El factor del uno por ciento

Omar, guineano de 23 años, lava un coche en las calles de Melilla

Cuando a Abdullah se le pregunta por la reciente muerte de 15 emigrantes en la frontera de Ceuta, contesta que llegar a Europa no es ningún juego. Abdullah es un guineano de 19 años que llegó el pasado mes de noviembre a Melilla después de cuatro intentos. Finalmente lo logró, escondiéndose en el doble fondo de un coche que cruzó el puesto fronterizo. «Para meter un gol lo normal es que tengas que intentarlo antes muchas veces», dice Abdellah. «Me gustaría vivir en Madrid. Mi sueño es visitar el Santiago Bernabéu y ver a Cristiano Ronaldo jugar», confiesa.

Como Abdullah, deambulan por Melilla unos ochocientos inmigrantes subsaharianos, el 1% de la población melillense. Guinea Conakry, Mali, Camerún, Guinea Bissau, Chad o Eritrea son algunos de los países con representación en el Centro de Estancias Temporal de Inmigrantes (CETI) de la ciudad autónoma, donde han de esperar la repatriación, un estatus de refugiado político, el traslado a un centro de inmigrantes de la península o seguir esperando. Y más allá del perímetro fronterizo, agazapados en los bosques del monte Gurugú, aguardan decenas de miles de subsaharianos más a la espera del pistoletazo que señale el inicio de la última carrera hasta la valla. Y Mediterráneo arriba, España, Europa, el paraíso más o menos fantaseado, el final de la partida.

Al melillense de a pie, sin embargo, la continua llegada de inmigrantes procedentes del África subsahariana no le preocupa, le ocupa. «¿Y qué harías si a tu barrio vienen a vivir de un día para otro 1.000 personas sin oficio ni beneficio?», pregunta retóricamente Francisco, empresario de la ciudad autónoma que ha preferido omitir su identidad. «Aquí somos racistas», afirma, «pero es imposible imaginar lo que ocurre si nunca se ha estado aquí. La visión de Ceuta y Melilla mostrada en los medios está completamente distorsionada», remata.

En el pequeño tablero de juego melillense conviven desde hace décadas, siglos, cristianos, musulmanes, hebreos e hindúes, todos tan melillenses (y españoles) como la bandera rojigualda. A esta diversidad de credos se ha unido en los últimos años, los aproximadamente 200 sirios y argelinos, también en el mapamundi local, aunque son minoría en comparación con la inagotable cantera subsahariana.

Esto se percibe en la calle. Abdellah sale cada día del CETI a trabajar. Ayuda a aparcar, limpia y vigila coches en el centro. El límite está en el Volkswagen azul, en ese punto justo desde donde sonríe solícito Omar, 23 años, de Guinea Conakry. Ambos son compañeros de CETI y la rivalidad la resuelve el azar. Sale el Seat rojo de su estacionamiento y Omar se acerca a responder.

A diferencia de otros residentes del CETI, Omar y Abdullah apenas llevan tres meses en Melilla. «Llegué con 19 compañeros en una zódiac», explica. Un año tardó en atravesar la mitad norte del continente africano. De Mali a Argelia, de Argelia a Marruecos, donde fue repelido y llevado de nuevo a Argelia por la gendarmería marroquí, donde permaneció cinco meses antes de desembarcar al fin en tierra melillense.

La actitud amigable de los dos jóvenes es representativa del inmigrante medio subsahariano. Hay excepciones. Es el caso sufrido por Alejandro Alonso. Este joven empresario sufrió una agresión: «Dos años hace ya de eso: me robaron, me quitaron el móvil y llegaron a pisarme la cabeza. Uno de ellos ya no está en la ciudad. Al otro lo veo aún por aquí y es capaz hasta de mirarme de manera desafiante», recuerda.

La inquietud, si es nombrada por el ciudadano, proviene del temor a las avalanchas. Van cinco en lo que va de 2014. Y se esperan más. Pronto, se dice. Cerradas las vías marítimas de acceso al continente europeo, la presión migratoria se ha mudado a tierra firme. Si bien no son novedad las entradas masivas, fenómeno ahora generalizado y que dio inicio en 1999, señala Carlos Rontomé, doctor en Sociología y Ciencias Políticas y profesor de la Universidad de Granada (UGR), sí se observa ahora algo diferente: «Los inmigrantes subsaharianos nunca ofrecieron resistencia a la hora de la detención, pero ahora sí se muestran violentos», expone. Este particular lo corrobora Abel, agente de la Guardia Civil. De entrada, sometimiento a la ley. Si un inmigrante, en la entrada en territorio español, propina un mordisco para intentar deshacerse del placaje benemérito, al agente no le está permitida una respuesta. «Es para pensarlo. Pongámonos en su lugar», dice este guardia civil andaluz arraigado en Melilla desde hace más de una década: «Para el inmigrante, cruzar se convierte en una obsesión».

Las decenas de miles de potenciales inmigrantes subsaharianos que sobreviven en el Gurugú con la expectativa de un gran salto no son más que la evidencia de que África se mueve. El empuje de esta melé hacia el norte lo sostienen sociedades cada vez menos rurales y una población activa que no deja de crecer. De las consecuencias hablan las cifras de la Delegación del Gobierno melillense: 1.040 entradas irregulares en 2010, 1.940 en 2011 y 2.186 en 2012 (únicamente superado en la última década por las 3.666 entradas de 2013).

«Y la Guardia Civil es la que nos protege», exclama el empresario Francisco desde lo más hondo de su ser. Junto al establecimiento que regenta, entre la fila de coches, Abdullah y Omar rememoran cómo aprendieron a nadar durante su estancia en Tetuán. Porque «cruzar a Europa no es ningún juego» están obligados a saber nadar como David Meca. «Mi sueño es continuar hasta Madrid», dice Abdullah, como demostración de que el fin de la partida siempre tiene esperando otro siguiente fin de partida.