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Don Juan Carlos, «muy orgulloso» de su hijo desde la «retaguardia»

Fuentes cercanas al Rey Emérito aseguran que se manifiesta así en su nueva etapa, en la que se normalizan sus apariciones solo y con el resto de la Familia Real

  • El Rey Felipe VI y su padre, Don Juan Carlos, presiden el desfile dentro de los actos del 300 aniversario de la Real Compañía de Guardiamarinas
    El Rey Felipe VI y su padre, Don Juan Carlos, presiden el desfile dentro de los actos del 300 aniversario de la Real Compañía de Guardiamarinas

Tiempo de lectura 4 min.

02 de junio de 2017. 17:10h

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Aurora G. Mateache Madrid. 2/6/2017

Hoy se cumplen 3 años desde el último discurso de Don Juan Carlos como máximo representante de los españoles. Un mensaje que dejó en estado de «shock» a la población española, ya que antes de pronunciar sus palabras de despedida, apenas la Casa, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el entonces líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, eran conscientes de ello. Aquella imagen televisiva del que pasaría a ser el Rey Emérito –tratamiento oficial que, según sus allegados, nunca le ha gustado realmente– de la que vemos hoy en día es muy diferente. Un Rey con gesto de preocupación y cansancio cedía el Trono a su hijo, en contraste con la sonrisa abierta y una expresión en la que las líneas de preocupación se van desdibujando.

Su lógica tiene, aunque no ha sido fácil. Según informan fuentes de su entorno, Don Juan Carlos no duda en afirmar que «Está donde tiene que estar». Y ese lugar para él es la retaguardia desde la que observa, «muy orgulloso», a su hijo.

Aunque la situación haya cambiado. Si a un año de que se cumpliera su renuncia al Trono, este periódico, en conversación con sus más allegados –«El Rey no tiene amigos», se encargaban de especificar– publicó que estaba «muy preocupado por no interferir en el reinado de su hijo ni en hacer movimientos que puedan generar confusión», dos años después la situación ha variado sensiblemente, en cuanto a que las apariciones públicas de Don Juan Carlos han aumentado, lejos de disminuir. Si en el primer año de abdicación llevó a cabo 36 actos; en el segundo, 16; y en el tercero, 24, contando con el de hoy. Pero si tenemos en cuenta que desde que abdicó en 2014 hasta el primer día de su hijo como Rey tras la proclamación el 20 de junio realizó 20 actos, este último ha sido su periodo más activo. Porque Don Juan Carlos ha pasado por tres ciclos: el de aclimatación a su nuevo estilo de vida, una difícil desconexión de la Corona que no le fue fácil asumir, y un sereno «regreso», del que disfruta actualmente.

«Es preciso que yo ocupe un segundo plano», aseguraban que decía al principio. Ejemplo de ello fue el «relevo» en las tomas de posesión de los líderes iberoamericanos: si en un principio era Don Felipe, como Príncipe de Asturias, el encargado de acudir, ahora es el Rey Emérito.

No obstante, el año del bloqueo político hizo que Don Juan Carlos apenas tuviera actuvidad, España y la Institución se jugaban mucho en un periodo inédito con dos convocatorias de elecciones, cinco rondas de consultas por parte del Rey y la descomposición del sistema bipartidista imperante en nuestra sociedad desde tiempos de Cánovas del Castillo, con diferentes fuerzas políticas avanzando y no todas comprometidas con la «causa monárquica». Durante ese periodo, el Rey Emérito aprovechó para «estar con los de siempre», viajar sin tregua de forma privada, comer bien y volver a participar en las regatas de vela en Galicia, en resumen, disfrutar de su etapa de «jubilado». «Necesita tranquilidad», aseguraban.

Cierto halo de tristeza se ha mantenido, sin embargo, dentro de Don Juan Carlos. Después de un reinado colmado de reconocimientos por su gestión de la Transición y posteriores actuaciones en beneficio de España, terminar siendo recordado –principalmente por la gente joven que no vivió los años «dulces»–, por un desafortunado viaje de caza a Botsuana, es duro. Un lastre que colmó la gota del «Caso Nóos», aderezado por el aireo de sus relaciones personales al margen de la Reina Sofía. Una pesada mochila que le condujo a un ímprobo intento –en medio de continuas operaciones quirúrgicas de su cadera– de levantar la imagen de la Corona mediante viajes desde europeos hasta el Golfo Pérsico, en aras de relacionar su nombre con los logros empresariales de un país en crisis. En definitiva, lo que siempre ha hecho, pero había que dar parte.

Don Juan Carlos sigue viviendo en «los apartamentos de arriba», como se conoce a su residencia, y mantiene su despacho en las dependencias del Palacio Real, aunque reconoce que es más incómodo que Zarzuela porque los pasillos son muy largos, por los que suele rescatar la broma de su abuelo, Alfonso XIII: «los salones son tan largos que nunca llegué a comer caliente».

Ha cerrado dos capítulos, y se nota. Su mala salud: sigue utilizando el bastón y tiene que estar pendiente de sus movimientos, cada vez más relajados, y el «caso Nóos». La sentencia final que declara a Doña Cristina «absuelta de sentencia fiscal» no sólo supuso que la Justicia la haya considerado inocente, sino también su padre: el funeral de la Infanta Alicia marcó un antes y un después en su relación pública, tras el acercamiento en la catedral de la Almudena del padre del Jefe del Estado a su hija para saludarla y darle un beso. Pero la política de acercamiento, que posiblemente no sea sólo política sino también real –partiendo de la base de que en otros momentos no tuvo reparo en mantener otra muy distinta–, no hizo más que empezar. En los últimos actos públicos el núcleo central se ha manifestado públicamente más unido que nunca, ya sea en la Comunión de la Infanta Sofía, o ya sea en el aniversario de la Fundación Reina Sofía, en el que el Rey Emérito arropó la labor incesante de la Reina Sofía, en favor de los más necesitados, teniendo detalles como levantarse el primero para aplaudir a su mujer tras su discurso, provocando que el resto de asistentes procediese igual.

Hoy veremos a los dos capitanes generales de las Fuerzas Armadas, Don Felipe y Don Juan Carlos, juntos en Pontevedra para conmemorar el 300 aniversario de la creación de la real compañía de Guardamarinas. En definitiva, un Rey que se mantiene fiel a aquella promesa que hiciera en su abdicación: «Estaré para lo que se me necesite».

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