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Fernández marca el teléfono rojo de la abstención técnica

Desde que se puso al frente de la gestora, no ha parado de mediar para «suavizar la resistencia» y recomponer el partido

  • Javier Fernandez, el pasado 3 de octubre
    Javier Fernandez, el pasado 3 de octubre

Tiempo de lectura 4 min.

09 de octubre de 2016. 03:28h

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¿Es Pedro Sánchez otra muesca en el revólver de Mariano Rajoy? Eso aseguran al unísono pedristas y podemitas. Evidentemente, el PP sabía hace tiempo que el desbloqueo de la situación política pasaba por un cambio de rumbo en el PSOE. Y que esto se produciría cuando Sánchez dejase de pilotar la nave. Sí. Pero de ahí a decir que la «longa manus» de Rajoy ha estado detrás del esperpento en Ferraz hay mucho trecho. Pocas dudas caben sin embargo de que, en cierto modo, a Sánchez le ha perdido el intento de reproducir un estilo que es «exclusivo» de Rajoy. Tanto ha forzado el «quien resiste gana», convirtiéndolo en su traje prêt-à-porter, que ha terminado quemando el molde y contaminando todo lo que le rodeaba.

Turno ahora de Javier Fernández para unir el partido tras un incendio tan aparatoso. Sus resistencias iniciales a hacerse cargo de la Gestora sólo han sido comparables a las que le puso a José Luis Rodríguez Zapatero cuando quiso traérselo a Madrid para hacerlo ministro de Industria. El entonces secretario general de la federación socialista asturiana tenía totalmente encandilado al ex líder del PSOE. Pero Fernández, ingeniero de minas y muy vinculado al sindicato UGT, tenía claro cuál era su máxima aspiración política: sustituir a Vicente Álvarez Areces como presidente del Principado. Así que apartó de su camino el cáliz que le ofreció Zapatero. Ahora, en cambio, con las ambiciones colmadas, no ha podido declinar el papel que le reservaba Susana Díaz.

Y con él llegó la hora de la verdad, el debate que el PSOE ya no puede retrasar más. Un susto o muerte... antes de Halloween. Abstención para dejar gobernar a Rajoy y, luego, pelea con Podemos por el control de la izquierda, o terceras elecciones y, probablemente, acabar devorado por las urnas. La numantina resistencia de Sánchez ha dejado sin tiempo y sin salida positiva al partido. Fernández lo ha interiorizado rápidamente: «Hemos cometido casi un delito de silencio al rehuir el debate sobre qué era lo mejor para el partido y para España».

Ahora Sánchez no está. Lo han echado, sí. Pero el problema de fondo sigue ahí, sin resolverse, con la Ejecutiva saliente, como mínimo -los César Luena, Adriana Lastra, María González Veracruz, Susana Sumelzo, etc-, deseosa de ver cómo «se queman» sus «compañeros» en ese cambio de rumbo. Tampoco parece que «tiren la toalla» los socialistas de Madrid, País Vasco, Comunidad Valenciana, La Rioja, Aragón, Baleares, Galicia, Castilla y León y Cataluña. Y casi la mitad del grupo parlamentario es proclive a la indisciplina si se le pide abstenerse. El magma de la erupción volcánica del PSOE sigue ardiendo.

Complicidad con Rajoy

«España está desconcertada y nosotros algo más», reconoce en privado Ximo Puig, uno de esos barones vencedores de la batalla contra Sánchez. De ahí que en este momento al socialismo sólo le quede hacer de la política el arte de lo posible. Y lanzarse al vacío incluso descontando la contestación interna. Para eso ha llegado a Ferraz Javier Fernández, que de momento ha buscado la complicidad de Mariano Rajoy: «No puede pedirme que le salve el primer año de legislatura y sus principales medidas económicas. No puede hacernos eso», confesaba días atrás el presidente de la gestora a personas cercanas.

Por eso se tomó como «un triunfo» que (tras una discreta conversación telefónica de ambos) el presidente del Gobierno en funciones negase rotundamente la imposición de «condiciones o exigencias» a los socialistas. Claro, sigue siendo el PSOE quien debe decidir si desea morir en diciembre, o si, apoyado en las razones de Estado y en la responsabilidad, prueba su capacidad para ir desmontando el poder mediático y municipal que, con sus errores, le ha dado a Podemos. La discreción de Javier Fernández es total, pero naturalmente «no suelta el teléfono móvil tratando de suavizar las resistencia» en el partido. En su entorno no niegan que «en estos momentos en el PSOE hay mar de fondo», si bien confían «en que todo quede en nada».

Mientras los menos airean la posibilidad de sacarse de la manga a Ángel Gabilondo como candidato independiente si volvemos a las urnas, Fernández ha cambiado, sin duda, el repertorio de la orquesta. «La peor de las soluciones es ir a elecciones» o «Abstenerse no es apoyar al PP» fueron sus primeros recados de calado a los suyos tras la reunión de la nueva gestora. Reflexiones, desde luego, que nada tienen que ver con el machacón «No es no» de la etapa Sánchez. «Blanco y en botella», certifica un reputado diputado socialista andaluz, por más que queden pocos días para impregnar del nuevo aroma a las bases y cuadros renuentes.

Por supuesto, una semana después de la «sangrienta y bochornosa» caída del secretario general se percibe un cambio de discurso oficial. Ahora bien, ¿ese viraje apagará el fuego interno que consume al partido? ¿Bastará para desmontar a quienes, alegando «coherencia» con lo prometido a los votantes, siguen en el «no»porque cambiar de actitud dejaría a Podemos como «única alternativa fiable» al PP? «A este capítulo del socialismo todavía le faltan unas cuantas páginas por escribir», me vaticina un diputado de los «díscolos» del Grupo Socialista.

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