Opinión

Política de tierra quemada

Con la polémica de la flotilla, los ministros de Sumar se encontraban cómodos, cogían protagonismo y enarbolaban la bandera palestina

Ada Colau, desde la Flotilla rumbo a Gaza: "Las próximas horas serán realmente críticas"
Ada Colau, desde la Flotilla rumbo a Gaza: "Las próximas horas serán realmente críticas"Europa Press

No se sabe que vio Pablo Iglesias en Yolanda Díaz cuando decidió que le sucediese en el liderazgo de la izquierda populista, pero el tiempo ha demostrado la miopía política de la vicepresidenta.

Con la polémica de la flotilla, los ministros de Sumar se encontraban cómodos, cogían protagonismo y enarbolaban la bandera palestina intentando ocultar sus problemas en España. No podía faltar Ada Colau, que es la niña en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. Aunque tuvo que competir con Greta Thunberg, allí estaba ella, otra vez en las portadas.

Tanto era el confort que les aportaban las movilizaciones por Palestina que parece les haya sentado mal el plan de paz. En veinticuatro horas, Yolanda Díaz ha pasado de calificar de “farsa” y criticar el plan acordado por Trump y Netanyahu, porque representaba “la impunidad para Israel” a afirmar que se trata del “primer paso para acabar con la mayor atrocidad del siglo XXI”.

Es llamativo que los presuntamente más activistas en favor de la paz en Gaza hayan sido los que menos hayan celebrado el acuerdo al que han llegado Israel y Hamás en Egipto y que está dando sus primeros frutos.

La sensación que queda es que a algunos les ha podido mover más su mediopatía, esa pasión desmedida y patológica por ocupar el primer plano de los medios de comunicación, que la propia causa que reivindican.

En todo caso, el patinazo de la vicepresidenta ha sido tan sonoro como ridículas han sido las declaraciones del ministro Albares cuando ha reivindicado el papel protagonista que ha tenido España en el proceso de paz.

La política exterior española hace aguas por todas partes. Sánchez ha conseguido distanciarse de los socios europeos hasta el punto de que von der Leyen o Frederiksen, primera ministra danesa, han reclamado públicamente a España el cumplimiento de los compromisos en materia de defensa esta misma semana.

También comienza a ser incómoda la relación con EEUU. Trump es el abusón por excelencia, pero el enfrentamiento abierto con él, junto al antimilitarismo de Sumar y Podemos, obliga a que los incrementos de gastos militares, aprobados a golpe de Consejo de ministros mediante decreto dado que no hay presupuestos, pasen inadvertidos. Ya ocurrió cuando Ucrania solicitó el envío de tanques y el ejecutivo lo comprometió para, después, cambiar de opinión y, finalmente, enviarlos.

La imagen europea de Sánchez está bajo mínimos. En unos meses ha pasado de ser el oráculo de la socialdemocracia internacional a estar alineado con los populismos izquierdistas. Los problemas judiciales que afectan a su esposa y a su hermano tampoco han pasado desapercibidos y el espectáculo dantesco del trio Koldo, Ábalos y Cerdán ha dejado boquiabierta a la prensa europea.

Lo que es un denominador común a todos los ministros es cambiar su posición desde una cosa a su contraria, tal como ha hecho Díaz en menos de un día. La pérdida de pudor y la incoherencia son lo habitual hasta el punto de que la sociedad española lo vive sin inmutarse.

La otra característica es el uso partidista de cualquier hecho o circunstancia. Ya sea una catástrofe, como la Dana o los incendios de verano, la guerra en Palestina o la muerte de un compañero del Partido Socialista.

Sánchez se agarra a cualquier clavo ardiendo si eso le ayuda a permanecer algunas horas más en la Moncloa. El propio procesamiento del fiscal general del Estado lo vive, no como una crisis que pone en jaque la continuidad de su gobierno, como ocurriría en cualquier democracia occidental, sino como una oportunidad para salvarse.

En efecto, Sánchez mantiene los dedos cruzados y la respiración contenida esperando que se produzca una eventual absolución de García Ortiz con el objetivo de tener una coartada perfecta en el caso de que Begoña Gómez llegue a ser procesada. En caso de que llegue a ser condenado, acusará más o menos abiertamente a los magistrados de estar alineados con la derecha política.

El desprestigio de la institución, sea cual sea el resultado del juicio, no es un problema para Sánchez, como tampoco lo es la erosión del CIS, de RTVE o del Tribunal Constitucional. La política de tierra quemada que práctica el líder socialista dejará como erial a las instituciones públicas.

Para la otra pata de la estrategia, la polarización, se empeña en alimentar temas que dividen a la sociedad española como el del aborto. Su objetivo real no es modificar la Constitución, cosa que no puede hacer, sino hacer crecer a Vox para recuperar parte del voto socialista que se ha ido hace tiempo al PP.

La herencia que dejará Sánchez será un país con pérdida de crédito internacional, con las instituciones erosionadas, una extrema derecha engordada y alimentada por él, el 21% de la población en riesgo de pobreza o exclusión social, el paro juvenil de los más altos de Europa y la subida de precios de alimentos y viviendas castigando a las rentas bajas.