No somos alemanes, no

La izquierda pone como ejemplo que en Alemania se veta a la ultraderecha mientras el Gobierno pacta con quienes quieren reventar el sistema

Merkel y Casado.La izquierda pone como ejemplo que en Alemania se veta a la ultraderecha mientras el Gobierno pacta con quienes quieren reventar el sistema.
Merkel y Casado.La izquierda pone como ejemplo que en Alemania se veta a la ultraderecha mientras el Gobierno pacta con quienes quieren reventar el sistema.PlatónIlustración

Que no somos alemanes es evidente al cotejar las salchichas bratwurst y el jamón de bellota, las sinfonías de Beethoven con el rajo de Camarón o una ciudad cualquiera de la Baja Sajonia con la calle Ibiza cuando atardece. Los alemanes son unos cabezas de yunque capaces de surfear a sus propios demonios con austeridad y disciplina. Los españoles nos destacamos como especialistas en quemar las naves dentro de un clima guerracivilista que cultivamos como quien siembra tubérculos de odio. Nos une ahora el carajal postelectoral, después de que las primeras elecciones post/Merkel hayan dejado la cancillería federal al albur de los guateques contranatura. Aunque los alemanes siguen a tiempo de reactivar la Große Koalition («gran coalición») entre los socialdemócratas y los democristianos. Como mal menor cabe suponer que nadie franqueará la ciudadela al lobo populista.

Nosotros, en cambio, convivimos con los ataques diarios a los defensores de la Ley. Mientras el presidente Sánchez califica de «vengativas» las sentencias del Supremo. Con semejante matraca, la primera víctima acostumbra a ser la verdad y luego, todo seguido, pasamos a incinerar cositas tan poco sostenibles o inclusivas como la igualdad entre los ciudadanos. O la necesidad de que nadie, por guapo o poderoso que sea, camine al margen de la legalidad. Dadme el libreto liberal y yo lo transformaré en una ópera impostada en el barro. En un surtido de profecías milenaristas. Somos los campeones de la impostura. Aquí los intereses comunes juegan en el casino. Nuestros intelectuales de guardia hacen horas extras como mamones del príncipe. Le cantan al oído letrillas hagiográficas. En España resulta compatible denunciar el fascismo, real o inventado, por regla general fantasioso y ucrónico, y que el gobierno enhebre pactos con trileros xenófobos, tipo ERC, o formaciones ahogadas por la parafernalia homicida, como Bildu. A los amigos del poder no les pedimos sus credenciales. Basta con enfundarse la camiseta adecuada para imponer líneas rojas. Nadie husmea los lamparones radioactivos, nadie pregunta. La imposibilidad de una coalición entre nuestros grandes partidos puede explicarse entonces por el odio que parte de la izquierda siente por sus vecinos conservadores, democristianos y liberales. Unido al cálculo depredador de un presidente atento a situarse como número uno en la cruenta carrera por la pervivencia política. Por cuestiones de índole clínica, relacionadas con la regurgitación de los huesos molidos de los muertos, el PSOE no pactaba con el PP, ni siquiera cuando las formaciones nacionalistas acaudillaron un intento de golpe de Estado o arreciaba el cataclismo económico y sanitario. También por el cinismo de quien descubre muy pronto, mendigando el voto de las compañeras y los compañeros, que la socialdemocracia, para respirar, debía de reciclarse en contenedor iliberal, condensador del encono y socio preferente de populistas varios. Esto equivale a robustecer los lazaretos y guetos ensayados con gran éxito de crítica y público por Zapatero y Maragall, Pacto del Tinell mediante. Sumen la aportación del peronismo retropijo de Podemos, ciego de indigestiones teóricas y oportunismo buitre. O las contribuciones decisivas de unos matones convenientemente blanqueados, Bildu y afines, con un historial que puede resumirse en casi mil asesinatos políticos.

Para apuntalar la gran jugada toca demonizar a Vox, que viene a representar las esencias de un franquismo reciclado a golpe de corneta mediática. Líbrenme Isaiah Berlin o Judith Shklar de simpatizar con la voxemia, pero que me aspen si en su programa encuentro invocaciones o artificios típicamente falangistas, como es el caso de Podemos, o en sus discursos la voluntad, habitual entre los nacionalistas, de reventar la unidad de distribución y justicia. Si siguen la prensa reciente asistirán a un despliegue de tribunas, columnas y análisis imantados en el sensacionalismo. Concebidos para asustar a una opinión pública que descubre que estamos en vísperas de incendiar el Reichstag o invadir Polonia. Igual que supuraciones del Antiguo Régimen como los fueros fueron homologados como progresistas, o que protonazis tipo Sabino Arana gozan de una bella aureola entre los socios de la izquierda, así todo lo que camine a la derecha del PP ha sido ya catalogado de involucionista o peor, de virus letal o arma de destrucción masiva. Sin otra prueba que el instinto cainita y la querencia doberman a reproducir vídeos y tópicos calumniosos.

Hay en marcha una campaña previa, un bozal preventivo, para invalidar cualquier tentación de pacto del PP-Vox e incluso, llegado el caso, para justificar la desobediencia. Estábamos acostumbrados a que el PP escondiera sus preferencias. A que se hiciera perdonar sus ideas. A que disimule sus propuestas y trate de hacerse soluble en el caldo amniótico que dictan sus rivales. Con el resultado de que los populares descartaron no ya dar la batalla de las ideas, sino a atesorar una sóla idea propia respecto al orden del mundo más allá de la pura gestión tecnocrática. La novedad pasa por dictarles con quien pueden y no pueden pactar. Lo cual incluye a un Vox demonizado en la misma corrala y por la misma gente que condona las veleidades filoterroristas, antiliberales y pseudototalitarias de la coalición gubernamental. La asimetría moral resultan sencillamente espeluznante, pero comprensible en cuanto conoces la plomería de un debate envilecido.

No basta con negar la hipótesis de un acuerdo estructural entre los principales partidos. Quieren evitar que el PP encuentre alternativas. Pero los reyes de la hipocresía, los que anuncian como cuervos el fin del mundo, tienen la bula y el cuajo supremo de bailar y juntarse con unos partidos infectos, que niegan el abecé de adn demoliberal. Empiezas escupiendo al PP (extrema derecha y etc.) y acabas de potes con los conjurados para reventar el sistema.