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La mujer a la que nunca le paró el corazón

Su último mensaje fue a la 01:54 de ayer. Un amigo íntimo recordó que Carme solía decir «que iba a morir así. Sin enterarse de nada».

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10 de abril de 2017. 11:49h

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10/4/2017

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Su último mensaje fue a la 01:54 de ayer. Un amigo íntimo recordó que Carme solía decir «que iba a morir así. Sin enterarse de nada».

¿Qué tal se come en El Tomate? Así sorprendí a Carme Chacón el 21 de febrero de este año. Estaba comiendo con una amiga cerca de su despacho. No entendió por qué sabía yo que estaba comiendo en ese restaurante. Lo que ella no sabía es que su amiga tiene una hermana, y esa hermana es amiga mía. ¡Qué pequeño es el mundo!, contestó con emoticonos de risas. Un mes más tarde, le pedía una entrevista para LA RAZÓN. El motivo, las primarias socialistas. Estuvo amable como siempre a pesar de declinar la invitación: «No mi amor. I am out», y más emoticonos. Está vez besos.

Conocí a Carme Chacón hace muchos años. Compartía un mitin con José Montilla y Lorenzo Palacín, entonces alcalde de su pueblo, Esplugues de Llobregat. Era un mitin de esos de domingo por la mañana en una precampaña de municipales. Tenía una cardiopatía desde hace muchos años. Su corazón no era impedimento. No le paraba. Incluso cuando se quedó embarazada. Cuando fue nombrada Ministra de Defensa, reunió en un restaurante de Madrid a un grupo reducido de compañeros. También estaba en ese encuentro, Miguel Barroso, su marido. Llegó tarde. Mientras esperábamos, los comensales charlábamos de la situación política. Zapatero había ganado de nuevo las elecciones de 2008 y los pasos del nuevo gobierno eran objeto de nuestra conversación. Carme llegó, se sentó, y nos espetó sin esperar demasiado: «Me voy a Afganistán». La cara de los presentes debía de ser todo un poema, porque ella nos explicó con todo lujo de detalles que lo tenía todo preparado para el viaje. Médico incluido. Ahí me enteré de su enfermedad. Nos tranquilizó ella. Nosotros intentamos convencerla de que no era buena idea. No tuvimos demasiado éxito.

Antes de llegar a ese momento, Carme había aguantado estoicamente una campaña electoral. Iba de acto en acto, sin cancelar ninguno, a pesar de que en más de una ocasión quienes la acompañaban explicaban que habían parado aquí y allá para reponerse. «Si tú no vas, ellos vuelven», decía aquel eslogan electoral al que ella puso cara en Cataluña. Tuvo el mejor resultado del PSC en su historia: 25 diputados.

Era una forofa del Barça. Le encantaba ir al campo a ver a su equipo. En pleno proceso congresual, en el que se enfrentó con Alfredo Pérez Rubalcaba, acudió de incógnito a ver un partido con el Betis. Su compañera en el campo, su amiga y su compañera de múltiples cuitas, Susana Díaz. Y con Susana se la vio en su último acto de partido, acompañándola en la presentación de su candidatura a las primarias socialistas. En esos días, también acudió a un acto institucional, al homenaje del ex Ministro del Interior, José Antonio Alonso. Allí orquestó con los antiguos ministros de Zapatero y con el propio ex Presidente un encuentro para cenar en próximos días.

No ha podido ser, porque su corazón le ha dado el alto. Su último mensaje fue a la 1.54 de la madrugada. Le gustaba trasnochar. Veía la televisión, pero sobre todo leía. Un amigo íntimo de Carme me decía «ya lo decía ella. Que iba a morir así. Sin enterarse de nada». Tenía 46 años, estaba en la flor de la vida. Trabajaba en un despacho de abogados en Madrid, reinventándose tras salir de la primera línea de la política, y seguía dando clases en Miami. Le gustaba Florida y estaba apasionada con su actividad docente. De hecho, volvió esta semana de Estados Unidos.

El socialismo español ha perdido a una persona sin la que no se puede explicar la historia reciente. Fue candidata a la secretaria general y siempre estuvo al pie del cañón. No tuvo reparos en dar un paso atrás si consideraba que no era su momento. La última vez fue en las últimas elecciones. No quiso liderar la lista del PSC por Barcelona una vez más, porque no quería dejar tirados a algunos de sus colaboradores. No se aferró al sillón, como tampoco lo hizo cuando Rubalcaba la condenó a ser diputada rasa sin ningún tipo de papel. «No estoy para calentar la silla», me dijo en aquellos días. Para Carme, lo más importante era la dignidad en la política. Un beso, estés dónde estés.

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