Me negarás tres veces

La violencia de género

Una fiscal valenciana propone que el “negacionismo” de la violencia de género sea delito. Atentos, jardín.

De entrada, admiro la jugada. Es fantástica, puritita tautología. “Si no estás de acuerdo conmigo, declaro (lo intento al menos) delito pensar lo contrario que yo”. De esa manera, tengo razón. Porque no dármela sería ilegal. Luego solo es legítimo mi punto de vista, luego estás obligado a opinar así, luego la verdad es lo que yo digo, porque no hay alternativa. Y punto.

¡Qué cuajo! ¡Y qué eficaz! Es la versión posmo de la prueba de la balanza durante la Inquisición: si una sospechosa de brujería pesaba menos de cinco kilos (que era el peso que se presuponía a las brujas por su capacidad para volar) era acusada de ser bruja y declarada culpable. Pero si pesaba más, que era lo lógico y previsible en una mujer adulta, era acusada de haber hechizado la balanza para que arrojase un valor falso y declarada culpable de, oh sorpresa, ejercer la brujería. Pues esto igual. Si piensas como yo, me das la razón; y si piensas diferente, también. Por imperativo legal.

Nos cargamos de un plumazo, cuidado que no es moco de pavo, el derecho a la libertad de pensamiento, que implica el derecho a discrepar con nosotros del fulano de enfrente. Y además y por el mismo precio, en nombre del consenso nos saltamos el método tradicional de alcanzarlo: el debate intelectual. Y lo hacemos judicializando. Nada de análisis en profundidad, nada de aportar datos y cifras, de barajar las alternativas, contemplar los diversos escenarios, intercambiar y exponer ideas. Estaremos de acuerdo, sí o sí y porque lo queremos aquí y ahora, sin el farragoso esfuerzo de tener que convencer con argumentos. ¿Para qué subir peldaños, uno a uno, hasta el final de la escalera?

Insisto en que solo es una propuesta, la ocurrencia de turno de la fiscal en cuestión, pero no deja de ser una declaración de intenciones en formato meada fuera de tiesto.

Podríamos también prestar atención a la etimología, que es algo que me tiene muy preocupada a mí últimamente. Parece que nos olvidamos del significado de las palabras y de su origen para utilizarlas a nuestro antojo. O, peor todavía, lo conocemos y lo utilizamos para inocular el germen de aquello que significaban primigeniamente, provocando una reacción emocional a nuestra conveniencia. Como en este caso. Utilizar la palabra “negacionismo” para referirnos a la discrepancia con la “viogen” (violencia de género) nos pone, de golpe y porrazo, ante un crimen de lesa humanidad, reminiscencia de la Shoah (Holocausto) mediante.

Me parece arriesgado, además, que no habiendo un consenso, como no lo hay, en cuanto a la definición exacta de lo que es violencia de género y lo que no lo es, pedir que sea delito de odio su negación es tratar de aniquilar directamente la incertidumbre, que es lo único que, ante cualquier hecho, nos garantiza el escenario perfecto para plantear dudas, resolverlas y avanzar como sociedad. ¿Cómo vamos a alcanzar un acuerdo sobre lo que es y lo que no es exactamente violencia de género sin un debate previo, sin enfrentar posturas? ¿Cómo vamos a afrontar el reto de acabar con esa lacra si no somos capaces de definirla con precisión, de identificarla? ¿Cómo negar antes de afirmar?

Incluso podríamos, ya puestos y llegados a este punto, prestar atención al Código Penal. En España no es delito el negacionismo del Holocausto si no lleva aparejado un menoscabo en el honor y la dignidad de las víctimas. Es decir, que siguiendo el paralelismo efectuado por la propia fiscal, podríamos estar en desacuerdo con la definición generalizada de “violencia de género” y negarla, y eso no sería delito si no estuviésemos, al mismo tiempo, denigrando a las víctimas de la misma. De no hacerlo, nuestro negacionismo no nos situaría fuera de la legalidad y del marco constitucional.

O sea, que para que la fiscal de Valencia se salga con la suya y, como manifiesta que le gustaría, el negacionismo de la “viogen” fuera delito “exactamente igual que el negacionismo del Holocausto”, necesitaría primero que el negacionismo del Holocausto fuera delito en nuestro país. Como dirían los de Astrud, mi nueva idea no es cóncava ni convexa, sino un plano que se tensa y se destensa, sin que sirva para nada. Vaya tela.

Por resumir, que puede proponer esto como puede proponer que a partir de ahora la paella valenciana lleve surimi y cebolla caramelizada obligatoriamente. Hoy por hoy, una medida como esa es anticonstitucional. La de que sea delito el negacionismo de la violencia de género, digo. La de poner surimi en la paella debería implicar, directamente, destierro de por vida con tortura previa.