La crisis de Gobierno de Sánchez

La mejor prueba del desgaste es la sensación de que el ejecutivo lleva mucho tiempo al frente del país a pesar de su medio año de antigüedad.

Pedro Sánchez recibe en la Moncloa al presidente italiano Giuseppe Conti.
Pedro Sánchez recibe en la Moncloa al presidente italiano Giuseppe Conti.Cristina Bejarano La Razón

La percepción sobre el ejecutivo ha caído en sus primeros seis meses y no parece que haya tocado fondo. Normalmente, todo gobierno goza de 100 días de cortesía, que utiliza para intentar forjar una imagen ante los ciudadanos.

La primera es, precisamente, el nombramiento de los ministros, posteriormente, se realizan acciones muy medidas y de impacto mediático para construir el relato que se quiera mostrar a la sociedad.

En el caso de Pedro Sánchez, la entrada en el gabinete de Pablo Iglesias y los ministros podemistas le deslució la puesta de largo. Pero lo que dinamitó el clásico período de cortesía fue la Covid-19.

La pandemia podría haber supuesto la consolidación del bipartito porque una crisis bien gestionada fortalece los liderazgos, sin embargo, el saldo que ha dejado es negativo.

Una vez que se ha producido el escrutinio público, se ajuste o no a la verdad, es inamovible por más que se esfuerce el gobierno en defender su gestión. La mejor prueba del desgaste es la sensación de que el ejecutivo lleva mucho tiempo al frente del país a pesar de su medio año de antigüedad.

En medio de esta erosión, al presidente se le han complicado aún más las cosas. La obtención de la presidencia del Eurogrupo por Nadia Calviño debería haber sido motivo de celebración, sin embargo, el esperado éxito, sinónimo de la fortaleza de Sánchez en Bruselas, se frustró y ha terminado siendo el mayor problema del gobierno.

El varapalo tiene varias consecuencias directas. La primera es la evidencia de que obtener el volumen de fondos europeos que España necesita para minimizar la crisis económica va a ser una tarea muy complicada.

Pablo Casado, más por suerte que por estrategia, no ha quedado mal, apoyando la candidatura sin excesos, pero protegiéndose de cualquier responsabilidad que le pudiese atribuir Moncloa.

Lo que sí se ha puesto a prueba es la capacidad de negociación del gobierno español, pero no ha superado el examen, siendo la conclusión generalizada que no goza de una gran influencia sobre los europeos, cuestión que es un mal presagio de cara a las negociaciones de los recursos económicos que deberían rescatar la economía.

Sánchez debería saber que su gestión de la crisis económica puede ser desastrosa si no hace algo con carácter urgente. Por otra parte, la continuidad de Calviño en el gobierno podrá forzarse durante un corto periodo, pero resultará insostenible en unos meses. Psicológicamente y políticamente ya estaba fuera y, en esas condiciones, es muy difícil recuperar el espacio.

Sánchez tiene plomo en las alas del gobierno, su estrategia de colocar a Calviño en Europa ha terminado sin nade en Europa y un ejecutivo abocado a la remodelación. Pero una crisis de gobierno en agosto o en septiembre generaría muchas tensiones a Iglesias y los suyos, aunque también entre los ministros actuales. Por otra parte, si sustituye uno o dos nombres, seguirá siendo un gobierno totalmente ineficaz para solucionar los problemas que vienen por delante. A todo esto, necesitará permiso de los que mandan, los independentistas.