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"Ortega Smith tiene más palabra que Rivera"

Los pactos acentúan la desconfianza de los populares respecto a la formación naranja. Pactar con Ciudadanos, dicen, «es como dormir con tu enemigo»

  • Teodoro García Egea y Javier Maroto en la mesa de negociación con Espinosa de los Monteros en el Congreso. Foto: Cipriano Pastrano
    Teodoro García Egea y Javier Maroto en la mesa de negociación con Espinosa de los Monteros en el Congreso. Foto: Cipriano Pastrano

Tiempo de lectura 4 min.

09 de junio de 2019. 10:25h

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Carmen Morodo Madrid. 9/6/2019

Génova se fía más de Vox que de Ciudadanos (Cs) en la negociación de los pactos de gobierno. La semana terminó con la sensación de que en el reparto de poder Cs está tanteando el terreno para conseguir que Begoña Villacís se quede el Ayuntamiento de Madrid. Pero los recelos van más allá del pulso en la capital. Vienen de muy atrás, de la negociación de la etapa de Mariano Rajoy y, ya mucho más cerca en el tiempo, del pacto de la Junta de Andalucía. «Ortega Smith tiene más palabra que Rivera». La afirmación viene de uno de los negociadores del PP, y resume muy simbólicamente sobre qué cimientos se sostienen las negociaciones para formar gobiernos entre PP y Ciudadanos.

La sombra de Albert Rivera y su interés personal en clave nacional lo ocupa todo. La decisión del líder de Cs de someter todas sus cartas a su objetivo de arrebatarle el liderazgo de la oposición al PP preside las negociaciones. Pero más allá de este pulso estrictamente político, las relaciones personales y la discusión resulta más cómoda entre el PP y Vox que entre el PP y Ciudadanos. Así es, incluso aunque en el PP se les escuche decir que los de Vox plantean «ocurrencias» o que hay que saber manejarles para que «acaben entrando en razón». Desde que Rivera se ha hecho de centro derecha, como comentan irónicamente en la dirección popular, la proximidad programática del PP con Cs es en muchos casos superior a la que existe con Vox, pero, no obstante, para el PP pactar con Cs es como «dormir con tu enemigo, y eso te hace estar permanentemente en guardia». Además, esta desconfianza no es sólo en clave nacional, sino que la tensión lleva años acumulándose en provincias y municipios.

En este juego de espejos que es la negociación de los pactos postelectorales, la enmienda a la totalidad en Andalucía por parte de Vox no es un pulso al PP, sino a Ciudadanos, para dejar constancia en la mesa de negociación abierta entre los dos principales partidos de centro derecha que, aunque los de Rivera sigan intentando hacer como que no existen, sus escaños son imprescindibles en Andalucía y lo son en la formación de gobiernos tan claves como los de Madrid, Aragón, Castilla y León o Murcia.

«Vox puede tener la intención de jugar fuerte. Y de dejar caer alguna institución en manos de la izquierda o la Presidencia de algún Parlamento autonómico. Pero es en reacción a Ciudadanos no contra nosotros. Si no van de frente es por la situación en la que les ha colocado Rivera. Pero lo que se pacta o se habla con ellos, se queda; con Ciudadanos tenemos la sensación de que nos están diciendo una cosa y pensando otra», sentencian en Génova

La discusión programática es la máscara para tapar que todo sigue marcado por dos interrogantes: si Albert Rivera no va de farol con su negativa a apoyarse en la izquierda para llegar a tocar poder y si Vox sí va de farol con su exigencia de mesa a tres y de tener una representación proporcional en los nuevos gobiernos, aunque esta última exigencia ha sido matizada en los últimos días.

En negociaciones de este tipo todos los partidos tienen que envidar fuerte, aunque sepan que en el camino tendrán que renunciar a los máximos para encontrar un punto intermedio satisfactorio. Dentro del PP asumen que «en todo» no pueden ganar, pero también siguen creyendo que Ciudadanos lo tiene mucho más difícil que ellos para «gestionar la situación». «No hay diferencias programáticas de calado. Ninguna. Las prioridades económicas y de regeneración democráticas, las razonables, son compartidas. Ellos conocen de sobra nuestro programa, y nosotros el suyo. El problema no es entre los programas del PP y Ciudadanos, sino en cómo gestionar las exigencias más exóticas que pueda colocar Vox encima de la mesa. Pero los tiempos se están manejando para apurar los plazos al máximo». Al final, esto acaba siendo el juego del ratón y el gato o cómo manejar con más habilidad aquello que decía Rajoy de que «en muchas ocasiones lo más difícil es no tomar ninguna decisión». En el PP se escucha dar por perdidos los Gobiernos de Aragón y Castilla y León, por ejemplo. Pero nadie va a reconocer que se retira de la partida hasta que no estén todas las cartas encima de la mesa.

La base sobre la que se están intentando construir acuerdos de gobierno es la necesidad compartida de utilizar la situación para hacer el mayor daño posible al adversario sin que se note. En cuanto a la ecuación concreta PP-Vox, el problema principal es la división que dentro del partido de Pablo Casado sigue generando la relación con el partido de Santiago Abascal. Vox arrancó la negociación con un durísimo argumentario contra el representante del ala moderada y centrista de la dirección popular, contra el vicesecretario de Organización, Javier Maroto, también miembro ahora de la comisión negociadora, como ocurrió en Andalucía. Pero Génova ha preferido hacer como que ignora el órdago y no darse por enterados. Internamente divide la estrategia de la negociación y cómo se conforman gobiernos en aquellos ayuntamientos en los que suman el PP y Vox. La corriente más centrista no quiere que Vox toque gobierno y prefiere levantar fronteras con claridad, aunque les necesiten para la gobernabilidad. En Génova se impone el «pragmatismo», o así justifican que entiendan que lo más importante es mantener poder territorial.

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