«Portugal is different»

Las diferencias aritméticas e ideológicas entre la realidad política española y la lusa hacen imposible importar la «vía portuguesa» en la que se miran los socialistas.

Antonio Costa, primer ministro portugués, junto a Pedro Sánchez
Antonio Costa, primer ministro portugués, junto a Pedro Sánchez

Las diferencias aritméticas e ideológicas entre la realidad política española y la lusa hacen imposible importar la «vía portuguesa» en la que se miran los socialistas.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y el primer ministro portugués, Antonio Costa, comienzan hoy la celebración de la XXIX cumbre bilateral luso-española con un trayecto de cuatro horas a bordo de un barco que navegará las aguas del río Duero desde el embarcadero español de Vega del Terrón, en la provincia de Salamanca, hasta el de Santa María de Riveiro, en el corazón de Portugal. El momento de las relaciones bilaterales entre las dos naciones ibéricas no podría ser mejor y no existen puntos de fricción reseñables, lo que no impide que Rajoy acuda a la cita dejando en España un clima político que dista mucho de ser apacible: el órdago soberanista y los casos de corrupción y la moción de censura se han conjugado y, de la mano del resucitado liderazgo de Pedro Sánchez, ha provocado que algunas voces se levanten especulando sobre la posibilidad de una «vía portuguesa» como posible alternativa de gobierno, precisamente la misma que aupó hasta el poder a Antonio Costa.

Sin embargo, aunque la «vía portuguesa» ha sido un elemento recurrente del arsenal propagandístico del PSOE y de Podemos desde las últimas elecciones generales, lo cierto es que un análisis de la situación política de nuestro vecino peninsular pone de manifiesto diferencias de fondo que hacen difícil, por no decir imposible, la importación del modelo de pacto portugués a nuestro momento político. La primera diferencia es de índole aritmética. Las elecciones parlamentarias del 4 de octubre de 2015 configuraron una Asamblea de la República en la que reina una correlación de fuerzas que no tiene nada que ver con el Congreso que delinearon las elecciones generales del 26 de junio de 2016. En Portugal, la fuerza más votada fue la coalición de centro derecha Portugal al Frente (Pàf), que logró 102 escaños y un 36,8% de los votos. Las tres fuerzas políticas que quedaron a continuación –los socialistas, con 86 escaños; el Bloco de Esquerda análogo a Podemos, con 19, y los comunistas, con 17– se coaligaron para hacer primer ministro a Antonio Costa al sumar 122 diputados, seis más de los 116 necesarios en Portugal para investir primer ministro. Esta entente de fuerzas de centro izquierda y de izquierda radical liderada por un socialista es precisamente el escenario con el que sueña Sánchez. Sin embargo, los escaños logrados por el PSOE en el que fue su peor resultado político (85) y los de Unidos Podemos (71) suman 156 y se queda a 20 escaños de la mayoría absoluta del Congreso. Esta circunstancia obligaría a la coalición a abrirse a nuevos partidos, algo que no le hizo falta al líder socialista portugués.

Y no sólo eso. Otro dato que hace al caso portugués diferir del español es que los socialistas de Costa se quedaron a escasos cuatro puntos del centro derecha liderado por Passos Coelho, mientras que Rajoy sacó casi 11 puntos de ventaja a Sánchez. Más decisivamente aún, el liderazgo de los socialistas en la izquierda portuguesa es indiscutible, ya que aventajaron al Bloco en nada menos que 20 puntos, mientras que el PSOE apenas logró un punto y medio más de votos que Iglesias quedándose a un suspiro del temido «sorpasso».

Pero es que, además, el mapa ideológico de la izquierda portuguesas dista de repetir las características que hacen peculiar a las diferencias que enfrentan a la española. El entendimiento entre el PSOE y Unidos Podemos tiene como principal escollo la cuestión territorial. Mientras que Sánchez sólo a última hora se ha subido al carro del equívoco concepto de «plurinacionalidad» y, en cualquier caso, nunca apoyará superar el principio constitucional de que sea el conjunto de los españoles el que decida sobre la unidad del país; lo cierto es que la constelación de partidos liderada por Iglesias actúa institucionalmente como la muleta de los partidos independentistas catalanes en Madrid, algo que pudo verse claro el pasado lunes, cuando varios de los principales portavoces de Podemos arroparon a Puigdemont durante la conferencia que celebró para explicar en referéndum independentista en el Ayuntamiento de Madrid... un espacio cedido por Manuela Carmena. Este tipo de comportamientos «filosecesionistas» son impensables en el Bloco portugués y, de esta manera, el terrero estaba abonado para la alianza de las izquierda en nuestro país vecino.

Desde Europa también se ve de manera muy diferente a España y a Portugal. Basta un vistazo a los PIB de ambos países –1.113 y 184 miles de millones de euros, respectivamente– para darse cuenta del porqué. En 2012, el FMI y BCE rescataron con más de 75.000 millones de euros la economía portuguesa tras declararse en bancarrota. Sin embargo, la economía española es siete veces mayor que la portuguesa y sería prácticamente irrescatable si quebrara. Razón de más para que desde Bruselas las coaliciones de Gobierno compuestas de elementos tan heterogéneos como la que propugnan los defensores de la «vía portuguesa» sean vistas con franco escepticismo, cuando no con temor.