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Las víctimas perpetuas de Potros: «No ha cumplido ni un año por cada atentado»

Las víctimas del etarra Santi Potros muestran su resignación ante la excarcelación del terrorista, que, tras la derogación de la «doctrina Parot», sólo ha cumplido 30 años de los casi 3.000 a los que fue condenado

  • En 1987, Potros cometió su primer atentado en La Castellana de Madrid
    En 1987, Potros cometió su primer atentado en La Castellana de Madrid / Efe

Tiempo de lectura 4 min.

05 de agosto de 2018. 18:58h

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Carlos Lorca.  4/8/2018

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Santi Potros, histórico de ETA por almacenar en su haber atentados tan sanguinarios como el de Hipercor, o el de la plaza de la República Dominicana con 21 y 12 víctimas mortales, dejará hoy la cárcel sin mostrar un mínimo signo de arrepentimiento. Es más, quiere que ETA vuelva a la violencia. Es la consecuencia de la derogación de la «doctrina Parot», que computa los beneficios penitenciarios sobre el límite máximo de cumplimiento de la pena. «Nos parece muy mal, no va a cumplir ni un año por cada uno de los atentados», dice José Vargas, presidente de ACVOT y víctima del atentado de Hipercor. «Se tendría que pudrir en la cárcel, pero no nos queda más remedio que acatar la ley». Eso sí, pide respeto: «Espero que no tenga un recibimiento como el que estamos acostumbrados y soportemos una nueva humillación».

Este 5 de agosto quedará marcado en el calendario de María de los Ángeles Ibáñez al igual que se grabó en su memoria aquel 17 de mayo de 1987, día en que festejaba las bodas de plata de su primo en una discoteca del Paseo de la Castellana cuando ETA se cruzó en su camino repentinamente: el coche en el que volvían estaba ocupado por ella, su madre, su primo y la mujer de éste cuando esperaban la apertura de un semáforo a las 5:25 horas de la mañana en la calle General Ibáñez Ibero. La explosión fue obra de Santiago Arróspide Sarasola, más conocido como Santi Potros, que termina hoy de cumplir su condena tras 30 años entre cárceles galas y españolas. El atentado fue trágico. La explosión eliminó la visión del ojo izquierdo de María de los Ángeles de manera perpetua, desconfiguró la cara de su primo y, el suceso más trágico, arrebató la vida de la madre, Carmen Pascual. «Me quedé insonorizada, como si estuviese flotando en el aire», cuenta la víctima. «Me acerqué a un coche a pedir auxilio y sólo tuve que ver la cara de horror del matrimonio que lo ocupaba para darme cuenta de que se trataba de un atentado», explica.

Apenas un mes después, el 19 de junio de 1987, el mismo terrorista perpetró uno de los atentados más sanguinarios de la historia de España. El etarra colocaba 200 kilos de carga explosiva en el aparcamiento del Hipercor ubicado en la Avenida Meridiana de Barcelona. La bomba detonó antes de lo establecido, cobrándose la vida de 21 personas. «Mi marido y yo íbamos todos los viernes a comprar. Él había quedado con un vecino porque se acercaban las verbenas, y fueron a comprar guirnaldas y adornos. A las 16:45 sonó el teléfono y me dijeron que había ocurrido un atentado en el Hipercor, y que mi marido era una de las víctimas», cuenta María de los Ángeles Alemán, viuda de Felipe Caparrós, con voz entrecortada y con las lágrimas causadas por el dolor de un recuerdo que nunca se borrará. «Fue muy doloroso. Mi marido tenía quemaduras por todo el cuerpo. Parecía una momia: solo se le veían un poco los labios», describe entre sollozos.

Ese mismo día también marcó «un antes y un después» en la vida de Roberto Manrique, antiguo carnicero del establecimiento. Roberto es el más claro ejemplo de cómo una simple decisión (altruista además) puede cambiar el devenir de toda una vida: «Tenía turno fijo de mañana y, el día anterior, el jueves 18 de junio, el compañero de tarde me pidió el favor de cambiarnos los horarios. La vida me ha cambiado radicalmente», narra el ex trabajador de Hipercor. De su anterior ocupación sólo quedan vestigios: «Tengo quemaduras en la cara, cabeza, brazos, manos, pierna derecha y, desgraciadamente, fruto de las intervenciones, dos hepatitis crónicas. Por culpa de esta enfermedad no puedo manipular alimentos, tuve que dejar mi trabajo».

Es posible que Manrique estuviese atendiendo en ese momento a Rosa María Peláez. «Mi marido, mi hijo y yo fuimos, como cada viernes, a comprar al Hipercor. Vimos mucha policía en la puerta, y pregunté: ''¿Pasa algo?'' ''Entre, entre'', me dijo el agente. Yo pensé que había sido algún ladrón. Jamás me imaginé lo que iba a pasar», dice Rosa María a LA RAZÓN. «Estábamos en la carnicería. Escuché un ruido rarísimo y oí a la gente gritar: ''¡El gas!,¡el gas!'' Esas palabras no se me olvidan». El pánico invadió a Rosa María en cuanto echó un vistazo alrededor: «Mi hijo tenía un Bollycao en la mano y le explotó en el pecho. Pensé que se le había salido el corazón», relata. «La chica que se encontraba a mi lado era una antorcha ardiendo». Rosa María Peláez fue, además, la primera persona en España que pudo entablar una conversación con uno de los terroristas que cometieron el atentado, en este caso, con Rafael Simón Caride, responsable material de la masacre. «Fue una discusión muy larga, de cerca de tres horas», cuenta al periódico. «Le pregunté por qué lo hizo, por qué había devorado mi vida... Le pregunté si estaba satisfecho con lo sucedido, y me contó que lo habían celebrado con champán una vez llegaron a casa».

La excarcelación de Potros no ha sentado bien a nadie pero, especialmente, a las víctimas directas del terrorista. Treinta años después de los trágicos acontecimientos los afectados no consiguen despegarse de una sombra que les perseguirá toda la vida.

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