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Opinión

La aluminosis del sanchismo

En el muro que levantó se abren grietas en forma de prisiones provisionales, providencias judiciales y abandonos parlamentarios

Pedro Sánchez durante la inauguración del HUB de Airbus en Albacete EUROPA PRESS

Ábalos es el sedimento de un sistema que ahora deja ver sus capas. Su irrupción esta semana, con tuits y entrevistas previas a su ingreso carcelario, no busca una suerte de redención ni anda de jubileo público en busca de indulgencias que le aligeren la carga que el Supremo le ha impuesto. Si ha irrumpido, pronunciándose sobre la polémica del caserío y saltando la liebre, saltarina de por sí, del rescate a Air Europa, es porque el tiempo –que siempre ajusta cuentas– lo ha dejado sin refugio y sabe que le bastan esas pocas palabras para poner a temblar a los que lo aplaudieron a mano batiente hace unos años en el Congreso.

Su sombra, además, se extiende sobre el PSOE en uno de esos momentos en los que la vida se estrecha con la prisión provisional sobre su espalda; y con los socialistas en arrebato de temblores de canillas y wasaps, porque la Audiencia Nacional ha decidido escrutar el dinero en metálico. Hablando, pronunciándose, el exministro, el «extodo» de Sánchez acude a confirmar lo que era evidente: que el sanchismo construyó su poder sobre silencios obligatorios y negaciones confiadas en que jamás serían contrastadas.

La reunión del caserío en mayo de 2018 revela esa caducidad. Primero lo publicó la prensa. Después, el presidente lo negó. También lo negó con teatralidad Arnaldo Otegi. Pero las biografías son calificantes, no anecdóticas. Y la política española ha vivido demasiado tiempo apoyándose en la negación. Lo que la hace distinta hoy es que las negaciones ya no envejecen en silencio. Koldo García, que también tiene impuesta la prisión provisional, afirma que la reunión sí existió y la sombra surge. Cuando Ábalos se suma a la confirmación, la sombra se alarga más todavía.

Las declaraciones últimas antes de su ingreso en prisión, poniendo el foco sobre Air Europa, el papel de Begoña Gómez en aquella operación de rescate, y, en general, sobre los manejos monclovitas del matrimonio presidencial, son una salva de cañonería que Ábalos lanza sobre el cielo del sanchismo. De momento, es fogueo; veremos si el tira de la manta que tanto gusta se hace realidad.

Lo definitivo ha sido la reacción del Gobierno, tan burda, tan enflaquecida, tan torpona, resulta reveladora. A cuenta del caserío intentaron patologizar a Ábalos; a cuenta de su entrada en prisión, una ministra, con esa solera de quienes están acostumbrados a negar sin consecuencias, tuvo el cuajo de decir en directo que en el PSOE había tolerancia cero con la corrupción.

La pregunta, claro, es automática: ¿Y cómo es posible eso?, ¿cómo puede ser que un partido, a lo que se ve, sospechoso, cuando menos, de ser una economía circular de la mordida, el pellizco y la avaricia, puede tener el grado cero de tolerancia? ¿Acaso no sería como no tolerarse a ellos mismos? Decíamos que es reveladora esta forma de actuar, y lo es con claridad: un poder sólido responde a los hechos con hechos y un poder fatigado responde a la biografía y con cacharrería retórica de baja calidad.

El sanchismo ha vivido en una ontología peculiar: la idea de que la verdad es reversible y que los hechos, si incomodan, pueden archivarse en la cámara del desmentido perpetuo. Construyó un palacio de espejos sin preguntarse qué ocurriría el día en que los reflejos decidieran hablar por su cuenta. Y lo cierto es que les ha funcionado, al menos mientras todos dependían del presidente. Pero una prisión elimina dependencias, ensancha la memoria, hace que el tiempo pase distinto. Y el tiempo es el único contrapoder que ningún líder puede subordinar. Cuando entra, entra entero, y revela lo que el presente había maquillado.

Ahora, ese tiempo –el sanchismo– está en prisión. Y desde allí, su hacedor, Ábalos, es capaz de iluminar la arquitectura que creó, de la que se sirvió y que lo utilizó. Porque Ábalos hablando es el sanchismo reencontrándose con su sombra más larga. Su palabra vale por su procedencia. De la cocina del poder al patio común. Lo que dice –y lo que puede llegar a decir– estremece por su contenido, porque pone de manifiesto que había decisiones que Sánchez creyó amortizadas y que dejan ahora al aire una estructura corroída.

El presidente continúa –no sabemos hasta cuándo– pero ha perdido la prerrogativa que le quedaba: la de fijar él solo la memoria oficial. Ahora gobierna rodeado de hechos que regresan sin pedir permiso, de voces que ya no controlan su miedo, de sombras que antes obedecían y ahora caminan solas. Es evidente que, si le restara algo de dignidad política, Sánchez debería convocar elecciones –bueno, debería haberlo hecho hace meses–, pero no lo hará. Está políticamente bloqueado y personalmente cercado; y en el muro que levantó, la aluminosis está abriendo grietas en forma de prisiones provisionales, providencias judiciales y abandonos parlamentarios. Y esas grietas, que el sanchismo siempre quiso tapar con pintura fresca, se han ensanchado lo suficiente como para que el tiempo entre en ellas. Y el tiempo es el enemigo natural de los mentirosos. Ha empezado a trabajar y trabaja hasta el final.