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La politización del dolor

El independentismo llena el centro de Barcelona de símbolos contra el Rey. El president Quim Torra caldea el ambiente vinculando el 17-A con el proceso soberanista ante la pasividad de Colau y el boicot de los CDR en La Rambla

  • Un grupo de personas se manifestó ayer en contra de la presencia de Felipe VI en los homenajes a las víctimas / Efe
    Un grupo de personas se manifestó ayer en contra de la presencia de Felipe VI en los homenajes a las víctimas / Efe

Tiempo de lectura 4 min.

18 de agosto de 2018. 05:46h

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Toni Bolaño 18/8/2018

La ciudad de Barcelona amaneció ayer blindada. Cientos de Mossos d’Esquadra, Policía Nacional, Servicios de Seguridad y Guardia Urbana blindaron el centro de la «ciudad de la paz», nombre con el que el Ayuntamiento bautizó el acto oficial. La plaza de Cataluña era un hervidero de fuerzas policiales, incluido el subsuelo, que en el centro de la Ciudad Condal se asemeja a un queso de gruyere. Aún así, a última hora de la noche del jueves los independentistas colgaron una pancarta contra Felipe VI con el mensaje «El rey español no es bienvenido en los Países Catalanes». En inglés, «off course», para «internacionalizar el proceso». Este fue el primer aviso de que los independentistas no iban a renunciar a utilizar a las víctimas para defender sus postulados. Los autores no firmaron la pancarta. Ni la Asamblea Nacional, ni Òmnium, ni los CDR reclamaron su paternidad. Sustituyeron el anonimato por el arrojo. La pancarta no se retiró hasta el mediodía porque los Mossos dijeron que lo debía hacer el Ayuntamiento. Y el Ayuntamiento se puso de perfil.

La Rambla también parecía un fortín. Los bolardos, inexistentes hace un año, eran bien visibles. Si hubieran estado en su sitio antes, la tragedia seguramente no hubiera tenido lugar. A primera hora de la mañana, ciudadanos de a pie empezaron a realizar sus ofrendas en la farola que preside la entrada de La Rambla, en la fuente de Canaletas –aunque un espabilado se llevó un ramo para utilizarlo en otros menesteres– y en el Pla de l’Os, lugar donde se encuentra el mosaico de Joan Miró y donde el terrorista abandonó su furgoneta letal. A pesar de la presencia policial, otra pancarta hizo su presencia. «Sus guerras son nuestros muertos», rezaba bajo la imagen del rey español y el de Arabia Saudí.

Metros más arriba, el Palau Moja, sede de la Dirección General de Patrimonio de la Generalitat, estaba engalanado con lazos amarillos en todos y cada uno de sus incontables balcones, junto con una pancarta en favor de la libertad de los presos y el retorno de los exiliados. Enfrente del que fuera el palacio del negrero Antonio López, primer Marqués de Comillas, otra pancarta amarilla hizo su aparición: «Felipe, quién quiere paz no negocia con armas».

Los lugares no fueron elegidos al azar. Las pancartas tenían un buen «tiro de cámara» para aparecer en todas las televisiones en un supuesto acto contra la barbarie terrorista y de solidaridad con las víctimas. Unas víctimas que debían ser las protagonistas. Fueron de nuevo utilizadas. Eso sí, las autoridades de la Generalitat y del Ayuntamiento fueron sonrojadas por las críticas de sus familiares que les echaron en cara el olvido de este año. Les pidieron neutralidad. Tampoco lo consiguieron. «Pedimos a los políticos que no utilicen nuestro dolor», habían dicho el jueves.

Joaquim Torra, presidente de la Generalitat, caldeó la jornada de inicio con una entrevista en Catalunya Ràdio junto a su compañero de fatigas, Carlos Puigdemont. Puigdemont cargó contra el Estado por la falta de información que a su juicio recibieron los Mossos a raíz del 17-A al afirmar que «la sociedad tiene derecho a saber por qué se ocultó información vital a la policía catalana», en un ejercicio de cinismo porque al tiempo oculta que los Mossos tuvieron información de la CIA y que tres de sus mandos acudieron a Washington en los días previos al atentado. Torra no se quedó atrás: «Hoy Forn –ex consejero de Interior– y Puigdemont deberían estar aquí. Esto sobrevuela cualquier actividad que hagamos» repitió vinculando una vez más el 17-A con el proceso.

En esto se esmeraron los independentistas. Carteles, pancartas y octavillas contra el Rey y por la libertad de los presos sembraron La Rambla y la plaza de Cataluña al grito «no tenemos miedo». Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, no se quedó atrás en sus ansías de protagonismo. El jueves lloró, en un exceso de teatralidad, en su discurso institucional para el 17-A. Ayer, también hizo su entrevista antes de acompañar a los familiares a la ofrenda floral. Las flores que los ciudadanos habían puesto a primera hora de la mañana fueron retiradas y tiradas al suelo en un alarde de solidaridad sin límites. En su lugar se colocaron maceteros dónde se ubicaron las flores que pusieron los familiares. Cuando estos acabaron, Colau y Torra también hicieron su ofrenda, no fuera que no tuvieran sus minutos de gloria. Torra, además, obsequió a los catalanes con su enésimo discurso institucional, está vez con una chapa con la imagen de Joaquim Forn en la solapa en lugar del lazo amarillo. Seguro que el presidente catalán batirá el «récord Guinnes» de discursos: desde que llegó al Palau, casi hace uno por semana, quizás para compensar que el Parlament ha sido cerrado más de dos meses.

La parafernalia independentista siguió presente durante toda la jornada. Tras el acto institucional, Torra concedió otra entrevista y acudió por la tarde a la manifestación ante la cárcel de Lledoners. Antes, felicitó a los «amigos de los CDR» por su manifestación en La Rambla. Pincharon. Apenas medio millar de «hollingans» ataviados para la ocasión y con carteles contra el Rey avanzaron Rambla arriba hasta llegar al Gran Teatro del Liceo, la cuna de la burguesía catalana. Allí leyeron un manifiesto y protagonizaron algún que otro altercado en la frontera con plaza de Cataluña.

El mundo independentista no logró su objetivo, pero se hizo ver. Las víctimas fueron su gran excusa. Su pretendida neutralidad fue su gran mentira. Colau, por su parte, de tanto repetir que el protagonismo era para las víctimas, quedó en evidencia. En catalán se dice muy claro «se le vió el llautó –el forro–». Es decir, queda al descubierto lo que hay detrás de la apariencia.

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