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In Memoriam

Han pedido catalogar como «Sitio Histórico» el lugar en el que murió, tras un tiroteo, el primer asesino de ETA. Si seguimos despistados no tardaremos en tener un buen monumento a los caídos etarras pagado por dinero público

  • El lugar en el que murió, tras un tiroteo con la Guardia Civil hace cincuenta años, el primer asesino de ETA, Txabi Etxevarrieta (en la imagen superior)
    El lugar en el que murió, tras un tiroteo con la Guardia Civil hace cincuenta años, el primer asesino de ETA, Txabi Etxevarrieta (en la imagen superior)

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03 de agosto de 2018. 14:50h

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Iñaki Arteta.  3/8/2018

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Una persona con estudios (arquitecto) ha solicitado al Gobierno Autonómico Vasco que sea declarado «Bien Cultural con la categoría de Sitio Histórico» el lugar en el que murió tras un tiroteo, hace ahora cincuenta años, el primer asesino de ETA, Txabi Etxevarrieta, al que define el autor de la propuesta (en un artículo sin desperdicio) como «un hombre profundamente inquieto que entregó sus conocimientos y convicciones para contribuir en la resurrección identitaria vasca oprimida por la sublevación de 1936...Etxebarrieta representa el compromiso absoluto de quien ofrece su personalidad inquebrantable al servicio de un proceso de autoafirmación que de diferentes modos ha sido constante en todo este tiempo...No podemos olvidarnos de recordar. La memoria es la esencia de nuestra identidad. Todo pueblo que pretenda manifestar su singularidad debe divulgar y conmemorar sus referencias genuinas, hechos esenciales de su pasado, sus episodios históricos».

In Memoriam

Episodio histórico: la muerte de un joven economista, «brillante escritor y poeta», «asesinado en un proceso de liberación nacional» por las fuerzas de ocupación.

Esta exposición de motivos del arquitecto Uriarte es tristemente, además de un nítido retrato ideológico del autor, una batería de argumentaciones válida para una parte importante de la actual sociedad vasca post ETA. El texto contiene todo el argumentario clásico de un nacionalista y básico en estos tiempos en los que hay que defender «otros relatos». Posiblemente la idea no prospere pero su sola propuesta es una escalada en la monumental infamia que acumula en lo más profundo de su ser el mundo nacionalista.

Pero, ¿por qué no humillar a las verdaderas víctimas, si se viene comprobando que no tiene consecuencias? ¿No se dice que habrá que construir relato entre todos? Esto es relato y esto es memoria. Memoria indecente con expresiones permitidas.

El filósofo Avishai Margalit distingue entre una sociedad decente y una civilizada. «Decente es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas (que se atiene a los procesos debidos, que protege la respetabilidad de sus ciudadanos). Una sociedad civilizada es aquella cuyos miembros no se humillan unos a otros».

¿Es la vasca una sociedad decente?

Está claro que en una sociedad como la vasca que se ha labrado una larga y lustrosa experiencia humillando a las víctimas de ETA (no a cualquiera de las demás, a las que se les dedicó puntual manifestación y homenaje popular) va camino de difuminar, veremos si hasta su desaparición, los valores de una sociedad sana y decente. Civilizada siempre se ha preocupado de parecerlo.

¿Es la española una sociedad civilizada?

Después de leer el demoledor, pero absolutamente recomendable, libro de Rogelio Alonso «La derrota del vencedor» le entran ganas a uno de dar de cabezazos contra la pared a un buen número de los dirigentes que nos han gobernado en las últimas legislaturas por habernos conducido a base de muletazos engañosos a esta situación de «final sucio» del terrorismo de ETA, un final diseñado a la medida del mundo nacionalista más que a otro que antepusiera la derrota política del terrorismo y la justicia debida, sobre todo, a las víctimas.

Vivimos las consecuencias de ese proceso que incluyó la legalización de su ideología, la apertura de puertas a la gran política nacional y a las nada despreciables puertas de los consistorios vascos y navarros, la alfombra roja en los platós de televisión, el permiso tácito para la celebración de homenajes a la vuelta de sus luchadores.

Pero no nos escandalicemos, el mayor de los perdones, el social y el político, ya se les ha otorgado. Nuestros últimos gobiernos en España han manejado la vaselina con más o menos fruición para convencernos de que estaban terminando con el terrorismo mientras nos ocultaban el precio: no enterrar su ideología política, ahuyentando así la gran pesadilla del nacionalismo vasco.

En relación con el poder, la memoria es siempre un incordio. Los gobernantes (y tantos otros, por pereza mental) preferirían que determinadas cosas no se recordaran o que se fueran olvidando lánguidamente hasta desaparecer, mientras que para los infractores es indispensable utilizar cualquier ocasión o fisura del sistema para hacer cuña e ir ensanchando su lugar heroico en la historia.

Si seguimos despistados no tardaremos en tener un buen monumento a los caídos etarras pagado por dinero público.

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