Herrera de la Mancha se queda sin presos de ETA

En el centro llegaron a estar reunidos la casi totalidad de los terroristas, lo que permitía el férreo control de la “dirección” de la banda en Francia

Imagen de archivo de la salida del etarra Zigor Ruiz Jaso de la cárcel de Herrera de la Mancha (Ciudad Real)
Imagen de archivo de la salida del etarra Zigor Ruiz Jaso de la cárcel de Herrera de la Mancha (Ciudad Real)

La cárcel de Herrera de la Mancha se ha quedado sin presos etarras con el traslado de Jon San Pedro Blanco a la de Dueñas, en Palencia. Este centro penitenciario, que llegó a albergar a 300 internos terroristas, se encuentra en Ciudad Real, entre las poblaciones de Manzanares y Argamasilla de Alba. Entró en funcionamiento en 1979.

La prisión se utilizó para concentrar a todos los etarras lo que, pasado el tiempo, se demostró como un gran error.

La banda terrorista organizó en su interior toda una estructura de mando por módulos que permitía el control absoluto de los reclusos por parte de la “Dirección” en Francia. No había posibles disidencias y lo único que se conseguía era mantener la disciplina y el convencimiento de que los crímenes que habían cometido estaban plenamente justificados.

Los funcionarios asistían impotentes a lo que era una realidad y se llegó a dar el caso de que el “jefe de prisión” (que lo había), junto con los de los módulos, llegaran a negociar con el director del centro los menús de comidas semanalmente.

Asimismo, tenían organizado un sistema para que les trajeran del exterior todo tipo de productos y crear un clima de presión interna en el que parecía que los que mandaban en la cárcel eran los terroristas.

Algo parecido ocurría en Carabanchel mujeres, donde las reclusas disponían de todo tipo de privilegios, hasta unos arcones frigoríficos en los que almacenaban pescados y mariscos que les traían sus familiares del País Vasco. En su momento, hasta tuvieron una mascota, un gato llamado “Agustín”, (la presencia de animales en los centros estaba prohibida) cuya desaparición llegó a ser investigada desde ámbitos judiciales. Tal era el “poder” que la concentración de etarras les confería.

Los terroristas estaban separados del resto de los reclusos y sometidos a una férrea disciplina por parte de la “dirección”, lo que permitía acciones concertadas del “colectivo”; la disidencia era impensable.

Además, estaba el asunto de la seguridad de los funcionarios de Herrera de la Mancha. ETA los había puesto en el “punto de mira” y debían guardar unas estrictas medidas de seguridad. Uno de los directores del centro, que fue destinado a la cárcel de Sevilla, recibió, en junio de 1991, un paquete bomba, cuya explosión causó la muerte del funcionario que recibía la paquetería y de cuatro familiares de reclusos que esperaban para visitarles. Tal era el odio que ETA sentía hacia los que en la prisión ciudarrealeña no se acomodaban a lo que ellos pretendían.

Con la llegada de Enrique Múgica al Ministerio de Justicia, y el nombramiento de Antoni Asunción como director general de Instituciones Penitenciarias, se puso fin a esta situación entre 1987 y 1988 (después del fracaso de las Conversaciones de Argel, entre el Gobierno y la banda). Los etarras fueron dispersados y alejados, en muchos casos, del País Vasco y Navarra. El control del “Frente de Cárceles” continuó, pero todo se hizo más complicado.

De la eficacia de esa medida da idea la lucha que ETA y su entorno han realizado desde entonces para acabar con la política de dispersión, lo que lograrán dentro de muy pocos meses, gracias a losa cuerdos entre el Gobierno y EhBildu. Semanalmente se eproducen traslados y acercamientos al País Vasco y Navarra, ayer mismo tres, entre los que se encontraba el terrorista que asesinó al psicólogo de la prisión de Martutene, en San Sebastián.