Caza del futuro: los 25.000 millones que deberá pagar España no serán suficientes

Los expertos fían la viabilidad del programa del futuro sistema aéreo de combate a su fusión con otros proyectos europeos o estadounidenses

Esquema del sistema de combate FCAS.
Esquema del sistema de combate FCAS.Indra

Los aviones de combate de la década de 2030 tendrán mucho más que misiles. Ni tan siquiera atacarán solos, sino que irán acompañados de drones dentro del complejo sistema del que serán el núcleo; portarán armas láser e incluso podrán combatir en el campo de batalla virtual, a través de ataques informáticos. Por supuesto que, además, serán capaces de volar mejor y hacerlo con un sigilo extremo, entre otras cualidades que los harán muy diferentes a los cazas que conocemos ahora. Llegar a algo así solo tiene una vía: un desembolso enorme de recursos, cuantificado en decenas de miles de millones de euros. El reto es tan monumental que ni tan siquiera la poderosa Estados Unidos puede acometerlo sin ayuda externa, y eso que el país norteamericano ya acapara por sí sola casi el 40% de todo el gasto militar mundial.

Este dato da una idea del lugar que puede ocupar en un programa así una nación militarmente mucho más modesta como España. Sin embargo, nuestro país forma parte de pleno derecho y en igualdad de condiciones, junto a Alemania y Francia, de una de las principales alianzas que se han configurado en el mundo para sacar adelante un caza de sexta generación, como se denomina a estos desarrollos futuros, también conocidos como aviones de combate de próxima generación.

El Gobierno español acaba de dar luz verde a una inversión de 2.500 millones para quemar una nueva etapa (la segunda) en el desarrollo del futuro sistema aéreo de combate (conocido por las siglas en inglés FCAS), cuyo pilar principal es el conocido como NGWS (siglas de sistema de armas de nueva generación, en referencia directa al futuro caza). Esta cantidad, aparentemente enorme, apenas es una porción de todo el gasto que aún queda por hacer para conseguir que dentro de 15 años los nuevos aviones comiencen a reemplazar a los actuales cazas de cuarta generación Eurofighter, con los que cuenta el Ejército del Aire español.

Esquema del sistema de combate FCAS. FOTO: Airbus

Un precedente ilustrativo: el coste estimado para el programa completo del actual avión de combate de quinta generación estadounidense F-35, que España se ha llegado a plantear adquirir como solución puente, ya ha superado los 400.000 millones de dólares, lo que le convierte en el desarrollo militar más caro de la historia. Aunque, eso sí, se prevé que alcance una producción de unos 2.500 aparatos en total.

No es realista pensar que el FCAS vaya a alcanzar un número de aviones tan alto, pero ya se le estima, según los cálculos recogidos en un informe del Senado francés presentado el año pasado, un gasto total de entre 50.000 y 80.000 millones de euros (entre 60.000 y 95.000 millones de dólares al cambio). Aunque en vista de lo que suele ocurrir con los grandes desarrollos militares, es muy probable que estas cifras queden ampliamente superadas. Como el proyecto se reparte a partes iguales con Francia y Alemania, España, por tanto, deberá hacer frente a una cantidad final resultante que fácilmente superará los 25.000 millones de euros. Se trata de unos fondos que el Gobierno deberá ir liberando a lo largo de los años. Pero no es suficiente.

Ni tan siquiera que París y Berlín se comprometan al mismo desembolso asegura que este proyecto cuente con los suficientes fondos como para ser plenamente viable. Por eso se ha extendido entre los expertos la idea de que el FCAS deberá fusionarse en algún momento con el programa británico Tempest, que también persigue el desarrollo de un avión de combate de sexta generación, en el que también participan Italia y Suecia y al que un reciente informe de la consultora Price Wahterhouse Coopers (PwC) atribuye una repercusión de más de 30.000 millones de euros en la economía de Reino Unido, lo que da una idea de su volumen.

Maqueta del futuro avión de combate Tempest durante una presentación oficial. FOTO: Ministerio de Defensa británico

Sumando cifras, el desarrollo de un único modelo final de avión de combate europeo de próxima generación, que para muchos resulta la única vía para contar con un producto competitivo, puede cuantificarse en más de 100.000 millones de euros. Pero sigue sin estar claro que sea suficiente.

Colaboración Estados Unidos-Europa

Si nos vamos al otro lado del Atlántico, donde los gastos en defensa se mueven en cifras mucho más altas, Washington ya ha anunciado que su propio programa de caza de sexta generación, conocido por las siglas en inglés NGAD (dominio aéreo de próxima generación), no solo avanza a pasos más firmes que en Europa, sino que incluso ya ha comenzado a probar en vuelo un primer prototipo (el FCAS prevé hacerlo en 2027). Pero tampoco para los norteamericanos resulta suficiente. Por eso el jefe del Mando Europeo de Estados Unidos (Eucom), el general de la Fuerza Aérea (USAF) Tod Wolters, que es el máximo responsable militar de EEUU en Europa, alentó el mes pasado a crear una estrategia de avances sincronizados con los planes de cazas de combate de sexta generación del viejo continente. De este modo se podrán evitar duplicidades y aprovechar las ventajas de acometer estos proyectos en sintonía, concretó.

Tanto los dos programas europeos como el norteamericano incluyen iniciativas similares relacionadas con el desarrollo de nuevos drones, armas, sensores y arquitectura de mando y control, por ejemplo. Las alianzas de esfuerzos en común en torno a tan complejos avances pueden beneficiar a todas las partes, según la propuesta de pacto sugerida por Estados Unidos. Poco antes de que el general Wolters plantease esta vía de colaboración trasatlántica, un alto cargo de Airbus, una de las tres principales empresas implicadas en el FCAS, sugirió también una primera fórmula de colaboración con el Tempest.

En concreto Richard Franklin, el director general de la filial militar británica del gigante aeronáutico y de defensa, Airbus DS Reino Unido, reveló el mes pasado que la firma está buscando vías para aprovechar su papel en el desarrollo de una nube de combate, que es uno de los pilares básicos del futuro sistema, en este caso concebido para dar apoyo a todo el entramado de recursos que lo compondrá (drones, cazas, sensores). De esta manera, Airbus aprovecharía el conocimiento que está adquiriendo en beneficio tanto del programa FCAS, del que es uno de los líderes, como del Tempest, en el que también participa. Son pasos hacia una sinergia mayor que muchos ven imprescindibles, aunque muy difícil. Otro informe del Senado francés, publicado también el año pasado, advierte de los perjuicios “para la construcción de una base europea industrial y tecnológica de defensa” que entrañaría no sumar esfuerzos en los programas FCAS-Tempest, mientras al mismo tiempo considera “muy posible que los dos programas entren en competencia directa” y no lleguen nunca a fundirse en uno.

Alemania se siente engañada por Francia

Paradójicamente, además, mientras arrecian las voces que claman por la integración, las alarmas marcan de vez en cuando la alerta sobre posibles rupturas que, definitivamente, malograrían los planes de un caza de sexta generación europeo. Por ejemplo en el FCAS, donde Alemania no está muy satisfecha de su papel.

Los jefes de las fuerzas aéreas de Alemania España y Francia en un encuentro sobre el FCAS. FOTO: Ministerio de Defensa español

Es algo que no debería conocer nadie, pero el mes pasado la publicación de un informe secreto de las Fuerzas Armadas del país en la revista local Der Spiegel (la mayor de Europa), reveló el descontento de los militares germanos por el reparto de tareas en el programa, e incluso su inquietud por no conseguir un avión que cumpla finalmente con los requisitos que necesitará cuando esté operativo. En una de las afirmaciones más demoledoras del documento, de 22 páginas, se concluye que la parte alemana se ha dejado engañar por la francesa en el FCAS en numerosos aspectos.

Un ejemplo: antes de la entrada de España en el programa, Francia y Alemania ya acordaron el uso de un motor de factura francesa, el M88 (el que equipa el caza galo Rafale), para dotar al primer prototipo del futuro NGWS, a pesar de que la industria alemana cuenta con un motor más potente, el Eurojet (el del Eurofighter), y por tanto más adecuado según el informe, y en el que además se da la circunstancia de que también participa España.

Curiosamente, antes de Alemania fue Francia la que se mostró molesta por el reparto de papeles en el FCAS. El consejero delegado de Dassault Aviation, Eric Trappier, que lidera el programa industrial por la parte francesa (Airbus lo hace por la alemana e Indra por la española), se quejó el pasado marzo de que Alemania se estaba llevando la parte del León en el proyecto. Trappier afirmó que Berlín controla a través de Airbus dos tercios del programa en una de sus fases iniciales (la conocida como 1B, que contempla la creación de los primeros prototipos), ya que, a su juicio, también se encarga de la porción española.

Una ambición al alcance de muy pocos

En este baile de acusaciones franco-alemanas, España calla, al menos de momento, y se limita a pagar su parte, como hizo el 29 de junio el Consejo de Ministros al autorizar 2.500 millones para una nueva fase del FCAS. Es un paso inevitable, eso sí, si no se quiere quedar descolgada de una ambición (participar en el desarrollo de un avión de combate de sexta generación) de la que apenas es capaz un puñado de países. España, por cierto, acaba de demostrar que puede lograr algo así con la reciente puesta a flote del submarino S-81, que le ha permitido entrar en el exclusivo club de naciones capaces de un desarrollo que solo es comparable al de una nave espacial. Solo Alemania, China, Estados Unidos, Francia, Japón, Reino Unido, Rusia, Suecia y, ahora también, España, pueden hacerlo.

Recreación del futuro avión de combate del FCAS en vuelo. FOTO: FCAS

Volviendo a los aviones de combate de sexta generación, Japón, Turquía, China y Rusia, además de las citadas Estados Unidos, Francia, Alemania, España y Reino Unido (con ayuda sueca e italiana), se encuentran entre los que planean conseguirlo. Precisamente el afán británico por entrelazar su proyecto Tempest con el de algún otro socio fuera de Europa (lo ha intentado al menos con Japón y Turquía) es una de las razones que los senadores franceses esgrimen para advertir sobre las dificultades de que acabe de cuajar el desarrollo en Europa de un único, y por tanto competitivo, avión de combate de sexta generación, según se recoge en el informe mencionado más arriba, que lleva el expresivo título de 2040, la odisea del FCAS.

Presiones de Washington contra el proyecto británico

Por cierto, Estados Unidos estuvo presionando para que Japón no se sumase a la iniciativa británica, algo que Tokio ya ha descartado, pese a los intentos de Londres. Las autoridades japonesas, al mismo tiempo, también han desechado que su caza de sexta generación vaya a ser un desarrollo estadounidense, como ha ocurrido siempre desde que acabó la segunda guerra mundial.

Apenas quedan 15 años para que empiece la década en la que los futuros cazas comiencen a operar. Es un corto periodo de tiempo para acometer, y quizá a veces romper, todas las alianzas industriales y geoestratégicas que harán posible unos aviones que serán mucho más que unas sofisticadísimas aeronaves. Serán, de hecho, las avanzadas máquinas que conformarán el núcleo de unos sistemas mucho más complejos capaces de combatir al mismo tiempo en todos los dominios posibles (tierra, mar, aire, ciberespacio e incluso con el concurso del espacio). Para disponer de ellas, en último término, se necesitarán más que acuerdos y voluntades. Será preciso, ante todo, grandes cantidades de dinero.