“Santi quiere un cuerpo a cuerpo con el presidente”

El presidente de Vox mantiene gran amistad personal con antiguos líderes del PP y se define como «cristiano hasta las cachas»

Lleva dos meses entrenando su oratoria, y de ahí su apagón público durante el verano. Aunque la moción de censura la defienda el diputado catalán Ignacio Garriga, piensa intervenir en el Congreso como candidato a la presidencia del Gobierno. “Quiere un cuerpo a cuerpo con Sánchez”, afirman en su entorno.

Santiago Abascal Conde está convencido del oportuno momento para su iniciativa parlamentaria y que el clima de enorme crisis le es totalmente propicio. En la cúpula de Vox aseguran que si hace un buen papel ganará la batalla de la opinión pública y las simpatías de una parte del electorado del PP. Abascal piensa que el Ejecutivo social-comunista de Sánchez ha invadido sin pudor democrático las Instituciones, Monarquía, Justicia, España entera. Y para él, lo importante no es ganar la moción, sino servir de altavoz a un monumental descontento ciudadano. “Hay que parar un golpe de Estado”, advierte en su análisis ante la crítica situación de una Nación resquebrajada.

Hace seis años el joven Santi, como siempre le llaman sus amigos, preparaba el embrión de su futuro partido, Vox. “Me gusta lo que dices, pero seguiré votando al PP”, le decían algunos militantes del Partido Popular. Tiempo después, Abascal confesaba que los mismos votantes populares, otros de Ciudadanos, e incluso del PSOE, le habían expresado otra opinión: “Ahora sí te voto, porque no me gusta lo que dicen los otros”. Para el líder de Vox esto revela el ascenso, el fenómeno electoral de un partido que nació prácticamente inexistente, con gran apoyo en las redes sociales y, sobre todo, vehículo de un hartazgo como pocos en la sociedad española. Hoy por hoy, Santiago Abascal justifica plenamente la moción de censura contra Sánchez, porque recoge el descontento no solo de la derecha, sino del centro y hasta de una izquierda trasnochada y anárquica.

La historia de Santiago Abascal Conde no puede escribirse sin su vinculación a Euskadi y a una familia fuertemente amenazada por ETA. Su padre, Santiago Abascal Escuza, fue un histórico miembro de Alianza Popular en Álava durante más de treinta años, concejal de Amurrio dónde su abuelo, don Santi, cómo los vecinos le llamaban y a quienes recibía todas las tardes, incluso a horas intempestivas, desplegó una enorme agenda política frente al nacionalismo. Las amenazas de ETA eran constantes, pero Santi quiso hace carrera política y se afilió al PP, con tan sólo dieciocho años. Después trabajó con Jaime Mayor Oreja y, sobre todo, con María San Gil y Carlos Iturgaiz. Amigo personal de Esperanza Aguirre, con quien colaboró en la Comunidad de Madrid, tras el Congreso del PP en Valencia, muy discrepante con la línea oficial de Mariano Rajoy, abandonó el partido y creó Denaes, la Fundación para la Defensa de la Nación Española, junto a otras víctimas de ETA como José Antonio Ortega Lara, y antiguos dirigentes del PP en el País Vasco.

Líder transgresor

Como persona, Abascal es un líder transgresor. A quienes le acusan de ser un radical de extrema derecha, les lanza una biografía liberal. Casado en primeras nupcias, una bilbaína amiga de la infancia, madre de sus dos hijos mayores, no tuvo reparos en tener un divorcio complicado en el año 2010 y casarse en segundas nupcias por la iglesia con Lidia Bedman Lapeña, una alicantina bloguera, influencer muy activa en las redes sociales con quien ha tenido otros dos retoños, Santi y Jimena. “Cuatro hijos a cada cual más maravilloso”, dice el líder de Vox de su familia.

Se define como un “cristiano hasta las cachas”, a pesar de su divorcio y frente a quienes le tildan de fascista y ultra-derechoso les espeta una frase: “Me importa un bledo, mi conducta me avala”. Nadie, hace unos meses, hubiera dado un duro por él, y mucho menos pronosticar el ascenso electoral de Vox como tercer partido en el Congreso. “Frente al cortijo social-comunista, libertad”, es el lema de sus diputados.

Es un apasionado de su tierra, dónde practica senderismo. Santiago Abascal y su partido fueron primero la gran sorpresa en Andalucía, después en Madrid y otras regiones de España. "Pero tú, Santi, ¿a dónde vas?, le decían algunos amigos atónitos ante la nueva aventura. "A una tierra y unas gentes hartas de lo que ven", les respondía. Cuenta que un día, durante la última campaña electoral, se le acercó un camarero y le dijo: "Mire, yo soy de izquierdas, pero estoy hasta el moño de estos abusones". Dice Santi que fue esa confesión lo que le animó a plantar cara. "Ahora iremos a por todas contra este Gobierno infame", advierte rotundo. Frente a las acusaciones lo tiene claro: "No somos un partido de extrema derecha, sino un partido de extrema necesidad".

Sigue leyendo a Pío Baroja y Miguel de Unamuno, añora la montaña como pocos. "Nunca te traiciona y te da paz", visita con asiduidad el santuario de Loyola dónde su padre le llevaba de niño, y no se esconde ante los ataques. "Si los extremos se tocan, el nuestro es la defensa de España". Cree que el éxito de Vox es el voto del descontento, pero sobre todo el que reniega de la cobardía frente al separatismo y la extrema izquierda. Mantiene una gran amistad personal con antiguos líderes del PP como Vidal-Quadras, San Gil, Mayor Oreja o Iturgaiz, y ha hecho de Ortega Lara uno de sus estandartes.

Añora una buena lubina en un restaurante donostiarra y cree que España necesita entrar en un nuevo ciclo. Esta semana se erige como un líder parlamentario contra Sánchez. Para unos, un irresponsable que fortalece al PSOE. Para otros, un valiente que cambia el escenario de la derecha española.