Tridelincuente Iglesias

Cuando hará cosa de dos años se desató una nauseabunda y no menos intensísima campaña de agitprop contra mi persona y Okdiario a cuenta del «caso Dina», no entendía nada. Palabra. El 80% de los medios de este país, de estricta obediencia podemita (esto es, señores, nuestra querida España) se abatió cual hienas sobre mí injuriándome, calumniándome y difamándome. Al punto que algunos hijos de Satanás se frotaban las manos entre bastidores augurando que «el hijo de puta [sic] de Inda acabará en la cárcel».

Alucinaba en colores porque todo partía de una libérrima noticia que publicamos en julio de 2016 reproduciendo los chats internos de la cúpula de Podemos y, más concretamente, uno de los mensajes enviados por el ultramachista macho alfa. «Iglesias asegura que “azotaría a Mariló Montero hasta que sangrase”», titulábamos. Nos limitamos a reproducir asépticamente el contenido de los mensajes que se cruzaba el politburó morado.

De propina, el hombre que se jacta de ser el apóstol del feminismo en España junto con su cosificada compañera sentimental, apostillaba: «Soy un marxista convertido en psicópata». Aquélla fue una de las noticias más leídas en los cinco años de historia de nuestro periódico y quedó grabada a fuego en el imaginario colectivo. Al punto que Pablo Iglesias no se puede entender ya sin ese vómito cavernícola que lo iguala a sus capos iraníes, ésos que le regaban de petrodólares manchados con la sangre del pueblo persa.

Lo que cualquier demócrata de bien entendió como el sano ejercicio tanto de nuestro derecho a la libertad de expresión como el de los ciudadanos a saber cómo son sus gobernantes se convirtió en un paseíllo para un servidor. El objetivo estaba claro: mi muerte civil y a ver si falseando las pruebas acababa en la cárcel. Ese Inda que a través de Okdiario ha destapado también su casoplón, la percepción de un porrón de millones de euros de la narcodictadura venezolana y ese «caso Neurona» que en estos momentos tiene imputado a Podemos como persona jurídica, a la mano derecha de Iglesias, al matón cibernético Juanma del Olmo, a la gerente, Rocío Val y al tesorero, Daniel de Frutos.

El delictivo montaje contra mi persona se basaba en el hecho de que la Policía halló en poder del comisario Villarejo los celebérrimos chats. Los ¿periodistas? podemitas, sumisos con el baranda as usual, se lanzaron en tromba a asegurar que el encarcelado policía había robado el móvil de la ayudante de Iglesias, la marroquí Dina Bousselham, y me había dado los chats para erosionar a Podemos. Conclusión de esta chusma: Inda forma parte de la organización criminal de Villarejo. Propalaron esta calumnia como si no hubiera un mañana.

Como quiera que la mentira tiene las patas muy cortas, en pocos meses se comprobó que Villarejo no había robado nada, que a él se lo entregó Alberto Pozas, ex director de Interviú y luego vicedircom de Pedro Sánchez en Moncloa. Se probó igualmente que fue la propia Dina, otra presunta delincuente a la que el magistrado García Castellón imputa un delito de falso testimonio, la que expandió urbi et orbi los mensajes. Son tan tontos que no se percataron que en ellos figuraba un elocuente «escribiendo», con lo cual era física y metafísicamente imposible que procedieran de un robo.

Iglesias culminó la tarea incinerando la tarjeta en un microondas con la obvia intención de destruir pruebas y eliminar otros contenidos muuuucho más peligrosos para él. Y ni corto ni perezoso prosiguió con el montaje.

Ayer, dos años después, el juez le atribuye tres delitos (denuncia falsa, revelación de secretos con agravante de género, ojo al dato, y daños informáticos). Vamos, que Iglesias es un tridelincuente. Presunto, claro, jajaja. Las mismas imputaciones efectúa sobre Gloria Elizo, vicepresidenta del Congreso, y sobre la abogada de Podemos, Marta Flor, la que iba de tikitaka con el turbio fiscal anticorrupción Ignacio Stampa.

La gran moraleja de toda esta historia es cómo hubiera terminado todo este guión de gángsters si en lugar de ser Inda la diana, el objetivo a abatir hasta su muerte civil, hubiera sido una persona anónima, sin altavoces con los que clamar por su inocencia, y si en lugar de a un juez honrado, el caso le hubiera tocado a uno tocable. Sea como fuere, una cosa está clara: son una mafia muy peligrosa. Modelo Venezuela. Maldad en grado superlativo.