Es la educación especial, imbécil

A veces hay que gritar muy fuerte ciertas realidades para que algunos se enteren

Una profesora toma la temperatura de una alumna en el aula del colegio Reina Sofía de Totana este jueves, primer día de vuelta a las aulas desde el mes de marzo que comenzó el estado de alarma provocada por la pandemia del Covid-19. EFE/Marcial GuillénMarcial GuillénEFE

Tengo la inmensa fortuna de tener un hijo sordo, si lector, ha leído bien, la inmensa fortuna de tener por hijo a un ser humano excepcional, que te devuelve con creces el amor que tu hayas sido capaz de darle en toda tú vida, te devuelve una sonrisa permanente en su rostro.

Tengo muy buenos amigos que comparten esa suerte y tienen exactamente los mismos sentimientos que yo. Casos de síndrome de Down, lesiones cerebrales severas…el catálogo es amplio pero la respuesta de única. Mucho amor.

Nuestro hijo no nació sordo, fueron unas inyecciones de estreptomicina (hay muchos sordos por antibióticos) las que le causaron esta deficiencia auditiva, tiene muy pocos restos que los audífonos no compensan y por eso renunció a ellos desde muy pequeño.

Estoy hablando de hace muchos años. Cuando se nos presentó el problema de su educación, en Cádiz, donde vivíamos, no había colegio especial para él ni, evidentemente, para los muchos niños en su misma situación en la provincia. El Dr., Bartual, catedrático de otorrino en la Facultad de Medicina de la UCA, dos padres de niños sordos y yo mismo iniciamos y culminamos un tortuoso camino lleno de dificultades y trampas hasta conseguir el flamante colegio de sordos de la provincia de Cádiz en una colina de Jerez.

El Dr. Bartual ha publicado un libro explicando todo ese camino, lleno de dificultades que tuvimos que recorrer, pero antes, nuestro hijo estuvo en un cuarto en el entonces Hospital de Mora, justo al lado del depósito de cadáveres, atendido por una Hija de la Caridad, en un piso en Cádiz, en un aula en un centro para jóvenes conflictivos, en una parte de un instituto de Jerez y hasta en una casa unifamiliar que los padres pagábamos, también en Jerez.

Por fin el colegio de Jerez se hizo realidad, pero en ese año nosotros nos trasladamos a vivir a Madrid y nuestro hijo pudo estudiar en el Hispanoamericano. Hizo una FP de informática y pudo luego trabajar en algunas empresas que tenían el buen criterio de emplear a estas personas, discapacitadas para algunas cosas, pero altamente capacitadas para otras.

Lo que quiero aquí resaltar es el impagable trabajo de estos centros educativos que cuentan con unos profesionales absolutamente entregados a su importante labor, que de ninguna manera la educación especial que imparten es factible si no se cuenta con un reducido número de alumnos a los que atender porque esa educación es, además de especial, altamente personalizada.

Me espanta la alegría de este gobierno para legislar con absoluta ignorancia de lo que hace. Les da igual ocho que ochenta, ellos a lo suyo. No dudan en contratar a miles de inútiles, como ellos, con altísimos sueldos en sitios donde sobran, pero escatiman un euro para cuestiones imprescindibles e importantes. Ellos no tienen la fortuna que nosotros hemos tenido y se les nota. No tiene ni p. idea de nada y también se les nota muchísimo.

Ya empleé este mismo titular anteriormente para referirme a la educación en algunos artículos, parafraseando al presidente norteamericano Bill Clinton, en frase célebre referida a la economía que lanzó a Bush padre, durante la campaña electoral de 1993: “Es la economía, ¡ Imbécil ¡” Cierto, la economía mueve al mundo, pero la educación lo regenera.