«El sagrado juramento de no abandonar jamás a un legionario...»

Los compañeros de los fallecidos portaron los féretros con los restos del sargento Prieto y los brigadas Navarro y Velasco
Los compañeros de los fallecidos portaron los féretros con los restos del sargento Prieto y los brigadas Navarro y Velasco

Triste mañana la de ayer en la Base Álvarez de Sotomayor de la Brigada «Rey Alfonso XIII» de la Legión. Almería amanecía cubierta, con nubes bajas, casi niebla. Como otros sábados la cola se hacía notar en la rotonda de Viator. No tocaba «Sábado Legionario» al uso, tocaba de verdad. Como cuando la Legión se batía el cobre en el «Gurugú». Tocaba rendir honor a nuestros muertos como se hacía antaño. Esta vez han caído en «suelo patrio», pero podía haber sido en «zona de operaciones»: Kosovo, Irak, El Líbano, Afganistan... por mencionar algunos de los conflictos en los que los Zapadores de la Legión se han jugado algo más que los cuartos... Hoy no voy dar nombres, sólo los de los tres suboficiales ausentes. El resto, Ministro de Defensa, JEMAD, JEME, FUTER y demás autoridades civiles y militares me van a perdonar pero, estas líneas van dedicadas a los que el Cristo de la Buena Muerte ha acogido en su regazo y a las madres, mujeres, hijos y familiares de los Brigadas Manuel Velasco y Antonio Navarro y el Sargento Francisco Prieto, fallecidos el pasado lunes durante el desempeño de sus obligaciones como soldados de su «Patria». La nuestra: España. En el acto, oficiado por el arzobispo castrense, los tres caballeros legionarios han sido condecorados por el ministro de Defensa con la Cruz del Mérito Militar con distintivo amarillo. Más que merecidas. Sólo hay que conocer las tres hojas de servicio en las que se constata una larga y dilatada vida dedicada al «cumplimiento del deber». Premisa de «esa religión de hombres honrados» que es la Milicia.

Se han dicho muchas y muy buenas palabras por parte del general jefe de la Brigada de la Legión. También por boca del arzobispo castrense. Pero la última palabra la hemos tenido todos. Y digo todos refiriéndome a civiles, familiares y militares. Llevo años escuchando «El novio de la muerte», desde los doce en Leganés. Ayer, en Viator, fue diferente. Y no soy el único que lo cree. Cecilio, que regenta la «cantina legionaria» de fuera de la base, Isidro, vicepresidente nacional de los Legionarios de Honor, el cabo Baro, el siempre discreto teniente Picazo, portador de la enseña nacional del Tercio «Juan de Austria», 3º de la Legión, y los más de mil que formaban en el patio de armas, coincidimos. Ayer el cielo se abrió al entonar la cuarta estrofa de tan acertado cuplé, para que tres camaradas entraran por la «Puerta Grande» a la más grande y gloriosa «Bandera de la Legión». La que forman los más de 10.000 muertos en combate de tan gloriosa Unidad. Me tienen que perdonar pero estas palabras me brotan del corazón, como del corazón brotaban ayer nuestras lágrimas. Una mañana gris, sin sol, pero teñida con la «sangre de nuestros legionarios». Ayer el cielo se tiñó de verde «sarga» y tornó verde esperanza al saber, tres legionarios han ocupado su puesto.

«El novio de la muerte»

Ayer no era la formación típica de un Sábado Legionario. En el patio de armas de la base, la Brigada «Rey Alfonso XIII» entera formaba para despedir a tres hombres «...a quien la suerte hirió con zarpa de fiera...», a tres un novios de la muerte que han ido «...a unirse en lazo fuerte con tal leal compañera...». Todos cantaban, legionarios, militares, guardias civiles, Policía Nacional, políticos y autoridades, familiares y amigos... Caras bien altas y las miradas perdidas en el cielo gris. La Banda de Guerra y Música esta vez tenía puestas las sordinas para intentar ahogar el llanto de sus cornetas. Tres piquetes de Zapadores escoltados por escuadras de gastadores portaban, bajo el triste llanto de su propia canción, a los tres Caballeros Legionarios perdidos. Evolucionaban a paso lento y con lágrimas cayendo por sus rudas mejillas. Sonaba a Gloria Eterna, a descanso del guerrero, a triste despedida «...en el último beso que le enviaba...». La oscuridad de las tres muertes se tiñó de luz, de esperanza y de «raza legionaria» cuando el patio de armas entero estalló literalmente al envolver ese triste adiós con un «...Por ir a tu lado a verte mi más leal compañera, me hice novio de la muerte, la estreché con lazo fuerte y su amor fue mi bandera...».

Yo también lloré.