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Sobrevivir a una moción

Históricos diputados recuerdan la intrahistoria de los debates, sus protagonistas e intrigas. El ex ministro Margallo ha vivido las cuatro desde Suárez a Rajoy

  • «La moción de Iglesias a Rajoy fue neutra» El ex ministro de Exteriores, José Manuel- García Margallo cree que ahora a Sánchez le toca demostrar su liderazgo/ Cristina Bejarano
    «La moción de Iglesias a Rajoy fue neutra» El ex ministro de Exteriores, José Manuel- García Margallo cree que ahora a Sánchez le toca demostrar su liderazgo/ Cristina Bejarano

Tiempo de lectura 8 min.

03 de junio de 2018. 09:33h

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Ángel N. Lorasque Madrid. 3/6/2018

Si hay alguien que conozca al dedillo los entresijos de las cuatro décadas de democracia en España ese es José Manuel García-Margallo. Entró como diputado en 1977 y en 2018 sigue al pie del cañón. Para él los pasillos del Congreso son su segunda casa. El ex jefe de la diplomacia es, además, el único que ha vivido (o sobrevivido) las cuatro mociones de censura que han tenido lugar en nuestro país. Su memoria es prodigiosa y recuerda con vívida nitidez lo ocurrido en 1980 cuando Felipe González le presentó la moción a Adolfo Suárez así como cuando el líder de Alianza Popular, Antonio Hernández Mancha, plantó cara al socialista en 1987 o cuando el año pasado Pablo Iglesias quiso apartar del poder a Mariano Rajoy. Las tres fracasaron. Es más para encontrar una moción de éxito en España –a parte de la que hemos vivido esta semana– tenemos que remontarnos a 1936, cuando Niceto Alcalá Zamora fue depuesto de la presidencia.

Desde que regresó la democracia a España ninguna de las mociones había conseguido derrocar a un presidente hasta ahora. Pero, ¿qué tienen en común las tres mociones anteriores a la que presentó y ganó Pedro Sánchez? ¿Cómo fueron aquellos días de infarto en los que la oposición quiso fulminar del poder a los mandatarios? Diputados como García-Margallo, María Izquierdo Rojo, Elena María Moreno González, Diego Jordano y Juan Ramón Calero relatan a LA RAZÓN la secuencia de los hechos ocurridos entonces que ellos vivieron en primera persona y que marcaron un hito en la historia. Era 21 de mayo de 1980 y Adolfo Suárez vivía sus horas más bajas. Una dura crisis económica golpeaba el país y como relata Elena María Moreno (que era diputada de UCD), «el poder económico, incluida la banca, no apoyaba las políticas del gobierno». El paro aumentaba a ritmo galopante y las sangrientas acciones de ETA preocupaban a la población. Suárez caminaba junto a García-Margallo cuando el presidente fue informado de que Felipe González había registrado en el Congreso una moción de Censura. «Suárez reaccionó muy mal. Decía que no entendía por qué Felipe hacía eso, pero yo le respondí que era un instrumento constitucional y que él lo que debía hacer era tratar de ganar ese desafío dialécticamente, no solo con votos», recuerda el ex ministro de Exteriores. «En principio a todos nos pareció un despropósito, habíamos ganado las elecciones de 1979 con casi mayoría absoluta y sabíamos que no iba a prosperar. Supimos rápidamente que la intención de Felipe era desgastar aún más a Suárez y a su Gobierno. No lo consiguió en ese momento pero sí un año después cuando el presidente dimitió», evoca Moreno.

El debate de la moción fue duro, recuerdan los presentes. «Alfonso Guerra, que intervino en la sesión utilizó la mítica frase de ‘’Tahúr del Mississipi’’ contra Suárez, acusándole de negociar por debajo de la manga», recuerda María Izquierdo Rojo, diputada socialista que ocupó un escaño hasta 1989. «En aquellos años existía la lealtad al Estado y la ideología no estaba contaminada por las encuestas como ocurre ahora. Por supuesto que estoy de acuerdo con que se use la herramienta de la moción. En el 80 se utilizó para dar la puntilla a Suárez ya que el panorama era desolador. González fue oportunista, pero le salió bien», añade.

«Felipe no consiguió los votos suficientes para sustituir a Suárez, pero sin duda su moción fue un éxito político de primera magnitud. Demostró que el presidente no tenía ningún apoyo fuera de UCD, incluso Alianza Popular se abstuvo. En segundo lugar abrió dudas sobre el liderazgo de Suárez no solo en la sociedad sino dentro de nuestro partido, dudas que culminaron en la dimisión de Suárez. Y en tercer lugar consagró a González como un auténtico líder de cara a las elecciones de 1982 en la que consiguió mayoría absoluta», subraya García-Margallo. Él se abstuvo, Elena María Moreno votó en contra y María Izquierdo a favor de la moción. «Aunque Suárez ganó, supuso su fin. Empezamos a ver cómo crecían las pugnas internas en el partido... fue hábil Felipe», asegura. «Recuerdo que Suárez quiso hacer una especie de rodeo en la que salían todos los ministros a defender lo que argumentaba Felipe. Él líder socialista salía a la tribuna solo a responderles. Fue un todos contra uno y salió victorioso», argumenta García-Margallo.

Una moción muy distinta a la que Antonio Hernández Mancha, recién nombrado líder de Alianza Popular, interpuso contra el entonces presidente Felipe González en 1987. «Fue el reverso de la moneda. Sólo le apoyó Unión Valenciana y el Partido Liberal. Fue un auténtico fracaso. El Gobierno de González ni se despeinó. La impugnación del programa que expuso Hernández Mancha fue combatida, discutida y rebatida incluso los otros grupos de la oposición. Aquello fue el final de Hernández Mancha», recuerda el ex ministro. Quien conoce muy bien cómo se gestó aquella moción es Juan Ramón Calero, portavoz de Alianza Popular entonces y quien fue el encargado de redactar la moción. «Me convocaron a una reunión el lunes 23 de marzo en Génova a las 9:30 de la mañana y Antonio me dijo: «Vamos a presentar una moción, ve al despacho y redáctala», recuerda Calero. Alberto Ruiz Gallardón se pasó por su despacho a ver cómo lo llevaba y se sorprendió de la rapidez con la que Calero había puesto negro sobre blanco. Fueron cuatro páginas que dos horas más tarde estaban en el registro. Les avisé de que si la presentábamos el lunes, Alfonso Guerra aceleraría los trámites para que se debatiera esa misma semana y así fue. El jueves comenzó el debate. «Yo hice el discurso de censura que duró una hora y tres cuartos. Para prepararlo me encerré durante esos tres días en el Hotel Centro Colón a escribir, tuve que pedir que me enviaran unas mudas y unas camisas desde Murcia, donde vivo, porque no tenía nada», explica. Según este diputado que tuvo asiento en el Congreso entre 1982 y 1991, «las mociones son una herramienta constitucional que hay que saber utilizar bien» y que puede que recientemente se esté «frivolizando» con ellas. Durante la primera parte del debate, Hernández Mancha se dedicó a leer todo lo que sus asesores le habían preparado. En la pausa preguntó a Fraga cómo lo había hecho y éste le dijo: «Antoñito deja los papeles y habla como tu sabes».

El congresista Diego Jordano, de Córdoba, recapitula con lucidez cómo fueron aquellos días de locura. «Nos pilló a todos por sorpresa. Yo acababa de entrar en el Congreso, subía en el ascensor cuando me dijeron que habían presentado la moción. Creo que era un buen momento. La situación económica era complicada, las irregularidades del POSE como partido eran tremendas... creo que fue una buena idea aunque finalmente la moción no tuvo el apoyo necesario», analiza Jordano, «Antonio me dijo que estuviera tranquilo, que Gallardón lo había visto y decía que era lo correcto. Nuestra propuesta fue una rebaja de impuestos y nos centramos mucho en la crítica al PSOE por lo mal que lo estaba haciendo», añade. Según el cordobés, la respuesta de Felipe González durante la moción «fue muy prepotente, fiel a su estilo». Pese a las críticas de la moción de 1987 él defiende que «era oportuna» y critica a «aquellos que hacen mal uso de esta herramienta constitucional». «España es el país que más crece de Europa, el empleo va mejorando y esta situación puede hacer que vayamos a peor en este momento. Ya vemos cómo se está comportando la bolsa y todos volvemos ahora a hablar de la prima de riesgo. Creo que el PSOE y Podemos no han hecho bien en presentar ahora una moción. Sólo se basan en la crítica y en echar al PP. La moción debe ser constructiva. Sánchez e Iglesias solo buscan notoriedad, apunta el abogado que mira con nostalgia los años en los que trabajó al servicio del país.

«La moción es el arma constitucional más fuerte de control parlamentario, pero su uso está limitado y debe ser pertinente», apunta Calero. Sobre la tercera moción de censura, la capitaneada por Iglesias contra Rajoy en 2017, el ex titular de Exteriores asegura que «fue neutra». «Ni a Podemos ni al Gobierno le benefició ni le perjudicó. Si se querían poner al descubierto las debilidades del PP aquello no tuvo el menor impacto en la opinión pública», sentencia. Insiste que al igual en el 80 con Felipe González, o en 1987 con Hernández Mancha, lo que ahora está en juego es la capacidad de liderazgo del que interpone dicha moción, en este caso Pedro Sánchez. «Rajoy es mucho mejor parlamentario que el socialista y además, Sánchez no es González», reflexiona.

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