Andalucía

El PSOE se hunde y Sánchez pone en jaque La Moncloa

Espadas rompe el suelo histórico que marcó Susana Díaz en 2018 y cae a los 30 escaños

En el PSOE se afanaban casi hasta el último minuto en asegurar que «había partido». Un partido que han perdido. Sin opciones de victoria, a la luz –o las sombras– que arrojaban todas las encuestas, la clave en el cuartel general de los socialistas era dirimir la dimensión de la derrota. La formación no se ha repuesto de haber perdido la Junta hace tres años y medio pese a haber ganado las elecciones y las luchas intestinas que se desataron por el relevo del liderazgo no han contribuido, precisamente, a paliar un hastío que se ha acabado contagiando al electorado. El umbral de referencia para medir la contundencia del resultado es el millón de votos que obtuvo Susana Díaz en 2018 (1.009.243), entonces, estas papeletas se transformaron en 33 asientos en el Parlamento y les auparon a la primera fuerza. Anoche, el PSOE volvió a hundirse y a romper su suelo histórico, con 30 escaños –tres menos–. Fue a menos durante todo el recuento.

Juan Espadas confiaba en movilizar a los 400.000 votantes que se quedaron en casa hace tres años y medio, pero que sí acudieron a votar en 2019. Sin embargo, la falta de implicación del tejido municipal que ya se percibió en campaña lo ha hecho imposible. No ha sido el único obstáculo contra el que ha tenido que luchar el candidato socialista. Con un partido en «stand by» que ha acusado la falta de oposición a Juanma Moreno durante esta legislatura, con una Susana Díaz más enfocada en sobrevivir políticamente, y especialmente durante la crisis sanitaria en la que, creen, su «excesiva lealtad» al Gobierno del PP les ha pasado factura, en contraposición con cómo se desenvolvieron los populares a nivel nacional con Sánchez.

Perder la posición hegemónica en la región, es un mazazo para el PSOE. Un mazazo que puede tener consecuencias más allá de Andalucía. En Moncloa daban por descontada la derrota desde hace días y se conjuraban para que «pase cuanto antes», centrándose ya en gestionar el día después, en remontar el vuelo. La estrategia es focalizarse en la agenda internacional: con el inminente Consejo Europeo y la puesta de largo de la cumbre de la OTAN en Madrid. A nivel político, con la programación del Debate del Estado de la Nación para el próximo mes de julio como un intento de marcar agenda y retomar la iniciativa. Sin embargo, no hay impulso que diluya la sensación de «cambio de ciclo», una sensación contra la que se revuelven en el Gobierno, conscientes de que perder en Andalucía es tanto como poner en jaque La Moncloa.

Sánchez está obligado a hacer una profunda reflexión. Queda menos de un año para las municipales y autonómicas y poco menos de 18 meses para agotar la legislatura y la base de las victorias socialistas se ha fundamentado sobre dos pilares: Cataluña y Andalucía, con una de estas dos patas coja, la que más escaños reparte en el Congreso de los Diputados (61 de los 350) el horizonte de los socialistas se complica. Esta es la quinta derrota electoral que registra el PSOE tras Galicia, País Vasco, Comunidad de Madrid y Castilla y León, pero en esta ocasión viene agravada por tratarse del bastión hegemónico socialista, su joya de la corona. Aunque el impacto de las andaluzas sea relativo para las generales, que se medirán en el terreno económico y de gestión, el estado de ánimo y la sensación que proyecta es preocupante para la marca PSOE.

El contexto era también adverso. Con un candidato desconocido fuera de Sevilla y percibido, allí donde sí le conocían, como una extensión de Sánchez, que apostó personalmente por él en las primarias por el poder frente a Susana Díaz, ha tenido que remar a contracorriente. Con un panorama económico diabólico (inflación, tope del gas sin resultados efectistas, consecuencias de la guerra...) y con unos pactos en el Congreso con los independentistas que no se ven con buenos ojos en Andalucía. En el cuartel general de los socialistas se encomendaban al voto oculto y en la recta final de la campaña renunciaron a la suma con el espacio a su izquierda, apelando directamente a los votantes progresistas a concentrar sus votos en el PSOE para intentar sortear el desastre. No hubo manera.

La campaña que el PSOE ha desarrollado durante estas semanas no ha sido resolutiva. Enfocada en alertar contra la llegada de Vox a la Junta, en lugar de reivindicar un proyecto ilusionante para Andalucía, los socialistas han sufrido una fuga de votos hacia el PP, que entendían que era más efectivo reforzar la mayoría de Juanma Moreno para dotarle de la independencia suficiente para gobernar con manos libres, que apostar por el PSOE como alternativa. La propuesta socialista de freno a la ultraderecha no ha resultado creíble por su negativa inmediata a plantear una abstención que cortara el paso a Vox. Una abstención que ni siquiera será necesaria.

Tras el pacto en Castilla y León, Moncloa pensaba utilizar la entrada de Vox también en Andalucía como una herramienta de desgaste a la imagen de moderación que Alberto Núñez Feijóo quiere proyectar. Tampoco esto ha salido como esperaban los socialistas. A la mayoría absoluta del PP se añade que la suma con Vox se sitúe por encima de los 70 escaños.

La sociedad andaluza no es mayoritariamente conservadora, pero en un contexto de incertidumbre por las sucesivas crisis sanitaria y económica, Juanma Moreno ha sabido aprovechar la debilidad de un PSOE que se lamía las heridas para expandir su base electoral hacia el centro y convertirse en la fuerza de referencia de la clase media en Andalucía, un espacio que, hasta ahora, habían ocupado los presidentes socialistas. Esto no se combate en dos semanas ni en el año que Espadas lleva al frente del partido. Veremos si tiene tiempo de recomponerse desde la oposición.