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La era de la telecracia

La Razón
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Cuando en 2010 Mariano Rajoy dijo en una entrevista que le habían pasado un discurso «a máquina», la mayor parte de los universitarios de ese momento no comprendieron la expresión; y cuando el nuevo fichaje del PP Pablo Casado se muestra orgulloso tras un debate no de su oratoria, sino de «haber sido TT», la mayor parte de los políticos de la edad de Rajoy no conciben el por qué de su alegría.

Manuel Fraga hacía campañas electorales saliendo a la calle a entregar trípticos: saludaba a la gente estrechándoles la mano y luego les daba el papelito. Una vez, entró en una tienda, saludó a las seis señoras y, finalmente, dio la mano a un maniquí y lo lanzó a cinco metros por encima del tejado. Como vio que no había nadie tras saludar, no entregó el tríptico. Así eran sus campañas electorales.

La actual candidata a la alcaldía de San Sebastián de los Reyes, Eva Tormo, se ha hecho un avatar para su Twitter en el que su propia imagen se ve dentro de la pantalla de un teléfono: es consciente de que su misma realidad ya está tamizada por el dispositivo electrónico, que ha pasado a ser la tienda en la que Fraga destrozaba maniquíes.

Fraga, Casado y Tormo son políticos del mismo partido y de tiempos diferentes. Pero tienen algo en común que no pueden evitar: su carrera política consiste en encontrar a personas, trasladar su mensaje a personas y conseguir la confianza de personas. No dependen ni de maniquíes ni de smartphones, sino de personas.

¿HAY AGUA POTABLE?

Cuando Fraga, los electores elegían un periódico para leer las hazañas de sus candidatos: si eran favorables, uno; si eran contrarios, otro. El problema que tienen Casado y Tormo es que en la nueva política el griterío es tal que se hace muy difícil saber dónde encontrar las crónicas favorables y dónde las críticas fundadas. Tanto la red telemática como los medios tradicionales se han llenado de comentarios hueros y de mucha gente zafia que impide expresarse a los políticos. No les dan aire; no les dejan respirar.

Lo que más escasea en una inundación, paradójicamente, es agua potable. Pues en estos tiempos de tanta súper información lo que más escasea, paradójicamente, es la verdad y la sensatez.

Las campañas electorales hoy son mucho más arduas para los candidatos que las del siglo pasado por tres razones: primera, están más desprestigiados; segunda, su trabajo se ha multiplicado porque tienen que ser TT al mismo tiempo que tienen que seguir entregando trípticos; y, tercero, tanta sobreinformación y tanto griterío informático tapan la esencia de su mensaje, con lo cual son desprestigiados, y vuelta a empezar.

Con todo, el mayor peligro para Casado y Tormo es la telecracia. Dijo Rajoy recientemente que gobernar es más difícil que participar en un debate televisivo. Y tiene razón, pero es más rentable la demagogia lanzada por los medios audiovisuales que la sensatez escrita en el BOE.

TELECRACIA CONTRA DEMOCRACIA

La telecracia está ahogando a la democracia. Y la velocidad a la que se trasladan mensajes y contramensajes está estrangulando el raciocinio y la reflexión.

Cuando a Rajoy le pasaban los discursos «a máquina» significaba que él los había escrito «a mano» con un boli, alguien los escribía tecleando en una máquina de escribir y luego se volvían a corregir. Se recorrían muchas fases para reflexionar sobre lo que se decía.

Hoy, en cambio, un tuit se escribe en seis segundos y, después, se calcula vagamente si lo que se ha lanzado está bien, mal o regular. Además, hay tantos tuit y retuit que no existe nadie capaz de asimilar la información. Y mucho menos de analizar matices.

La política del siglo XXI ha pasado a ser un griterío de chascarrillos toscos en donde se mezcla por igual fotomontajes, atribuciones falsas, mentiras y alguna verdad. Casi nadie parece darse cuenta de que elegir a un gobernante es más serio que elegir al ganador de un concurso de televisión. Y más difícil.

A quien la telecracia lanza hoy a cinco metros por encima del tejado es a la seriedad y a la sensatez, no a un maniquí.