Opinión

La intención no basta

No ganar, aunque se haga el ridículo o la pérdida sea irreparable, no importa para el sanchismo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso.Alberto R. RoldánLa Razón

La izquierda quiere que todo se juzgue por las intenciones. Forma parte de su desprecio al mérito y al esfuerzo; es decir, a los resultados. Lo que importa es participar, dicen, no ganar, aunque se haga el ridículo o la pérdida sea irreparable. Juzgar por intenciones es el motor indispensable de la política emocional que gusta a la izquierda.

Por ejemplo, no importa que la Segunda República fuera un desastre -siendo educado-, porque lo relevante es la intención que tuvieron aquellos revolucionarios de cambiar España. Lo mismo dicen de los gobiernos de Zapatero y Pedro Sánchez.

No hay manera de sostener desde el conocimiento económico o jurídico casi ninguna de sus medidas, pero lo que importa es la intención. Vale una muestra: el decreto energético. La pifia es absoluta. No se consultó a ningún experto economista ni jurista y lo publicaron en el BOE. Es y será un desastre, pero lo que importa es la intención: ahorrar energía.

Lo mismo está pasando en política exterior. Ucrania se queja de que la ayuda prometida por el gobierno de Sánchez es escasa y de baja calidad. Vamos, que los Leopard que se iban a enviar, por ejemplo, están para el desguace.La chapuza se critica pero da igual, porque el sanchista dice que no hay que olvidar la intención de ayudar a Ucrania en la “guerra de Putin”.

Nuestro “actor global”, el que habita La Moncloa, desatendió las relaciones con Marruecos y Argelia a la vez. Es imposible encontrar un desatino mayor en la historia diplomática contemporánea de España. Son dos países en escalada bélica casi infinita, cuyos gobiernos se apoyan en la construcción del enemigo exterior y en el victimismo. Uno, el marroquí, histórico aliado de EEUU, y el otro, que salió de la influencia francesa para caer en la soviética.

Son dos países que viven de ser lugar de paso hacia Europa de seres humanos, mercancías y combustibles. Este factor fronterizo constituye su baza para contar algo en el orden internacional, además del control del terrorismo. Bien. Pues el gobierno español no ha comprendido todavía que la política exterior se basa en el mantenimiento del status quo de convivencia entre Estados.

Si se incomoda a Marruecos o Argeliaen alguno de sus aspectos estratégicos se comete un error que tiene consecuencias. Si por buenas intenciones se cobija a un terrorista saharaui protegido por Argelia y buscado por Marruecos, eso tendrá una respuesta de Mohamed VI para dañar a España. Lo tiene fácil. Con no controlar el flujo migratorio ya se crea un problema grave en la frontera y en la opinión pública española.

De igual manera, si por intereses ocultos que algún día sabremos, sin duda, se cede el Sahara a Marruecos, Argelia toma represalias contra España. ¿Con qué puede hacer daño? Descartada la posibilidad de permitir un atentado yihadista en nuestro suelo, que molestaría mucho en las cancillerías occidentales, lo hace con el cierre del suministro energético, el bloqueo comercial y la inmigración ilegal.

El resultado es que Argelia firma un tratado con Italia como socio preferente en la compra del gas en plena crisis mundial, y en detrimento de España. Y como el gobierno de Sánchez no se entera, las autoridades argelinas rematan con el flujo migratorio. El número de embarcaciones que llegan desde Argelia a las costas peninsulares e insulares españolas ha crecido un 45%.

Argelia ha dado por terminado el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación con España, firmado hace veinte años. Lo suspendió en junio cuando Sánchez dio la razón a Marruecos con el Sahara, y ahora lo ha roto porque nuestro Gobierno no ha rectificado, sino que ha insistido en la decisión.

Mientras Sánchez se mueve por intenciones, el resto de Gobiernos lo hace por políticas efectivas y resultados, en un marco real, no sentimental de la existencia. Lo que hay detrás es que el sanchismo y esta izquierda viven muy alejados de la realidad del día a día.