Política

El análisis del discurso de Torra: Post-imbéciles o pre-gilipollas

ERC, que aspiraba a formar un gobierno estable y redefinir la hoja de ruta independentista desde un ejecutivo fuerte en el Palau de la Generalitat, miraba perpleja la situación

Un periodista independentista acuñó una frase hace unos días. Lo hacía en su templo, en TV3. Lo sorprendente es que traslucía una cierta crítica al «líder de líderes». Dijo el señor en cuestión que Puigdemont «o nos toma por post-imbéciles o por pre-gilipollas». Y añado, no sólo Puigdemont también Torra, y el conjunto de fuerzas que no se atreven a decir que el rey está desnudo. El jueves anunció a Torra como candidato. El sábado Torra se envolvió en la estelada y anunció que su gobierno se limitaría a forzar otro pulso con el Estado. El mismo sábado, Puigdemont desveló su carta. Lo hizo en un tuit en el que señalaba que a partir del 27-O, o sea en cinco meses, elecciones si el Estado no se aviene a la voluntad. Y el discurso de Torra, sin duda, no invita al optimismo por muchas llamadas al diálogo que preñaron su intervención.

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Lo que para unos –no sé si los post-imbéciles o los pre-gilipollas– es una demostración de fuerza ante el Estado, para otros –tampoco me podría definir– es simplemente una claudicación. La CUP hoy decidirá el sentido de su voto. No o abstención. Un aviso a navegantes, Carles Riera, afirmó que «PDeCAT y ERC presentan una candidatura que agrada al Estado». El motivo, que Torra no aplica la unilateralidad desde el primer momento. Que es débil y hace entreguismo. Si la CUP decide votar NO, Torra no será presidente y las elecciones estarán servidas. Los anticapitalistas vuelven al primer plano amenazando con noquear la estrategia de Puigdemont. Son necesarios en cualquier estrategia, y marcan la suya: independencia, ya.

ERC, que aspiraba a formar un gobierno estable y redefinir la hoja de ruta independentista desde un ejecutivo fuerte en el Palau de la Generalitat, miraba perpleja la situación –no me atrevería a decir si desde el pre-gilipollismo o desde el post-imbecilismo– con el silencio del que se siente cautivo y desarmado. Los republicanos aspiraban a formar un gobierno que rebajara la tensión y creara un clima que favoreciera la revisión de los criterios de la prisión preventiva lo que podría significar la puesta en libertad de Oriol Junqueras. Esta opción se ha diluido como un azucarillo en 24 horas. Puigdemont y Torra han dado al traste con el plan republicano dejándolos noqueados junto a las cuerdas. En su fuero interno, deben ansiar un No de la CUP. Cinco meses de tensión los dejarían a expensas de un Puigdemont que seguiría decidiendo la política catalana. Pero, ahora, además con el apoyo entusiasta y temerario de un supremacista sentado en alguna silla de algún despacho del Palau. Eso sí, nunca en el despacho de Puigdemont.

El resto no existe. Torra, y todas las intervenciones de los partidos independentistas, no hicieron ninguna referencia a los catalanes que abogan por la Constitución y el Estatut. Referencias a Rajoy, al Rey, al Estado Español, a Europa, apelaciones al diálogo, sin que este diálogo le sea reconocido a la mitad de los catalanes que no comulgan con las ruedas de molino del independentismo. Simplemente, no existen. O están locos «fuera bromas. Señores, si seguimos aquí algunos años más, corremos el riesgo de acabar tan locos como los mismos españoles», un ejemplo literato del candidato a presidente «provisional».

Hoy la CUP decidirá. Seguro que los contactos han sido intensos en estas horas. La CUP puede imponer sus condiciones. Si Puigdemont las acepta, Torra es sólo un «corre-ve-y-dile», habrá gobierno, pero se abre un nuevo período de final incierto rematado en elecciones en octubre. Si Puigdemont no las acepta elecciones en julio. Por cierto, Puigdemont es un pre-gilipollas o un post-imbécil. Pregunto, claro.

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