La historia se repite

La Historia y el ser de Cataluña están tan indisolublemente unidos a España que cuando la rauxa de la primera —el arrebato, la ofuscación, la cólera— se impone al seny —la sensatez—, arrasan su sentido común, moderación, pactismo y pragmatismo, y ambas sufren momentos de tribulación. La Historia, maestra de vida, da fe de ello desde hace siglos con sucesos comunes. En 1640, la sublevación dels Segadors acabó con el Tratado de los Pirineos de 1659 entre España y Francia, con la pérdida del Rosellón y parte de la Cerdaña. Ahora Puigdemont los reivindica como la Catalunya Nord, pero sus émulos del momento fueron los responsables. En 1700, con ocasión de la Guerra de Sucesión, la historia se repitió con la traición al pretendiente Felipe V, a quien habían jurado lealtad, con la consecuencia de los Decretos de Nueva Planta. En 1934, la deslealtad al gobierno legítimo de la República, provocó una grave crisis política que precipitaría veinte meses después en la Guerra Civil. En estos tres casos hubo deslealtad a lo jurado y pactado, con consecuencias desastrosas para todos. Ahora la historia se repite, y el catalanismo político —que con el republicano Tarradellas fue liderado ejemplarmente hacia un pacto histórico con la Monarquía parlamentaria como forma de Estado de España— ha sido traicionado por sus sucesores cuarenta años después. Y todos los españoles, con los catalanes al frente, pagamos las consecuencias. Por una vez, aprendamos de la Historia.