Una norma impresentable

Acuerdo para el Desarrollo de la Igualdad Efectiva
Las ministras de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz (i), e Igualdad, Irene MonteroEmilio NaranjoEFE

La Ley Orgánica de Garantía Integral de Libertad Sexual está en el cajón, o de cajón en cajón, de mano en mano, porque el Ministerio de Justicia considera que la versión que maneja el Ministerio de Igualdad no está acabada. La pandemia ha venido bien, porque con 50.000 muertos las guerras culturales quedan aplazadas. Hasta que el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) aconseje enmierdar a la mitad de los españoles. Igual que el 8-M decretamos que el machismo mataba mucho más que el virus.

De momento, los sesudos asesores y los concienzudos expertos del Ministerio de Justicia dicen que el panfleto no está todavía listo. Igual podrían decir que es una inmensa pila de guano. Performativo, porque esa es una de las señas de identidad de la izquierda cloaca. Reaccionaria. Enganchada a cuanto sume o añade etiquetas, calidad epidérmica, ensoberbecida de todo lo que divide a los ciudadanos en subgrupos, distribuye en equipos y remata la ciudadanía para transformarla en otra cosa. Juegos de suma cero para solaz del niño de las tres comidas en Venezuela, todavía en capilla para ingresar en el PSOE sanchista.

Antes que las indagaciones sobre el mérito o la culpa la izquierda podémica, como la izquierda woke de Estados Unidos, considera primordial discriminar por la raza y segregar por el sexo. Han quemado los anhelos de igualdad y el fervor por la justicia arde en la pira funeral del orgullo identitario.

Los totalitarios van contra todo lo que sostiene la democracia. Odian el debate. Quieren apropiarse de la tolerancia. Amordazan al disidente, sea quien sea, con la patada en la boca de una ley profundamente contraria a los principios elementales del Estado democrático de Derecho.

Hablamos de la misma gente que aspira a perseguir el, uh, «negacionismo» de la «violencia de género». O reconoces «la existencia de una violencia específica contra las mujeres que se produce por el hecho de ser mujeres» o irás derechito al infierno, previo paso por el juez. Usan un término, «negacionismo», que cualquiera que no sea un psicópata todavía reserva con delicado mimo para los nazis y los, sí, «negacionistas» del Holocausto. Por sistema. Porque sí. Porque lo valen, asumen y obligan a asumir y predicar que toda violencia contra la mujer es primordialmente bengala de una violencia estructural. Señal de un heteropatriarcado universal. Marca fluorescente de un dispositivo de sometimiento. Indeleble sello de dominación. Por supuesto que existe la violencia machista. Pero como trató de explicarles el profesor Pablo de Lora, uno de los imprescindibles, «la peor forma de negacionismo de la violencia machista se produce precisamente en la justificación de esta proposición no de ley: es el negacionismo que se produce por “indiferenciación”. Si todo agresor, por definición, es machista y actúa por machismo, ¿cómo combatimos esa lacra?»

Yo les digo. No la combatimos. La violencia contra las mujeres les importa un bledo. La usan como quien usa un detergente. Como la mofeta usa sus glándulas. Para rociar el debate público con la maloliente retórica de quienes no dudarían en encarcelar, un suponer, a Rafael Sánchez Ferlosio. Que hace años ya advertía de la pornográfica jeta de los que hablaban de terrorismo doméstico. Todavía no había leído a Judith Butler y empiezo a pensar que de las víctimas de la banda terrorista ETA únicamente les interesaba el uso del término «terrorista» como detente bala. Igual que ahora los millones de asesinados por las cámaras de gas. Peones dialécticos con los que vestir sus dentelladas legislativas y conferirles una gravedad moral siempre impostada.