«La Memoria Democrática es una revolución para implantar un nuevo régimen»

Conversación entre Stanley Payne y Jesús Palacios

Jesús Palacios.- La llegada al poder de Zapatero tras el estado de schok nacional que fue el 11-M -el gran agujero negro oculto del tiempo democrático-, y la posterior Ley de Memoria Histórica de diciembre de 2007, quebró lo que se llamó el espíritu de concordia derecha-izquierda de la Transición, y la reconciliación entre todos los grupos sociales que tuvo dos leyes de amnistía promovidas y defendidas por la izquierda y el Partido Comunista. Treinta años después, el PSOE lo rompió enlazando su legitimidad política con el proceso revolucionario de la izquierda en la Segunda República. En aquella ley el señuelo trampa era la búsqueda y enterrramiento de las víctimas de la Guerra Civil, pero exclusivamente las de la izquierda, con lo que se abría como primer paso la confrontación dialéctica guerracivilista.

Stanley Payne.- En la Transición democrática los partidos principales se pusieron de acuerdo para que nadie empleara cuestiones históricas para fines partidistas y de confrontación, dejando la historia a los historiadores, investigadores y escritores. Es decir, se tomó una decisión categórica de dejar la Guerra Civil como un hecho de la historia para no avivarla jamás. Más tarde las izquierdas, o una parte de ellas, alegaron que se hizo con un «pacto de silencio» para no tocar «la memoria» o la historia. Nada más falso. Durante la década inicial de la Transición se dedicó más atención a esa guerra fratricida que en cualquier otro tiempo, con toda clase de investigaciones, estudios, libros, artículos en los periódicos y revistas, conferencias públicas y obras de teatro y cine. Todo lo contrario del mito que se ha confabulado.

J.P.- Examinando el proyecto de ley presentado por el Partido Socialista en el Congreso a finales de enero de 2020, que ha pasado prácticamente inadvertido, y cuyo anteproyecto ha aprobado el Gobierno el pasado septiembre, debemos llegar a la conclusión de que por su fondo y contenido lo que subyace en la mal llamada Memoria Histórica -ahora actualizada con la denominación de Memoria Democrática- es la implantación de un nuevo régimen de extrema izquierda. Es como una revolución silente que se está haciendo desde el poder.

S.P.- El nuevo proyecto representa la ambición de dominar completamente la discusión histórica y la política, junto con todo el sistema de enseñanza, abarcando, en efecto, a los tribunales, y con eso a todo el Estado de derecho. Sería la máxima expresión de convertir la historia en un arma política del mayor sectarismo. Pero esta ley nueva constituirá el intento máximo, hasta el momento, de la politización espuria de la Guerra Civil y el franquismo; la fase nueva de un proceso que empezó en serio hace aproximadamente casi veinte años, y hay que enfocarla desde dos perspectivas: la cultura política de Occidente de un lado, y la estrategia actual de las izquierdas en España de otro. La primera representa una estrategia casi universal en todos los países occidentales, incluyendo a Hispanoamérica. Se odia y se desea repudiar la historia y «cancelarla», porque la historia no ha sido izquierdista al difundir la cultura y los valores tradicionales, que para las izquierdas son aborrecibles. Así en Estados Unidos se busca repudiar casi toda la historia del país derribando estatuas, un proceso que se vuelve tan nihilista que hasta derriban estatuas de izquierdistas históricos.

J.P.- Basada ésta en la cultura del llamado victimismo.

S.P.- Efectivamente. En esa cultura de la denuncia y la destrucción de la historia juega un papel primordial el llamado «victimismo». El pensamiento único del progresismo radical invierte todos los valores culturales y morales, y a diferencia de la cultura tradicional que respetaba y consagraba a los héroes, la cultura revolucionaria ensalza a las víctimas. Para ellos la historia no merece más atención que la de «desenmascara» la «opresión», donde el heroísmo y los héroes no merecen el menor respeto porque no pueden ser concebidos como otra cosa que «opresores», otorgando el lugar de honor a las víctimas. En cuanto a la Segunda República y la Guerra Civil, una persona ajena a esta cultura pensaría que las víctimas reconocidas serían las decenas de miles de víctimas masacradas por los revolucionarios desde la primera revuelta republicana de diciembre de 1930 (aún antes de la República misma), hasta llegar a las aproximadamente 55.000 personas asesinadas -a veces torturadas del modo más sádico- por las izquierdas durante la guerra. Sin embargo, la cultura revolucionaria tiene la intención de «cancelar» y «borrar» cualquier aspecto de la historia que no le gusta. Así, las únicas víctimas son los varios miles de revolucionarios muertos por las derechas o en represalias o después de juicios militares durante la guerra o bajo el franquismo. La historia de los otros desaparece, como en la historia manipulada en la antigua Unión Soviética.

Por otro lado, en Occidente en general se busca la destrucción de los sistemas democráticos actuales, porque con elecciones libres y un Estado de derecho objetivo es siempre posible que el centro o la derecha gane. De ahí, que el sistema actual de monarquía constitucional y parlamentario democrático en España quieren que sea ilegitimo, y parece más fácil tratar de ilegitimarlo en sus orígenes históricos desacreditándolo por sus «raíces franquistas», que tratar de derribarlo directamente. Las izquierdas actuales hubieran querido tener otra guerra civil, pero eso no es lo que creía la gran mayoría de los izquierdistas españoles en 1976. Entonces existía la verdadera «memoria histórica» de la República y la Guerra Civil, no éste simulacro fantasmal, verdadero cuento de hadas que se quiere vender ahora.

J.P.- Desde que Zapatero puso en marcha la maquinaria de la mal llamada Memoria Histórica, se ha venido insistiendo en muchos ámbitos que la izquierda lo que quería era ganar la Guerra Civil ochenta años después desde la propaganda. Pero eso ha sido un craso error. Lo que los socialistas, comunistas y separatistas desean es hacer desde el poder una revolución para implantar un nuevo estado, un nuevo régimen. Ese y no otro es el objetivo de estas leyes que en realidad son de memoria pervertida.

S.P.- Sí, pero buscan invertir el resultado de la guerra, introduciendo otra versión de las «bondades» de aquella república radical y autoritaria que aún existía en la cuarta parte de España en los primeros meses de 1939. Ahora, bajo la forma de la monarquía constitucional, por el momento, el objetivo es conectar con la Segunda República, pero no con el sistema democrático que existió entre abril de 1931 y febrero de 1936 (exceptuando el intento revolucionario de octubre del 34), sino con el proceso revolucionario que se abrió a partir de las elecciones falsificadas de esta última fecha.

Como ha señalado Moa, la historia política contemporánea de España se ha desarrollado en ciclos de aproximadamente 65 años (1808-1874; 1874-1939; 1939-2004; 2004- ). De estos, el último ciclo completo abarca la modernización de España bajo Franco y todos los gobiernos a partir de la Transición hasta el año 2004. El momento actual es una fase de declive que empezó con el vuelco de las elecciones provocado por los actos terroristas del 11-M, acentuado por la deconstrucción de España como nación que tuvo lugar bajo el Gobierno de Zapatero, seguida por la Gran Recesión y los estragos de la pandemia actual combinados con el desastroso Gobierno de Sánchez.

J.P.- Por lo tanto, no se trata en el fondo de la Guerra Civil, de las víctimas, de Franco y del franquismo, o de la ilegalización de fundaciones y asociaciones. Estas son añagazas, los señuelos.

S.P.- Todos ellos son meros factores o armas individuales en la lucha para lograr un objetivo metapolítico. Lo que no quiere decir que los partidos de izquierda no toman en serio este aparato que están montando. Todas estas iniciativas son oportunidades para hacer propaganda, reprimir, intimidar y narcotizar el cerebro de la sociedad.

J.P.- Estamos ante un proyecto totalitario de creación de un nuevo régimen de extrema izquierda que anulará todo tipo de protesta del discrepante, que será perseguido y silenciado con multas, expolio y condenas, bajo la acusación de exaltación de la Guerra Civil de quienes la ganaron y del franquismo o la dictadura, fomentando la figura del «chivato» y la creación de un «Consejo de la Memoria», una checa a modo de la «Comisión de la Verdad» del anteproyecto anterior.

S. P.- Eso es. Sería una especie de «sovietismo occidental», o algo en términos más contemporáneos un «sistema chino europeo». Pero, naturalmente, sin la pujanza económica china. Se parecería más a Venezuela (país que se encuentra en el origen de la financiación de Podemos), que es un desastre sin paliativos. Un aspecto básico es que se pueda utilizar como herramienta para tratar de agitar el espíritu público creando un sistema de «agitprop» (agitación y propaganda) como gran elemento de distracción del sufrimiento social y económico. Y también de debilitar aún más a los ya muy debilitados líderes del centro y de la derecha, la mayor parte de los cuales han participado tan mansa y cobardemente en todo este proceso general de intimidación huyendo del mismo. Huelga decir que sería un proyecto confrontado con la Constitución, lo que les importa una higa, porque a más largo plazo impondrían otra constitución de tipo revolucionaria.

J.P.- En el proyecto de gobierno totalitario que se persigue para el nuevo estado es fundamental la educación, cuyo plan de estudios incluirá la «Historia Democrática Española», desde primaria a la universidad, con lo que la libertad de pensamiento y enseñanza será erradicada de raíz, sin discusión ni controversia alguna. Tendremos nuevas generaciones adoctrinadas desde la infancia.

S-P.- Tal vez lo más fundamental es la eliminación de la libertad de enseñanza y de expresión. Una parte principal de la cultura revolucionaria es la «reeducación» con respecto al pasado y en muchas otras cosas. La revolución cultural es probablemente el aspecto más importante a largo plazo, superado solamente por la dominación del poder mismo. Son los pasos para la creación del «totalitarismo light», que está emergiendo como el gran peligro de Occidente en el siglo XXI. Es una ironía de la historia que después del triunfo de Occidente sobre el nazismo y el sovietismo, esté al borde de sucumbir bajo su propia clase de totalitarismo, un producto del Occidente moderno en su última fase, y que sale de la evolución de la democracia misma, surgida concretamente del radicalismo de los años sesenta y de todas las ideas de la deconstrucción y el posmodernismo.

J.P.- El escritor Iñaki Ezquerra dedicó un ensayo calificando este proceso de «totalitarismo blando».

S.P.- Esto se puso de manifiesto en Estados Unidos, la primera democracia occidental, bajo la presidencia de Obama, el primer presidente americano antiamericano (mientras que con las izquierdas en España es normal que haya un presidente español antiespañol). En 2020 este proceso ha logrado en Estados Unidos un nivel bien desarrollado, algo que quizá no sea tan sorprendente, porque la doctrina actual del progresismo radical (o «correccion política») es la primera ideología radical moderna creada en muy gran parte en Norteamérica, no en Europa, aunque los europeos han contribuido a ella. Se trata de la nueva religión secular o «religión política» de una sociedad poscristiana, una doctrina también basada, en parte, en el victimismo, en la evolución y distorsión de las doctrinas cristianas.

J.P.- Han sido muchos los pensadores críticos con el sistema democrático en manos de unas élites que lo pervierten y degeneran; Schmitt, Nietzsche, Michels y sobre todo Tocqueville, quien predijo que se podía convertir en la peor de las dictaduras por la corrupción política de sus gobernantes.

S-P.- El profeta original de esto fue Alexis de Tocqueville. En su gran obra La democracia en América, publicada originalmente hace casi dos siglos, Tocqueville advirtió cómo sería posible que la democracia igualitaria evolucionara hacia lo que llamaba «el despotismo suave», sin violencia o una gran represión, pero con la distorsión de elementos de la democracia misma. Tocqueville fue brillante, el mejor analista de la democracia americana clásica, como lo fue también de los orígenes de la Revolución francesa. El profeta de nuestro tiempo. En el momento actual los mejores analistas estadounidenses hacen referencia a Tocqueville, y sus ideas son aplicables a España también.

J.P.- Estamos ante una situación límite. Tenemos a una generación adoctrinada o atontada en el odio a través de la maquinaría de la propaganda, una oposición que ha sido parte del bipartidismo del sistema no solo corrompida, sino amordazada ante el temor de ser tachada de franquista, y unos grupos y partidos políticos que no desean más que la destrucción de España, por lo que apoyan en esta vía a un gobierno cuyo presidente y vicepresidente segundo son amorales y están sostenidos por sendos partidos bañados en la corrupción.

S-P.- La situación de España es única en parte, como consecuencia de su historia reciente y de la existencia de no uno sino de múltiples separatismos (que además crecen, como en el caso de Navarra, donde el vasquismo está en condiciones de englobar a otra entidad con identidad propia como Navarra). Sin embargo, desde un cierto nivel de abstracción, se puede decir que como en 1808, 1820, 1873 o 1936, el momento actual de España es el más radical o más adelantado de lo que ha emergido como proceso autodestructivo.

J-P.- Stan, como sabes, vengo desde hace tiempo manteniendo que el régimen del 78 ha colapsado; un sistema partitocrático cuyas instituciones se fueron corrompiendo en el tiempo por la injerencia y control de los dos principales partidos políticos de gobierno (PSOE-PP), pero que a ambos les interesa mantener por el momento; al PSOE por la conquista de su nuevo estado revolucionario, y al PP por pura supervivencia. Ahora hay un nuevo grupo político (Vox) que se identifica más con un movimiento social, pero si no hay una reacción de la sociedad no alienada por la propaganda gubernamental y de los medios que financia, la reacción que impida este proceso revolucionario de signo totalitario será muy difícil. No digo que la batalla esté perdida, pero no hay más que ver a una iglesia entregada y a la corona secuestrada tácitamente, aunque Felipe VI haya reaccionado tibiamente por la prohibición del gobierno de viajar a Barcelona. Y ya hemos visto la furia comunista y del Gobierno en su conjunto que ha desatado contra el Rey.

S.P.- Sí, para parafrasear al cardenal Sarah, la hora es tarde y ya anochece. Históricamente las derechas españolas han dependido mucho del catolicismo, y en una sociedad secular están sin amparo. Su debilidad dialéctica es realmente impresionante. A la mayoría les parece faltar el deseo de hacer una resistencia seria, mientras la jerarquía católica es, como dices, entreguista. En una sociedad decadente las elites se desploman y no tienen verdadera voluntad o capacidad de reacción, que es la definición de la decadencia. Con cierta perspectiva histórica se puede concluir que en el caso español la pandemia y su depresión económica han creado el equivalente de la primera guerra mundial para Rusia. La crisis extrapolítica ofrece las condiciones para un gobierno más centralizado y dominante, para pasar luego a la revolución, con la diferencia de que la sociedad española es muy pasiva, en parte por la crisis, en parte como consecuencia del lavado de cerebros constante, en parte por la pura decadencia y la inercia. Pero en España las izquierdas no piensan recapitular a 1917 sino a la experiencia española de 1936, con la revolución dirigida por un gobierno teóricamente parlamentario, aunque disfrazado.