La paz del gallego

El candidato a la presidencia del PP,  Alberto Núñez Feijóo
El candidato a la presidencia del PP, Alberto Núñez Feijóo FOTO: Jorge Armestar Europa Press

La gira por España de Alberto Núñez Feijóo para dar a conocer su proyecto a los afiliados como fase previa a presidir el Partido Popular ha sido, en realidad, una celebración. Visto lo visto, en buena medida cabe la pregunta: ¿quedaba algún casadista? Es innegable que, desde hacía tiempo, hablases con quien hablases dentro de la familia popular sobre Teodoro García Egea las críticas contra él saltaban al instante. Sólo su círculo próximo le defendía. Jamás me había encontrado con un secretario general que despertase tanto recelo dentro de sus propias siglas, y mira que he visto pasar por el cargo a políticos que han ejercido sus galones con puño de hierro.

La «teodocracia», ciertamente, implantó unas formas y un amiguismo excluyente imposibles de aplicar en un gran partido. Esa práctica equivocada se fue llevando la ilusión inicial que despertó Pablo Casado entre sus propias bases ávidas de renovación regeneradora, y no digamos ya entre los mandatarios regionales. Espero que, algún día, el todavía presidente del PP explique el embrujo que lo tenía tan ciegamente amarrado a su número dos como para decolorar su personalidad y alejarlo de fidelidades forjadas por años.

Significativa fue la escala en Madrid el pasado martes, de la mano de Isabel Díaz Ayuso, de quien es ya líder popular «in pectore». Los populares madrileños festejaron la unidad en un acto cuyo carácter multitudinario a nadie pasa desapercibido. La estampa del tándem Feijóo-Ayuso es muy poderosa. El gallego es la experiencia. La madrileña, la ilusión. Ambos representan modelos de gestión de éxito. La formación, a poco que se escarbe entre sus gentes, ha pasado en pocos días del bochorno y el abatimiento a la esperanza: «Tras el cataclismo, removidos los cimientos, Alberto ha respondido firme a las expectativas y ha sido capaz de darnos paz», asegura un notable genovés.

Visto el PP veinte días después de la Junta Directiva Nacional que convocó el Congreso extraordinario, a la que algunos miembros llegaron temblándoles las piernas por lo que podía ocurrir, el cambio de rumbo en su organización se ve muy claro. Especialmente, desde los territorios.

El paso al frente de Feijóo y el compromiso con el gallego de todos los barones de la formación ha permitido desactivar la dinamita espolvoreada por la geografía española desde la planta noble de Génova 13.

El PP vuelve a ser un partido reconocible. Ordenado. No se sale del guión ni el siempre comunicativo presidente del Comité Organizador del cónclave de Sevilla, Esteban González Pons. Él es un simple «utillero» que coloca los uniformes en su sitio para que los encuentren los compromisarios que asistan a la cita del 1 y 2 de abril. Ya.

Hasta García Egea busca ahora mismo alejarse lo más posible de polémicas. Acierta en esto. Se le ha visto saludando cordialmente a Alfonso Alonso, a pesar de que en su día lo desplazó con cajas destempladas de la presidencia del partido en el País Vasco. El ex secretario general se reúne con periodistas en Madrid y cuenta la historia de los «días de fuego» según su mirada, pero ha pasado de afirmar con solemnidad en su despedida televisiva en La Sexta que podría haber unas primarias con varios aspirantes, a asomar ahora la cabeza por el Congreso de los Diputados para asegurar que está «despresurizando como diputado de base».

En cuanto al líder caído, lo mejor para él es ya apartarse lo más rápido posible de la polvareda. Su arremetida en la cita del Partido Popular Europeo contra el acuerdo de legislatura con Vox suscrito en Castilla y León por Alfonso Fernández Mañueco ha indignado a sus compañeros. Que, con la colaboración de Tono López-Istúriz, secretario general del PPE, empujasen a Donald Tusk a considerar una «capitulación» el acuerdo con los de Santiago Abascal, es un borrón sólo justificable por la dureza de los acontecimientos que ha vivido.