Sánchez y Aragonès pactaron la «mesa de diálogo» en una llamada 24 horas antes

Ambos presidentes mantuvieron una conversación telefónica de casi una hora el martes, donde fijaron los detalles del encuentro, tras la exclusión de Junts

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el de la Generalitat, Pere Aragonés antes de reunirse la "mesa de diálogo" en la Generalitat
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el de la Generalitat, Pere Aragonés antes de reunirse la "mesa de diálogo" en la GeneralitatNACHO DOCEREUTERS

Pedro Sánchez y Pere Aragonès se reunieron el 29 de junio en Moncloa. El presidente del Gobierno recibía al de la Generalitat en un encuentro protocolario, después de que este hubiera sido ratificado en su cargo por el Parlamento de Cataluña. De este encuentro salió el compromiso de reunir a mediados de septiembre la «mesa de diálogo» que, por alternancia, correspondía esta vez en Barcelona. Aunque la fecha estaba ya marcada en el calendario desde antes del verano, la cita que este pasado miércoles se celebró en la Generalitat estuvo marcada por la improvisación. Una improvisación que contrasta con la entidad que ambas partes otorgaban al encuentro, en el que se ha reafirmado la apuesta por el «deshielo» y que invitaba a no dejar nada al azar.

Desde una semana antes en Moncloa ya advertían de que la delegación estatal estaba «muy bien preparada» y «con propuestas» a la espera de que desde el Govern confirmaran. «Primero la fecha, luego los contenidos y después de la delegación», señalaban, cuando se les interpelaba directamente por la asistencia o no del presidente del Gobierno. Una presencia que se confirmó a escasas 36 horas de la cita en una entrevista de Sánchez en Televisión Española para evitar el desgaste de la decisión de asistir. La decisión se tomó para no perjudicar a ERC en su pugna con Junts por dotar del más alto nivel a la cita. En esta entrevista, el presidente también confirmaba el miércoles como día del encuentro, aunque extraoficialmente se había deslizado el jueves como fecha más posible, por cuestiones de agenda.

La «cierta tensión» que en Moncloa reconocían «detectar» en vísperas de la reunión saltó por los aires solo un día antes, cuando Junts presentó una delegación inasumible para ERC con los ex presos indultados Jordi Sánchez y Jordi Turull. Aragonès no dudó en excluirlos de la «mesa de diálogo», en un movimiento que los de Puigdemont interpretaron como que el president «se plegaba a las exigencias de Moncloa». Por su parte, en el Gobierno central se felicitaban de que el líder republicano hubiera dado un golpe en la mesa, abortando una foto incómoda para el Ejecutivo.

Que era una «mesa entre gobiernos» fue el argumento que Sánchez había utilizado anteriormente para descartar la presencia de Oriol Junqueras en la reunión, una asistencia que hubiera eclipsado a Aragonès, y este fue el argumento que éste utilizó para evitar el boicot explícito de Junts. Una posición contraria a la que defendió ERC en 2018, cuando fueron los que más presionaron para que en la mesa hubiera perfiles ajenos al Govern. De hecho, entonces solo dos fueron consejeros –Jordi Puigneró y Alfred Bosch–, mientras que se dio entrada a las diputadas Elsa Artadi y Marta Vilalta, al investigado por la Justicia Josep María Jové, así como el ex jefe de gabinete de Carles Puigdemont, Josep Rius.

«Aragonès ha crecido varios centímetros», decían con guasa en Madrid, en alusión a la legitimidad como líder que había adquirido el president tras el movimiento de sacar de la mesa a Junts. Ese mismo día, el martes 14, solo 24 horas antes de la cita, Sánchez y Aragonès hablaron por teléfono casi una hora para cerrar los detalles del encuentro. Unos detalles que, no obstante, se fueron perfilando y cambiando por los protagonistas sobre la marcha. Entre ellos, el adelgazamiento de la delegación del Ejecutivo central –Castells y Raquel Sánchez no llegaron a viajar– y la escenografía en que se dispondrían ambos gobiernos, tras la exclusión de Junts.

El protocolo que se siguió en la visita de Sánchez fue el mismo que en su encuentro con Quim Torra en 2020. Se mantuvo la iniciativa, arrancada entonces por Iván Redondo a la Generalitat, de que el jefe del Ejecutivo compareciera en la galería gótica. Un espacio solo reservado al presidente catalán. Sánchez y Aragonès se reunieron en la Sala dels Diputats –la antesala del despacho del president–, un despacho que ahora sí ocupa el líder de ERC, pero que Torra dejó vacío desde la fuga de Carles Puigdemont, por considerar que él era el presidente legítimo.

Tras el encuentro entre los presidentes, ambas delegaciones posaron junto a las escalinatas del Palau. Una escenografía pactada previamente. La idea es que no hubiera una instantánea de Sánchez y Aragonès sentados a la mesa, que solo saludaran, pero no llegaran a abrir la reunión. Esto era lo pactado y lo que se transmitía desde fuentes gubernamentales, pero en la reunión bilateral previa que mantuvieron decidieron lo contrario. Así, todos se trasladaron a la Sala Torres García para «encabezar la sesión de trabajo» de la «mesa de diálogo».

De la improvisación solo se salvó el guion al que ambos actores nos tienen acostumbrados. El Gobierno trasladó su «agenda del reencuentro» –las 44 propuestas tradicionales de los gobiernos catalanes actualizadas– y el de la Generalitat reafirmó su apuesta por el referéndum de autodeterminación y la amnistía, con la consiguiente respuesta negativa por parte de Sánchez. Unos contenidos que no se trataron en la reunión, de la que poco ha trascendido, porque la vocación de mantener el foro de diálogo en el tiempo obligaba a «no empezar por lo que nos separa, sino por aquello en lo que podamos estar de acuerdo». De manera que la apuesta por la interlocución entre España y Cataluña no encallara en la primera reunión. En el futuro las reuniones serán discretas para descargarlas de presión y atención mediática, que delaten el ejercicio constante de improvisación.