Paz interna y las puertas de Génova

Josep Ramón Bosh

El templo de Jano en Roma era un santuario que contenía una estatua de la deidad, situada en el eje central del edificio, mirando simultáneamente a oriente y occidente. Considerado el dios de las puertas, el de los comienzos y los finales, fue consagrado al primer mes del año (que en español pasó del latín Ianuarius a Janeiro y Janero y de ahí derivó a enero). La apertura de las puertas del templo de Jano en el comienzo de cada guerra, era un ritual asociado con la evocación del «furor belli», el inicio de las guerras y señal de petición al Dios, para su intermediación, la victoria y la consecución de la paz.

La «Pax Romana», conocida metáfora como la paz duradera, se refiere históricamente al periodo en que el emperador Octavio Augusto cerró las puertas del Templo de Jano, al proclamar el fin de las guerras con cántabros y astures, los conflictos con los pueblos del norte de la península ibérica. Las guerras civiles en Hispania, dejaron paso a un tiempo de paz interna y seguridad externa que favoreció al comercio, la expansión cultural romana y el de una larga etapa de concordia.

El emperador Octavio Augusto para poder imponer la Pax Romana, primero tuvo que conseguir la paz interna y externa del Imperio. Internamente administró y controló decididamente todo, imponiéndose ante los gobernadores de las provincias, los jefes de los ejércitos y la aristocracia, mientras, que externamente, desató una serie de guerras, las cuales tenían como finalidad la conquista de nuevos territorios, reestructuró la organización militar, para poder disponer de un ejército que permanentemente atendiera la defensa del Imperio, devolvió al senado su antigua dignidad, reduciendo su número de miembros y confiándole la administración de las finanzas del gobierno, así como, otorgándole amplios poderes judiciales.

Pablo Casado debe proclamar la paz interna en el Partido Popular, si de verdad quiere construir una alternativa creíble y tener opciones claras de derrotar a la coalición gubernamental, que sostiene al gobierno de Pedro Sánchez. Sin embargo, transcurridos tres años de liderazgo de Casado, el PP sigue gastando tiempo y minutos en disputas y tensiones internas, generando un insoportable ruido mediático en plena pugna por el liderazgo del PP de Madrid, lo que sigue provocando desazón, malestar e inquietud entre una masa creciente de votantes hastiados de luchas partidistas. Mientras la preocupación de los españoles se concentra en el imparable incremento del precio de la luz, la velada amenaza sobre el futuro de las pensiones y una reforma laboral a la medida de Podemos; el principal partido de la oposición parece seguir en plena guerra civil.

La batalla del PP en Madrid es difícil de entender, en un momento en que todas las encuestas señalan que la derrota del gobierno de Pedro Sánchez no es una quimera, y que Pablo Casado tendría serias opciones de presidir el gobierno de España. La inusual disputa sobre la celebración del Congreso regional de Madrid, al que Ayuso aspira a presidir, de forma legítima y con toda la autoridad moral tras su abrumadora victoria electoral y su incontestable liderazgo popular, es el punto crucial de una batalla que puede llevar al traste las aspiraciones presidenciales del principal partido de la oposición.

A finales del siglo I d. C., el historiador romano Tácito proclamó: «Los romanos crean desolación y la llaman paz”. Los españoles debemos visualizar que la reconciliación entre Isabel Díaz Ayuso y Pablo Casado es creíble y veraz, pacificando internamente el partido y consolidando la cohesión territorial porque un mal cierre de la crisis no traerá la victoria, sino una sonora y desoladora derrota.

El PP debe proclamar la paz interna entre su secretario general y el asesor de Ayuso, reestructurar la comunicación del partido para ganar la batalla del relato, apostar decididamente por el mensaje centrista y de la moderación, reconsiderar su estrategia sobre Cataluña y alejarse de mensajes populistas que restan votos, como aconsejan Feijóo y Moreno.

Y luego, cerrar las puertas de Génova.