Familia

Por fin llegó la esperada libertad sexual

Laquenodebesernombrada, incognoscible ministra de Igualdad, anuncia que impulsará en breve una nueva ley de libertades sexuales. Qué bien ¿verdad? Que a partir de ahora, en nombre de la libertad, van a regular hasta nuestro comportamiento en el catre. Van a supervisar que lo hagamos bien. ¿Qué digo bien? ¡Que lo hagamos como Dios manda! A partir de ahora, solo sí será sí.

En adelante y por ley, casi todo será NO: un “no” será “no” (no como hasta ahora que un “no” era un “pase hasta la cocina”), un silencio será “no”, un gruñido será “no”, cualquier cosa será “no”, excepto un rotundo y manifiesto “sí”, que será “sí”. Excepto si ese “sí” hubiera sido emitido bajo coacción o amenazas, claro, o porque nos hemos sentido intimidadas por, yo qué sé, una mirada o un gesto, por acción o por omisión, algo subjetivo, hasta maltinterpretable. O sea, que incluso “sí” no es “sí”, sino algo más parecido a “sí pero”, a un “casi sí”, un “semisí”.

Y como solo sí (un “sí” claro, expreso, directo, manifiestamente afirmativo) será sí, norma jurídica mediante, pues habrá que andar con cuidadito no vayamos a meternos en un lío por las cosas del fornicio.

Bueno, yo no, que yo soy mujer. Utilizo el plural mayestático por solidaridad con vuestro drama. A mí, plin. A mí hay que creedme, hermanos. Pero imagínate, por poner un ejemplo, que el polvo mañanero es el que más te gusta. Ese despertarse y, medio amodorradita todavía, darse la vuelta y aprestar a mozo yaciente para, sin mediar pregunta ni consentimiento expreso, entregarse al noble arte de la cópula. Imagínate que en lugar de ser mujer la que se gira lascivamente es un hombre el que lo hace, y que a ella la pilla con el día torcido porque, me lo invento, le sorprendió anoche mirando a una rubia más rato del que su superyo es capaz de soportar. Y resulta que va y dice que ella no le dijo que sí, así que era no. Por omisión. Automáticamente, ese varón que antes de aparecer la rubia no merecía ni media queja, ahora es un agresor. Ojo, que estamos cerca de convertir el sexo heterosexual matinal en deporte de riesgo. No es cosa baladí. Me veo a los hombres acudiendo a Londres, como hace años hicieran ellas para abortar, en busca de un sexo casual y tempranero, sin riesgo de denuncia. Mendigos de la presunción de inocencia.

Lo que nos están diciendo, sin decirlo, es que en una relación sexual entre dos adultos no es necesario que la mujer manifieste su disconformidad u oposición para que esa voluntad no expresada sea respetada. Es decir, que se deposita en el hombre la obligación de interpretar y gestionar correctamente las emociones de la mujer, incluso, o especialmente, las no expuestas. ¿No significaría eso, entonces, que es el hombre el que debe tutelar y velar por la libertad sexual de la mujer? ¿No estaríamos delegando en él toda la responsabilidad? Obviamente, aclaro para mentes obtusas (que haberlas, haylas (un saludo a los señores con fular), no me refiero a casos clarísimos de violaciones o agresiones donde no hay duda del papel de cada uno. Me estoy refiriendo, hasta me duele tener que hacer estas puntualizaciones pero no está el patio como para no hacerlas, a casos de denuncias por abusos en los que se instala la incertidumbre, donde no es tan evidente lo ocurrido. Porque es en esos casos en los que el “solo sí es sí” y el creer a la supuesta víctima, a la mujer, por principio y sin posibilidad de duda razonable, es un atropello, un ataque directo a la presunción de inocencia, contemplada en el artículo 11 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Mal que les pese a algunos.

“La ley de libertades sexuales” dice Laquenodebesernombrada, con ese gesto tan suyo de estar siempre quejosa, de hondo disgusto, reprendiéndonos a todos, “será una ley integral que proteja la libertad sexual, y ahí se puede acoger cualquier persona, también las prostitutas si consideran que están siendo agredidas”.

Me tranquiliza mucho que también las prostitutas, y no solo las personas, puedan acogerse a esta ley. Y ojito al “consideran” porque deja abierta la puerta a algo tan subjetivo como es la propia percepción de la realidad de cada uno. No hará falta que algo ocurra para buscar el amparo de esta ley. Solo será necesario, de un modo que aún no han aclarado, que alguien sienta que está siendo agredido. A falta de ver cómo se articula esto en la nueva ley que protege nuestra libertad sexual (¿Qué hemos hecho hasta ahora sin ella? ¡Cuán desprotegidos hemos estado sin darnos cuenta! ¡Qué poco libre ha sido nuestra sexualidad!) no deja de ser inquietante que se admita sin sonrojo que la propia percepción de un individuo, la mera apreciación, será suficiente para acusar a otro de ser un agresor. Porque, no lo olvidemos, si a la mujer hay que creerla y automáticamente reconocer su condición de víctima si ella así lo siente, si le pareciere, reconocemos al mismo tiempo la existencia de un culpable. Y ese culpable, como dijo el poeta, está bien jodido.