Sánchez, un presidente blindado a prueba de críticos

«El partido de la militancia» no permite a sus bases decidir los apoyos de la investidura o avalar el pacto de los Presupuestos

Ximo Puig, Javier Lambán y García-Page en el homenaje a las víctimas de la Covid en MadridZipiEFE

A Pedro Sánchez le apodaron durante una época «El Renacido». Su mandato al frente del PSOE tuvo, en efecto, dos vidas. En la primera fue colocado en la dirección como una marioneta de Susana Díaz, pero cuando decidió cortar los hilos que guiaban sus pasos, todo cambió. La falta de legitimidad interna derivó en una guerra fratricida en la que cada mes se celebraban reuniones del Comité Federal para imponerle las decisiones a tomar.

Esta situación insostenible derivó en la dimisión de la mitad de su Ejecutiva, lo que desencadenó, a su vez, un cruento cónclave de más de 13 horas a puerta cerrada en Ferraz, que culminó con su salida de la política. Solo siete meses después, volvería a la misma sede federal reelegido secretario general por la militancia y desbaratando el «aparato» que había perdido contra él en las primarias. El Congreso del partido que siguió a este proceso de democracia interna sentó las bases del blindaje que aún persiste hoy en día. Con los dirigentes críticos replegados en sus cuarteles de invierno y pendientes de sus propios procesos de renovación, Sánchez diseñó un «nuevo PSOE» a su imagen y semejanza y con las bases socialistas como parapeto contra las federaciones díscolas.

El nuevo líder socialista forjó, entonces, un poder a prueba de críticos. Con el recuerdo aún vivo de su traumática experiencia, estableció que para remover de su cargo al secretario general no bastara con la dimisión de más de la mitad de su dirección, como ocurrió en su caso, sino que, la propuesta tendrá que partir motivada y avalada por voto secreto del 51% del Comité Federal. Un órgano que hoy controla. Además, la embestida interna deberá ser avalada, para más garantía, por la militancia en una consulta. La convocatoria de un Comité Federal a tal efecto debería ser, en todo caso, extraordinaria y para ello hace falta que así lo requiera un tercio de la Ejecutiva. Cabe reseñar que esta dirección también la controla, ya que al contrario de lo que ocurriera en su «primera vida», esta vez Sánchez ha elegido a todos sus miembros. Los comités federales son ya una sombra de lo que fueron en aquella etapa, ahora solo sirven para avalar la línea oficial y se celebran con menos asiduidad de lo que lo hacía entonces. El último tuvo lugar en febrero de 2020, antes de que sobreviniera la pandemia de la Covid-19, una eventualidad que ha desaconsejado nuevas reuniones.

«El partido de la militancia» como llegaron a definir desde la dirección al «nuevo PSOE» solo ha dado voz a sus bases para avalar, en noviembre de 2019, el acuerdo de Gobierno con Unidas Podemos. Esta eventualidad junto al sentido del voto en investiduras cuando se deba apoyar a otro partido son las únicas en las que se prevé que prevalezca el sentir de las bases. Sin embargo, quedan excluidos los pactos de investidura, las mociones de censura que se vayan a impulsar para acceder al poder o la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado. Por esta razón, los militantes socialistas no pudieron en enero pronunciarse sobre la idoneidad de los votos de ERC y Bildu en favor de la coalición ni podrán hacerlo ahora para elegir entre la mayoría de la investidura o un pacto con Ciudadanos. De esta forma, Sánchez impone su criterio sin que ni los militantes ni los dirigentes territoriales puedan censurar sus decisiones.

Otra de las características de este blindaje es el afán de perpetuidad al frente de Ferraz. En la disposición adicional tercera de los estatutos del PSOE se prevé que «ningún cargo orgánico ejecutivo podrá ser ocupado por la misma persona durante más de tres mandatos consecutivos, salvo en el caso de la Secretaría General cuando su titular ejerza la Presidencia del Gobierno de España». Esto es, que en el PSOE queda Sánchez para rato.