El efecto Letizia

Don Felipe ha logrado huir del síndrome Princípe de Gales, del heredero impaciente, y en eso la labor de su esposa ha sido clave

Una de las últimas imágenes de la pareja, tomada en una sesión de fotos de Cristina García Rodero
Una de las últimas imágenes de la pareja, tomada en una sesión de fotos de Cristina García Rodero

De las diez monarquías reinantes en Europa, sólo dos cuentan con herederos que han contraído matrimonios considerados «iguales» según los viejos cánones –ya no vigentes– que les habrían obligado a buscar consorte en dinastías reales. Por ello, cuando el 1 de noviembre de 2003 se hizo público el compromiso de Don Felipe con una periodista asturiana, España no se extrañó en absoluto al saber que la escogida no era una princesa extranjera. La prometida no sólo era ajena al círculo en el que muchos monárquicos tradicionales esperaban que hubiese encontrado a la próxima reina, sino que permanecía bien lejos de la imagen que la opinión pública se había formado a partir de las novias que el Príncipe había tenido anteriormente. Letizia Ortiz Rocasolano era una mujer independiente, con pasado personal y familiar. Con experiencia profesional. Conocida por su trabajo como presentadora de informativos. No hubo tiempo para el debate, pero sí se desarrolló una estrategia bien diseñada, en la que desde el principio quedó clara la voluntad de la novia por incorporarse, con tesón e incluso entusiasmo, a tareas representativas propias de un futuro miembro de la Familia Real. Los acontecimientos se sucedieron. Tras la petición de mano con mayor presencia de medios de comunicación de nuestra historia, Doña Letizia comenzó un proceso de preparación exhaustivo, sobre todo en materia de protocolo y altas instituciones, que no concluyó ni siquiera tras la ceremonia de su boda, el 22 de mayo de 2004. Hasta seis meses después no presidió su primer acto público en solitario, que fue en la Real Academia de la Historia. A buen ritmo, se fue dotando de contenido una agenda en la que conviven actividades conjuntas con los Reyes, el Príncipe y audiencias y otros actos en solitario. Para éstos últimos, la nota común parece estar siendo el ejemplo de la Reina en inquietudes sociales y culturales, sabiendo no hacer sombra a Doña Sofía.

Imagen real de la sociedad

No es posible valorar la trayectoria de Don Felipe como Príncipe de Asturias sin tener en cuenta lo que puede denominarse ya como el factor Letizia. Le ha acompañado prácticamente nueve de los 38 años que lleva como heredero, desde la Proclamación de Don Juan Carlos I en 1975 –aunque acudió a Covadonga a recibir oficialmente su investidura dos años después–, al convertirse en sucesor. Ambos han vivido una etapa crucial en todos los planos. Es cierto que su formación, algo que se recuerda con sospechosa insistencia, es la mejor que se ha proporcionado nunca a un heredero al trono español. Aunque no son pocos los que sostienen que faltaba un aspecto práctico, de sociabilidad, de interacción con personas y entornos que en buena parte su vida de casado le ha proporcionado. Encuentros, tertulias, entrevistas en las que los Príncipes han conversado con personalidades... y personas a pie de calle que les han ofrecido una imagen real de la sociedad, dejando a un lado alguna cena con cantautores sobre la que un par de leyendas urbanas han proporcionado una imagen frívola que podría haberse evitado. En los últimos meses, coincidiendo con los problemas a los que está teniendo que hacer frente la Casa de S.M. el Rey, no pocas personas están pasando por los despachos del Palacio de la Zarzuela. Pero también por el Pabellón del Príncipe. Y muy probablemente, aquellas cuya presencia y consejo de verdad importan no irán presumiendo de ello ni ahora ni dentro de unos años, permitiéndose reproducir conversaciones con Don Felipe y Doña Letizia. La Constitución no le reserva expresamente funciones al Príncipe, salvo eventual Regencia, pero la historia indica que escuchar, informarse en el día a día o representar al Jefe del Estado son una buena forma de apoyar la labor de la Corona y preparar el futuro.

Aunque desde determinados altavoces, con cantos de sirena, algunos se empeñen en lo contrario, la opinión pública tiene claro que Don Felipe ha conseguido huir del síndrome del Príncipe de Gales, del heredero impaciente que llena con extravagancias esperas sin contenido. Hay que reconocerle a Doña Letizia méritos en parte alícuota y, ¿por qué no?, subrayar algunos grandes retos de los próximos años, como el que para ella representa, como madre, la formación humana de la Infanta Leonor, que desde su personalidad, desde su carácter, comenzará pronto, como adolescente, a atesorar los recursos con los que hará frente a una vida nada fácil. Como consorte, el reto más sencillo seguirá siendo, a la vez, el más complicado: la rutina de la normalidad, del cumplimiento de los deberes cotidianos. Los ávidos del traspiés, el error o la confusión estarán siempre ahí. La cuestión no es que se haga público si come con Almudena Bermejo en un italiano o lleva a un cumpleaños a las infantas con Silvia Villar-Mir y sus hijos. Ni siquiera estriba en si viaja en solitario. Probablemente, los españoles necesitemos más imágenes familiares, como las que dan periódicamente herederos de Bélgica, Holanda o Dinamarca. Es un problema de equilibrio. Una cuestión de equilibrio entre seguridad y naturalidad. Porque, haga lo que haga, necesitamos factores de equilibrio.

Una historia de cuento muy real

El Príncipe y Doña Letizia se conocieron el 17 de octubre de 2002 en una cena organizada por Pedro Erquicia, presentador y director de Documentos TV. Un año más tarde, el 1 de noviembre de 2003, Zarzuela anuncia el compromiso oficial. Cinco días después se produce la petición de mano, y dos semanas más tarde, la Casa Real anuncia la fecha de la boda: el 22 de mayo de 2004. El 31 de octubre de 2005 nació la primogénita, la Infanta Leonor de Todos los Santos de Borbón y Ortiz, mientras que la segunda hija, Sofía, vino al mundo el 29 de abril de 2007.