoco se hará cómplice ni de los hechos pasados ni de la administración de la crisis sanitaria ni de sus consecuencias sociales y económicas, con una recesión que ya amenaza en el horizonte.

«Lo más duro está por llegar», explicó el presidente del Gobierno. Todos los portavoces intentaron dar grandeza a sus palabras para ajustarlas a la situación de crisis nacional que vive el país. Sánchez pidió «sacrificio y unión» porque España «saldrá reforzada, habiendo demostrado que somos una sociedad renovada, que camina y se protege unida». Unidas Podemos reclamó más medidas sociales, como una renta mínima o la moratoria de alquileres. También ERC. «El virus nos desbordó a todos», lamentó el presidente del Gobierno y hasta ahí llegó su ejercicio de autocrítica, algo que sí le reprocharon tímidamente otros portavoces como el líder de la oposición. Por cierto, Sánchez escuchó la advertencia de varios grupos de que se está equivocando con la flexibilidad del estado de alarma porque la paralización de la actividad debería ser total para no alargar la crisis. Cuando haya que prorrogar este estado de excepcionalidad, seguro que se lo recordarán.