España de héroes olvidados

Transitamos tiempos nebulosos para las víctimas del terrorismo. La victoria huele a derrota con los muertos desterrados al olvido y los heridos, esos héroes desconocidos, a la marginalidad

Teresa Gallardo

La nueva narrativa imperante, por obra y gracia del interés político, ha excluido a las víctimas del terrorismo del pedestal entre los intereses del país que se ganaron con su sacrificio y servicio al bien común. Hoy, el viento gobernante sopla en su contra y los aleja hasta extrañarlas del rumbo de un Estado de Derecho amnésico, desleal y sobre todo injusto. Hay leyes, sí, la mayoría de prescripciones irreprochables en defensa de su dignidad, que es la de la democracia, pero se sitúan hoy al pairo como un papel mojado que los hombres ningunean en un episodio de acción política bastarda.

Se jalea de forma pública a los asesinos, lo hemos sufrido recientemente en Hernani, por ejemplo, y se gratifica la sangre inocente derramada con indignas aproximaciones a cárceles del País Vasco. Existe un halo descorazonador en esta retirada generalizada de la decencia institucional y en este galope del oprobio moral. Cientos de vidas arrebatadas son resignadas como papeles secundarios en esta tragedia, y con ellas, aún más extrañadas del honor que merecían, aquellas otras miles que salvaron la existencia tras los atentados, pero no las secuelas y los estragos físicos y psicológicos que aquellos provocaron. Estos segundos han integrado una página particularmente denigrante en esta historia silenciada que algunos se han obstinado en reescribir para difuminar la barrera entre los verdugos y sus víctimas.

«Heridos y olvidados. Los supervivientes del terrorismo en España» es el primer y gran retrato de la nómina de invisibles con que el terrorismo regó España. Cinco mil supervivientes que esquivaron la muerte para peregrinar en cambio por un valle de desolación, trauma y desmemoria. Sus páginas constituyen un aldabonazo que tendríamos que enfrentar como un deber cívico con la necesaria periodicidad. En ellas se recogen los damnificados por el fanatismo cruel y despiadado de todas las bandas terroristas que atentaron en España, especialmente ETA, claro. Su legado no puede ser un espejo roto ni distorsionado, como ahora quieren algunos poderosos de última hora, sino un reflejo de honor en el que buscar la integridad para no perdernos.