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La vuelta de un «Sorayo puro»

Tiempo de lectura 4 min.

16 de octubre de 2015. 01:44h

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16/10/2015

De puro linaje vasco y con lealtad absoluta a Soraya Sáenz de Santamaría. Afable, dialogante y buen gestor, todo apuntaba a Alfonso Alonso Aranegui para mitigar el «marrón» del PP vasco. Desde que un día de 2007 la actual vicepresidenta del Gobierno le llamara a Vitoria para forjar el grupo popular del Congreso en la oposición, la carrera política de este licenciado en Derecho y Filología Románica no ha dejado de crecer. Su labor como portavoz parlamentario le granjeó el respeto de todos, incluso de los socialistas, que vieron en él una cualidad estimable: diálogo y consenso en momentos de crisis. Reconocido por todos sus adversarios y sin un solo alarde de soberbia. Con la mirada larga y pausada que le da su miopía tras las inevitables gafas desde niño.

«Soy un sorayo puro». Es la frase que Alonso suele decir sin ningún complejo para definir su estrecha relación con la número dos del Gobierno. Auténtico «apagafuegos» de conflictos, fue el elegido para sustituir a Ana Mato en el Ministerio de Sanidad cuando la «trama Gürtel» salpicaba con fuerza. Discreto y sin altivez, es la suya una manera de hacer política en voz baja pero con paso firme. Descendiente de una familia de pedigrí alavés, sobrino-nieto de una saga de tenistas de tronío, los Alonso de Areyzaga, maneja con habilidad las manos y la mente. En Vitoria dejó muy buen recuerdo como un alcalde a pie de calle. «Los vecinos, primero», era su lema.

La crisis del PP en Euskadi le lleva de nuevo a coger las riendas del partido. Miembro del «clan de los alaveses», junto a Javier Maroto, y amigo personal de Iñaki Oyarzábal y Borja Semper, su nombre era inevitable para calmar los ánimos. Surgió como una figura dialogante en el convulso escenario vasco, logró los mayores votos del PP en Vitoria, ejerció una labor municipal boca a boca y se ganó la confianza de Rajoy en la X Legislatura. «Con éste se puede hablar», decía el entonces portavoz socialista en el Congreso, Alfredo Pérez Rubalcaba, de este diputado de rostro afilado, nariz aguileña y formación humanística, que lee a los clásicos en latín. Sus principios y creencias no le impiden ser progresista en otros temas, como en la defensa del matrimonio homosexual. Amigo personal de Oyarzábal, nunca ocultó su apoyo a este político «salido del armario» y defenestrado por la ya dimitida Quiroga. Tampoco a su sucesor en el ayuntamiento alavés, Maroto. Como liberal profundo, es de los que respeta la vida privada y exige limpieza en la pública. Al frente de Sanidad ha dialogado con todos y calmado los ánimos de un sector complicado, jalonado de mareas blancas y sindicatos de izquierdas.

Humanista por convicción, apasionado del Derecho Romano y de la pintura, que le viene por la profesión de su padre, Ramón Alonso Verástegui, está casado y tiene cuatro hijos con los que acostumbraba a montar en bicicleta por Vitoria. La vida le cambió al venir a Madrid, pero la política le retorna a sus raíces vascas. Su elección es una nueva victoria de Sáenz de Santamaría sobre la cada vez más cuestionada Cospedal. Y como decían en el grupo parlamentario: «Si tenéis algún problema, hablad con Alfonso». Es el hombre tranquilo para calmar las aguas en tiempos revueltos.

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