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«Me llamaban el ‘‘Matacuras’’ porque en la guerra maté a 5»

  • Los obreros cumplían su jornada diaria.
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  • En la construcción del Valle participaron tanto trabajadores libres como presos
    En la construcción del Valle participaron tanto trabajadores libres como presos
  • «Me llamaban el ‘‘Matacuras’’ porque en la guerra maté a 5»
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01 de junio de 2015. 13:36h

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31/5/2015

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Hay un personaje del Valle que ha permanecido casi siempre desconocido y apenas se ha publicado nada sobre él. De hecho, la primera vez que se le mencionaba en alguna publicación, fue precisamente en el capítulo sobre el Valle dentro de la obra «La otra memoria», que lleva mi firma, aparecida en 2011. Se trataba de mi ponencia, presentada en el congreso del mismo título, celebrado en la Universidad CEU San Pablo de Madrid, en noviembre de 2008.

En aquella ocasión simplemente apuntaba su figura; una figura de la que llegaría a tener mucha más información en los años siguientes. Pero es que, ya desde el principio de mi investigación había recogido testimonios personales y más tarde también documentación relativos a uno de los trabajadores penados que había dejado larga memoria de su paso por el Valle.

Todos los monjes fundadores le recordaban. ¡Cómo no! ¡Si había sido conserje –o «llavero»– de la abadía! Algún otro testigo de los primeros tiempos también le recordaba por haberle tratado con cierta asiduidad en sus visitas a Cuelgamuros. Y hasta Sueiro, sin saberlo, habla de él en su libro. Pero nadie sabía sus apellidos. Ni yo tampoco, hasta que pude encontrarle en la documentación analizada y localizarle por todo el cúmulo de datos que me habían proporcionado previamente. Se llamaba Justo Roldán Sainero, y llegó al Valle procedente de la prisión de Yeserías.

Estoy hablando –y quienes conozcan bien la historia del Valle ya se habrán dado cuenta– del famoso «Matacuras», del que nadie recordaba más que el nombre de pila: Justo. Y el truculento apodo que todo el mundo le daba: el «Matacuras». El origen de su tremendo sobrenombre lo explicaba él mismo, sin inmutarse, cuando lo consideraba oportuno: durante la Guerra Civil había matado a cinco sacerdotes. Por ese motivo se le condenó a muerte. O eso se creía, porque luego veremos que las razones fueron otras. En cualquier caso, se le conmutó la pena, como a tantos penados del Valle, por la de treinta años de prisión, que redimió en siete. Como varios de los reclusos que dejamos aquí indicados y de cuyos casos ya nos hemos ocupado en este libro.

Fray Laurentino Sáenz de Buruaga, uno de los benedictinos a quien entrevisté en noviembre de 2005, recordaba estos datos del expediente penitenciario del que fuera llavero de la abadía como el resto de los monjes venidos de Silos, que trataron a Justo durante años. También recordaba que el «Matacuras» había sido, además, conserje de la Hospedería. Y lo fue por recomendación de Diego Méndez, que le favoreció cuanto pudo. Vuelve a aparecer la figura del arquitecto-director de las obras como protector constante de los penados, algo que ya habíamos visto y señalado al hablar de la viuda del primer muerto del Valle. Por otra parte, fue también Fray Laurentino quien me confirmó que fueron cinco los sacerdotes asesinados por este peculiar llavero de los monjes. Estas fueron sus palabras:

«El Matacuras» vino aquí como preso. En siete años había redimido treinta de condena. Pena de muerte, conmutada por cadena perpetua, que quedó en siete años...».

Coincidía en este punto con lo manifestado en la misma fecha por el padre abad, don Anselmo Álvarez Navarrete, a quien también entrevisté en aquella ocasión. Añadió entonces un curioso detalle; la manera en la que Justo le dio a conocer el origen de su apodo: en cierta ocasión, sin mayores preámbulos, le espetó: «¿Sabe usted por qué me llaman ‘‘Matacuras’’?». Ante la respuesta negativa –y desconcertada– del monje, continuó: «Porque yo en guerra maté a cinco». Dicho lo cual, siguió su camino sin más comentarios. Tuve acceso, en relación con aquel recluso, al testimonio de Fernando Taguas, cuyo padre trabajó en las obras. Conocía toda la historia del Valle a donde llegó, con siete años de edad, en 1940; tres años antes que los penados. Ese mismo año, nacía allí, en Cuelgamuros, el menor de sus hermanos, Francisco. Porque toda la familia Taguas se reunió en el Valle y permaneció en él durante décadas. Hablando de los primeros años de la construcción, le contó al padre abad y a fray Santiago Cantera, en 2006, lo que recordaba del «Matacuras»:

«Justo vino aquí de preso y estuvo de cocinero para los presos y le llamaban el ‘‘Matacuras’’ porque se decía que había matado a catorce curas. Cogió mucha amistad con D. Diego [Méndez] y le puso de guarda en la Hospedería».

Se comprende que Justo llegó a ser todo un mito en aquel lugar, por lo que se le atribuyeron nada menos que catorce asesinatos. Hay que reconocer que el interesado no hizo nada por desmentir su propia leyenda sino más bien lo contrario. Hasta el punto de que llegué a preguntarme si no estaríamos en presencia de un mitómano o al menos de alguien no completamente equilibrado que llegaba a envanecerse de haber colaborado activamente en la eliminación del clero, entendido éste como «enemigo de clase». Pero, aunque la cifra es seguramente muy desproporcionada, los crímenes debieron de ser reales. En cuanto al número de víctimas del clero, debió de ser bastante menor que el facilitado por Taguas. Que, además, no lo avalaba sino que lo recogía como un rumor. Pero de catorce habló el propio Justo en cierta ocasión –al menos– que comentaremos enseguida. Aunque podía decirlo en sentido figurado, dadas las circunstancias en las que ocurrió el curioso suceso. Juzgue cada cual a partir de la anécdota relatada por el primer abad y recogida un poco más adelante, en este apartado.

Lo cierto es que se le condenó a muerte, pero por crímenes distintos. Defendida ya mi tesis, el profesor del CEU Jesús Romero Samper, colega y amigo, me hizo llegar su expediente; documentación custodiada en el Archivo General Histórico de Defensa. Allí estaba la trayectoria del «Matacuras», la que le llevó a la cárcel: fue hallado culpable de la muerte de Juan Creus Vega –presidente de la Federación Agrícola Madrileña y vocal, en 1920, del Consejo Superior de Fomento 5–, asesinado junto a tres de sus hermanos, Jesús, Félix y José, el 22 de agosto de 1936, en el kilómetro 14 de la carretera de Andalucía. En el informe redactado por el Ayuntamiento de Pinto en 1939 consta que se les infligieron, antes de morir, «heridas y torturas» (...) En este crimen, junto a Justo Roldán, intervinieron otros cuatro cómplices involucrados también en otros asesinatos. Pero realmente, Justo se enfrentó a dos consejos de guerra y fue condenado, además, por «actuar como miliciano armado» y pertenecer al comité rojo de Pinto, «interviniendo en sus decisiones». Y allí se cometieron auténticas atrocidades. Entre otras, el asesinato de cinco mujeres: Valentina Pascual, María García Busquet (ambas, maestras en la Fábrica de Chocolates), las hermanas Pilar y María Gallego Granados (pensionistas) e Isabel Solo de Zaldívar (presidenta de la Catequesis). Las cinco fueron violadas por varios hombres; entre ellos, Federico Lorenzo «El Federo» y su padre, del mismo nombre, que previamente les robaron «lo que tenían». Las cuatro primeras murieron, acribilladas a balazos por sus violadores y «otros milicianos desconocidos», el 7 de septiembre de 1936, en la carretera de Villaverde Alto a Madrid. La quinta murió al día siguiente en la carretera de Andalucía. También fue asesinado un sacerdote, don Manuel Calleja Montero, de veinticuatro años de edad (capellán del colegio San José, de Pinto). Se lo llevaron «milicias desconocidas» y lo mataron el 27 de julio de 1936, en el término de Parla. Las mismas milicias se llevaron con él a su padre, José María Calleja, de cincuenta y seis años. Éste obtuvo una última gracia de los verdugos: que lo matasen a él antes que a su hijo. Hasta veinticuatro personas fueron asesinadas en Pinto en aquel verano del 36. Uno de ellos, Ladislao Martín, vecino del pueblo, fue arrastrado y enterrado vivo por cuatro milicianos. Era mecánico, pero «de derechas». El campanario de la parroquia fue incendiado; las iglesias, saqueadas, y el Santísimo, «según se dijo» profanado. En la ermita del Calvario «rompieron el Santísimo Cristo, haciéndole pedazos». Éste es solo un resumen de los «desórdenes de Pinto» como los califica uno de los sumarios del «Matacuras». En definitiva, se manifestó bien a las claras el odio al cristianismo, como en la práctica totalidad de la zona republicana. Sin embargo, en los sumarios relativos a Justo Roldán –más de doscientos folios– no se le relaciona directamente con los curas de su sobrenombre. ¿Cometió esos otros asesinatos también o cultivó su propia leyenda? Acaso ni siquiera se denunciaran las muertes que él asumía como propias, o se atribuyeron a otros autores. Los informes, frecuentemente, hablan de «milicias de Madrid» o «milicias desconocidas» como responsables de muchos de aquellos asesinatos. Esto parece más lógico que pensar que fuera un desequilibrado capaz de inventar una falacia que en nada podía beneficiarle. Y, por otra parte, en Cuelgamuros no dio otras señales de perturbación mental. Todo lo contrario. Como la mayoría, se acogió al indulto del 45 y fue puesto en libertad en 1946. Lo veremos mejor más adelante. En cualquier caso fue un «criminal de guerra», pero si no dio muerte a uno o más sacerdotes, la leyenda en cuestión habría quedado bien arraigada entre quienes le conocieron: el testimonio de los monjes coincide exactamente con lo publicado años más tarde en relación con aquel singular penado de Cuelgamuros. Pablo Linares, en su libro sobre el Valle de los Caídos, se refiere también a Justo, resumiendo así su trayectoria:

Un caso singular fue el de Justo «El Matacuras», asesino de cinco sacerdotes y dos guardias civiles, y condenado a muerte por tres de aquellos crímenes probados, conmutada a treinta años; terminó como portero de la abadía contratado por Patrimonio Nacional.

Pocos casos tan llamativos en cuanto a la inmensa ventaja que la redención de penas significó para tantos reclusos, condenados, en ocasiones, por acumulación de los delitos más graves. No cabe presentarle como «preso político» de ninguna de las maneras. Aunque sea éste el término empleado por la legislación del primer franquismo para designar, englobándolos, a todos los procesados por delitos cometidos durante la Guerra Civil que estuvieran directamente relacionados con la contienda misma o la represión. En este último apartado, es, sin duda, donde habría que incluir al , ya que sus crímenes nada tuvieron que ver con el campo de batalla, ni sus víctimas fueron soldados capaces de defenderse con las armas en la mano.

También recuerdan en esa comunidad benedictina otra anécdota del peculiar conserje: en cierta ocasión, tras despedirse ceremonioso, del primer abad del Valle, fray Justo Pérez de Urbel, al darse éste la vuelta, el «Matacuras», creyendo no ser visto, le hizo un gesto muy característico: con el dedo índice extendido, recorrió rápidamente su garganta de izquierda a derecha, dando a entender que le degollaría allí mismo. Los monjes lo cuentan con una sonrisa, como si hablaran de alguna rareza del que fuera su extraño conserje; algo así como un gesto atávico y casi reflejo que no pudiera evitar. Si ahora les divierte, en su momento no debió de preocuparles demasiado esa actitud ya que no se tomó ninguna medida. A pesar de que, como veremos, ya años antes, el Consejo de las Obras había acordado reemplazarle, sin llegar a hacerlo.

«Me llamaban el ‘‘Matacuras’’ porque en la guerra maté a 5»

A los monjes, la cercanía de penados con antecedentes como aquellos no parece haberles inquietado lo más mínimo; el caso que tratamos no constituía un hecho aislado. Fray Alejandro de Álviz, alavés, venido también de Silos, me contó que el ascensorista había sido otro recluso condenado por delitos de la mayor gravedad. Un «criminal de guerra» que, redimida su condena, decidió igualmente quedarse allí. También me dijo que el resto de los conserjes habían sido presos así que, aunque resultara chocante, el caso de Justo no era tan infrecuente en el Valle.

Fray Laurentino recordaba que el «Matacuras» vivía en el poblado del Monasterio. Algo que pude comprobar documentalmente en más de una ocasión. Concretamente, he recogido en este trabajo el caso de un trabajador –Antonio Risco, de la empresa Casas– que en 1952 solicitaba pasar a vivir en dicho poblado. Como respuesta, Regiduría responde simplemente: «Poblado monasterio, antigua casa de Justo». En el Valle, junto al Monasterio, no hacía falta añadir más datos para señalar su vivienda. Era lógico que estuviera instalado cerca de su puesto de trabajo, pero antes había ocupado otras viviendas, como la situada en la «cocina colectiva de canteros», que compartió con otras siete personas. Algo que solamente pude comprobar cuando llegué a conocer sus apellidos, totalmente ignorados, al parecer, por cuantos se han referido a él. Solamente su nombre era recordado; así como su trayectoria en el Valle y el lugar del que procedía: Valdepeñas. Realmente era de Pinto o al menos allí vivía, como hemos visto, al iniciarse la guerra, y al mismo Pinto acudió para asistir al entierro de su padre, años más tarde. Allí llegó escoltado por la Guardia Civil, en previsión de posibles altercados motivados por su presencia.

También lo recuerdan los monjes e indica qué clase de reacciones podía esperar entre sus antiguos vecinos el antiguo miliciano Justo Roldán. A la vista de los sumarios de su proceso no resulta nada extraño. Valdepeñas debió de ser el pueblo de su familia o de una parte de ella; el apellido Sainero, segundo del «Matacuras», es frecuente en Pinto y, al parecer, los que lo llevan proceden de aquella zona. A Justo, por cierto, nunca jamás la documentación relativa a las obras del Valle lo señala con su famoso sobrenombre. Simplemente no se menciona. Ni siquiera cuando hablaban de cambiarle de empleo a causa de sus antecedentes penales. Hasta ese punto se trató de borrar escrupulosamente el pasado delictivo de aquellos trabajadores. Parece como si hubiera existido un claro designio de hacerlo así. Y resulta sorprendente que los vencedores de la guerra, o los compañeros de las víctimas de aquellos hombres, observaran una conducta que solo a los reclusos podía beneficiar. Después de años de investigación, puedo afirmar que dentro de Cuelgamuros se trató de encubrir hasta donde fuera posible cualquier indicio de las causas que habían motivado la llegada de los penados a los destacamentos.

Un ejemplo muy claro de este encubrimiento lo constituye el testimonio del primer abad mitrado de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, fray Justo Pérez de Urbel. No sólo a los presos, también a él lo entrevistó Daniel Sueiro en el verano de 1976. En esa entrevista, el abad no da el nombre ni mucho menos el sobrenombre del «Matacuras». Ni siquiera parecía recordar bien su apellido. Pero estaba hablando de él (...).

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