Se paró nuestra vida

Carmen Jódar, médico de familia, reflexiona sobre tiempos de coronavirus.

Llevamos demasiados días de confinamiento y casi no queremos pensar en si esto va a suponer un antes y un después en nuestras vidas. Y no lo queremos pensar porque la respuesta hace que tengamos que mirar en nuestro interior y analicemos muchas cosas que nos hacen daño: cosas como no haber valorado antes la libertad que disfrutábamos y dábamos por segura.

De repente nuestra vida se ha parado, la actividad, el bullicio, las prisas… todo se ha concentrado en un objetivo que además es muy variable según donde vivas y a qué te dediques.

La prioridad para todos es la salud, la salud siempre es lo primero pero en estos momentos se acrecienta. La incertidumbre de que algo nuevo y desconocido pero una amenaza real, entre en tu casa y pase por encima de tus seres queridos sin saber las consecuencias que puede tener, genera una ansiedad indescriptible.

A estas alturas todos conocemos a alguien que nos ha dejado, quizá incluso a más de uno. Le ponemos cara a las víctimas: mayores, jóvenes, padres de amigos, familiares… gente como nosotros que hasta hace unos días estaba en la vorágine de la vida disfrutando de la rutina y los imprevistos. Es extraño porque cuando salgamos nos tendremos que enfrentar a la idea de que esa persona no va a estar ahí y no hemos podido despedirnos de ella, ni siquiera hacernos a la idea de que ya no la íbamos a volver a ver.

La muerte en circunstancias como esta se asemeja a la muerte imprevista que ocurre en un accidente o una muerte súbita. El padecer una enfermedad hace que la familia y el paciente tome conciencia de que hay una posibilidad aunque crea que es remota, de que el desenlace sea fatal. Eso hace que nuestra mente se vaya preparando. Sin embargo una muerte súbita es muy traumática, nunca estamos preparados.

El escenario actual es doloroso: la incertidumbre, el miedo, la sensación de abandono pues los familiares no pueden acompañar al enfermo, sufren por su soledad y además se acrecienta la inseguridad y el miedo. Si mejora, suplirán la sensación de abandono por la comprensión de la necesidad del aislamiento y la vivencia de la amenaza global, pero si no lo supera y sobreviene la muerte, con la obligada distancia social esa familia tampoco podrá apoyarse en el calor de los seres queridos. Ni siquiera un abrazo… es la soledad completa, cruel e inhumana.

El duelo se hace más complicado: los sentimientos de rabia e ira se pueden mantener más tiempo. La sensación de que se podía haber hecho algo más es persistente y hace más difícil superar la pérdida.

Y es que esta situación es tremenda para todos: para los que han perdido sus familiares en primer lugar, pero también para los que han perdido su trabajo, los que tiene que seguir trabajando con el riesgo de llevarse a su casa ese maldito bicho… todos hemos tenido la pérdida de nuestra vida anterior.

Las pérdidas que sufrimos en nuestra vida nos generan sentimientos similares a un duelo, sin embargo esta pérdida de nuestra vida y a la vez confinarnos han hecho reencontrarnos con nosotros mismos en soledad. Digo en soledad, porque aunque estemos acompañados de nuestra familia, disponemos de tiempo para reflexionar con nosotros mismos y es en ese momento cuando aparecen nuestros miedos y preocupaciones.

La salud también depende de la gestión de las emociones. Es necesario comprendernos, aceptarnos y perdonarnos porque afloren en nuestro interior sensaciones de rabia incluso de odio, son fruto de la frustración, la inseguridad y la incertidumbre.

Es imprescindible identificar nuestros sentimientos, pensar en ellos sin angustia y si podemos, incluso hablarlos. Gestionar nuestras emociones es clave para seguir viviendo y para salir fortalecidos de una experiencia dura como esta. Intentemos mirar nuestro interior, identificar y sacar nuestras fortalezas, solo así viviremos de una forma diferente en un futuro inmediato.

No tenemos que esperar que esto acabe para vivir, esto también es la vida y no sabemos que nos va a deparar. Este virus nos ha puesto en jaque, deberíamos aprender a vivir cada día disfrutándolo con la incertidumbre consciente de no saber donde vamos a estar mañana.

Estamos en un momento singular para la humanidad, y como ciudadanos del mundo deberíamos interconectar en este dolor común para mantenernos unidos. Sólo así podremos transformar esta vivencia en un punto de inflexión y apoyo para comenzar a crecer de nuevo y avanzar como una sociedad más resistente y fortalecida.

Carmen Jódar, médico de familia.