La diplomacia radical de Pablo Iglesias

Poca sorpresa puede producir que el vicepresidente Iglesias haya aprovechado la toma de posesión del nuevo presidente boliviano, Luis Arce, como plataforma mediática para promocionar su versión de la izquierda 2.0 internacional llamada a sustituir a la socialdemocracia europea

El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, junto al presidente de Argentina, Alberto Fernández, ayer en BoliviaServicio Ilustrado (Automático) DANI GAGO/VICEPRESIDENCIA DE DER

«Latinoamericanizar» España. Poca sorpresa puede producir que el vicepresidente Iglesias haya aprovechado la toma de posesión del nuevo presidente boliviano, Luis Arce, como plataforma mediática para promocionar su versión de la izquierda 2.0 internacional llamada a sustituir a la socialdemocracia europea tarde o temprano según su lectura del tablero político internacional. Desde los principios de la fundación de Podemos se afirmó sin ambages que el objetivo del partido era «latinoamericanizar» España, una expresión que siguió utilizándose a pesar de la lluvia fina de críticas a las que tuvo que hacer frente el partido en referencia a sus innegables lazos con el régimen chavista.

«Golpismo de ultraderecha». Es en este contexto en el que hay que entender la maniobra coordinada de propaganda en la que, de manera involuntaria, se ha visto incluido Felipe VI: Pablo Iglesias y el ex presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, han suscrito una declaración conjunta con dirigentes y exmandatarios iberoamericanos en la que sitúan al «golpismo de la ultraderecha» como principal amenaza de la democracia y la paz social.

Que se señale a este supuesto «golpismo» como principal amenaza en un continente en el que existe la dictadura cubana desde 1959 y en el que el chavismo ha convertido a Venezuela en un «no-Estado» sería cómico si no fuera por la de millones de personas que viven sometidos a una tiranía que Iglesias en España, Arce en Bolivia, Fernández en Argentina, y Mendoza en Perú quieren consolidar y extender.

La declaración es suficientemente grave en sí misma pero el hecho de que se haya mezclado, aunque sea de manera tangencial, con la figura del Rey la convierte en una error del que el Ejecutivo debería desmarcarse explícitamente.