Opinión

Homenajes

Los acercamientos a cárceles dirigidas por nacionalistas y la salida a sus casas es el camino irreversible que quedará para la historia como el reconocimiento del daño que España ha causado a los luchadores vascos

Iñaki Arteta Orbea

Culmina el año 2021 con más actos de apoyo a ETA (282) que el año anterior (193). Un año que se dejado pasar sin consensuar una ley que nos ahorre tamaño insulto. “La Audiencia Nacional no prohíbe los homenajes a etarras”, dice, “es evidente que corresponde al legislador establecer la norma”. Pero resulta que el legislador no está muy interesado. ¿Para qué, a estas alturas? La lógica indica que ya quedan menos terroristas por salir, los de penas más largas, es decir, los más sanguinarios. Lo que no va a hacer el pusilánime pero imprevisible Gobierno es contravenir a última hora a uno de sus socios. Pelillos a la mar. Pronto terminará todo esto y las manifestaciones pasarán a reivindicar únicamente la independencia. No problem. El público viendo Netflix.

Para los que creyeron un cambio de actitud en las palabras de Arnaldo Otegi anunciando solemnemente el fin los homenajes públicos, otra pequeña decepción. Es lo que tiene creer en la mala gente: a lo mejor no mienten siempre, pero eso sí, siempre que les conviene. Mentir o no mentir es parte de la estrategia para confundir al ciudadano bienpensante.

Es que, según Bildu, los ‘ongi etorri’ no son sino “actos de reintegración, recibimiento, celebración y expresión de alegría por la excarcelación de personas queridas”. Personas queridas. Hay quien les quiere. Es el reconocimiento de la tribu. Esconderlos sería reconocerse culpables. Y ellos quieren que sepamos que no lo son. Estos gudaris fueron lo mejor de los suyos, los más altruistas, los que lo dieron todo por la patria e hicieron lo que tuvieron que hacer. Y lo hicieron bien, sacudiendo al enemigo y aguantando las consecuencias. Y ahora, por fin, un gobierno español que es sensible y entiende lo que se merecen por haber contribuido a La Paz, les allana el camino de regreso a su tierra. Primero, los acercamientos a cárceles dirigidas por nacionalistas y seguido la salida paulatina y discreta hacia sus casas. Todo con la ley en la mano, claro. Camino irreversible que quedará para la historia como el reconocimiento del daño que España ha causado a los luchadores vascos.

Lo que toca ahora es verles aspirando al disputado lugar de la víctima. Las cuentas de Bildu: 400 víctimas del Estado, más de 4.000 torturados, varios desaparecidos, cierre de medios de comunicación, centenares de presos de ETA sometidos a una política penitenciaria de excepción, criminal e ilegal durante años, 16 personas fallecidas en accidentes de tráfico cuando se desplazaban a cárceles alejadas de Euskadi, por no decir los asesinados franquistas enterrados en las cunetas.

Porque ellos no quieren que les perdonemos, quieren que nos sintamos mal por haber sido malos con ellos. Por haberles obligado a hacer lo que no querían, lo que nadie quiere, matar. Por eso los suyos les reciben con todo su amor, porque sacrificaron su comodidad para que no decayera la antorcha de sus ideales, la que ahora levantan orgullosos. Juntos. La lucha continúa por otros métodos, incluso reconociendo de vez en cuando en público el dolor causado o que “aquello” no debiera haber ocurrido nunca o que entienden el dolor de “aquellos”, que no se diga que son insensibles a los derechos humanos de los otros.

Ellos no se esfuerzan por que les queramos, no, hay un gran equipo de ciudadanos aparentemente independiente y voluntarioso que se dedica a humanizarles a base de relatos de asesinos mirando a los ojos a viudas o de militantes asesinados sin piedad o de jóvenes vascos culpabilizados por apalear a policías.

La floreciente industria del arrepentimiento y el perdón público “restaurativo” sugiere un clima de nueva época. Se ha extendido una rara obsesión por encontrar el más mínimo destello de humanidad en el terrorista que lleve, si no a perdonarle, a abrirle las puertas de nuestra comprensión, a empatizar con él hasta sentirnos culpables por nuestra larga ceguera, a reconfortarnos, al fin, con nuestra infinita capacidad de bondad. Por la convivencia.

No se trata de un plan exógeno estratégico conspiranoico, no. Es peor y más sencillo, se basa en algo más común, en el fondo hay mucho tonto moral aun teniendo estudios la mayoría. Tontos pero cómodos, atraídos por un buenismo que les sitúa en el pedestal de una superioridad suave frente a quienes no vean estas cosas de la misma manera. Tontos pero olvidadizos a conveniencia. A la moda, diría yo. “Nos hiciste daño, pero ya no importa, podemos vivir juntos, ahora pon tú las reglas”.

Homenajes, manifestaciones, asesinos por las calles, jaleadores de asesinos, asociaciones proasesinos, imitadores de asesinos, asesinos políticos, terroristas concejales, diputados exterroristas, profesores proetarras,… que más dará, si estrenan una serie de asesinatos cada semana.

Solo algunas víctimas resentidas, esas que salen con cara de odio en las películas buenistas, ciudadanos fascistas que siempre los ha habido, pocas gentes en definitiva, no entienden estos nuevos tiempos.