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Soraya, la heredera

  • La exvicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. Foto: C. Pastrano
    La exvicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. Foto: C. Pastrano

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10 de septiembre de 2018. 16:49h

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José María Marco 7/9/2018

Las pequeñas maniobras de Soraya Sáenz de Santamaría encaminadas a dejar claro su disconformidad con el nuevo presidente del Partido Popular evidencian, una vez más, lo complicados que son los legados políticos y los traspasos de poder. Aznar eligió a Rajoy como sucesor para evitar que el liderazgo del PP saltara su propia generación y aterrizara prematuramente en la siguiente. Le tocaba a Rajoy, por tanto, abrir el paso a la nueva. El problema, en este punto, es que los cambios políticos ocurridos con la crisis le impedían repetir un nombramiento autocrático como aquel que le llevó a él a la jefatura del partido y, a más largo plazo, a la Presidencia del Gobierno. Así que Rajoy confió en que la larga experiencia en el poder, y su propio aval implícito, facilitarían el traspaso.

Las sucesiones políticas, sin embargo, nunca ocurren como se prevén, y en este caso el exceso de exposición de la heredera y su equipo les iba a perjudicar. Soraya Sáenz de Santamaría, destinada a ser la nueva líder y la sucesora de Rajoy, estaba demasiado identificada con el rajoyismo, del que era una de las almas, como para que la transición saliera bien. Menos aún en las circunstancias en las que se produjo, mediante una moción de censura imprevista –por el propio presidente del Gobierno- y que había dejado en evidencia una cierta forma de hacer política: la de la modernización sin ideología y sin argumento, eso sin contar con el sonoro fracaso que la propia Sáenz de Santamaría sufrió en Cataluña.

Así que la renovación del Partido Popular tal como la había diseñado Rajoy, y seguramente la propia Sáenz de Santamaría, estaba destinada a fracasar. Ese es el problema al que se ha tenido que enfrentar la antigua vicepresidenta. No habiendo comprendido que su tiempo había pasado, parece haber seguido pensando –y aún hoy no ha logrado quitarse la idea de la cabeza- que ella era la destinada a renovar el PP, porque ese era el legado de Rajoy.

Entre las muchas paradojas de este asunto está el que la gran novedad en la sucesión, como han sido unas primarias bastante abiertas, no hayan corroborado a quien las puso en marcha pensando en culminar con ellas el cambio, sino a quien encarna, de alguna manera, una vuelta al Partido Popular previo a Rajoy y a su estilo político. Desde el punto de vista de Sáenz de Santamaría, se ha avanzado para retroceder y su derrota es aún más dolorosa, y seguramente difícil de asumir, porque devuelve al primer plano buena parte de aquello que ella se esforzó por apartar y dejar atrás. Ha habido y está habiendo una renovación profunda, pero en el polo opuesto a como la preveía la sucesora y renovadora titular.

En estas condiciones, se comprende que a Sáenz de Santamaría le resulte difícil abandonar la primera plana. Siempre es duro, pero más aún lo es cuando los que consideraba seguidores han apostado por lo opuesto a lo que la exvicepresidenta quería significar. Tal vez Pablo Casado no haya hecho todo lo que se podía esperar de él para lograr una transición más suave. En cualquier caso, ni han faltado los gestos, ni Casado se ha mostrado beligerante en cuanto al rajoyismo. La diferencia, fundamental, estriba en que Casado no ha sufrido las consecuencias de la gestión de la crisis y, además, que parece dispuesto a poner en práctica una nueva forma de hacer política: con mayor disposición a escuchar a sus electores y a su propio partido, y sin esa curiosa mezcla de tecnocracia, funcionariado y frivolidad que acabó siendo comprendida como arrogancia.

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