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Adolescente y con asignaturas para septiembre. ¿Sirve de algo el castigo?

Muchas familias se ven desbordadas ante esta situación y no saben bien cómo actuar

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Tiempo de lectura 4 min.

08 de julio de 2018. 08:39h

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Lara Garrido.  larazon.es. 10/7/2018

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La llegada del verano supone una situación de conflicto y tensión para muchas familias de adolescentes con asignaturas suspensas, lo que sitúa a los padres en una complicada situación de indecisión y duda respecto a cómo proceder. Lara Garrido, psicóloga de Grupo Laberinto, nos explica las claves.

Es importante destacar que no existe una forma idónea de actuar para todos los casos, sino que la mejor postura a adoptar dependerá de las circunstancias personales de cada niño. En primer lugar, es aconsejable mantener una conversación con nuestro hijo en un entorno relajado. Por ello, si es necesario, deberemos tomarnos un tiempo para no dejarnos llevar por el enfado y poder abordar el tema desde la calma.

Dedicaremos para ello un tiempo exclusivo en el que poder preguntarle qué ha pasado, permitir que se explique y nos exprese sus emociones y sentimientos. Muchos jóvenes sienten frustración y culpa ante la posibilidad de haber decepcionado a sus padres y valoran enormemente que estos se interesen por lo que les ocurre.

Por otra parte, siempre debemos valorar el esfuerzo y no los resultados. Si nuestro hijo suspende dedicando interés y tiempo suficiente al estudio y los deberes, lo más conveniente será olvidar la reprimenda y centrarnos en encontrar la causa, ya que detrás del fracaso escolar suelen encontrarse dificultades de aprendizaje, problemas atencionales, motivacionales y/o emocionales. Para ello será necesario comunicarnos con sus profesores, orientador escolar o un psicólogo que puedan orientarnos acerca de sus necesidades con el objetivo de brindarle el apoyo que necesite.

En los casos en que, existiendo las condiciones y aptitudes necesarias para el buen rendimiento escolar, las malas notas se hayan producido como consecuencia de una falta de esfuerzo por parte del menor, es recomendable poner en marcha ciertas medidas teniendo en cuenta algunos aspectos:

Diversos estudios advierten no sólo de la ineficacia del castigo, sino también de sus efectos nocivos, al tratarse de una medida sin valor educativo que no facilita el aprendizaje de conductas alternativas y genera emociones negativas en el menor. Por esta razón, es conveniente ayudar al adolescente a planificar su tiempo de estudio y pactar previamente con él las consecuencias de no cumplir con el plan de trabajo, de modo que sepa de antemano lo que ocurrirá en caso de que no esforzarse lo suficiente.

Conviene evitar culpabilizar al adolescente, intentando externalizar el problema y separar al niño de su etiqueta: promover el “tú haces” frente al “tú eres”. De este modo no le culpamos del problema, pero sí le responsabilizamos de su solución. Asimismo, prestar atención a las consecuencias del problema en lugar de a las causas, capacita al menor para reflexionar sobre cómo ha contribuido al mantenimiento del problema y qué consecuencias le puede producir. A partir de ahí plantamos la semilla de la responsabilidad, planteando qué puede hacer para que la situación mejore y fomentamos su motivación al cambio.

Como padres, debemos ser muy consistentes respecto a los límites y las normas. En algunos momentos puede ser positivo negociar con los hijos, pero transmitiendo que una decisión ya tomada no es negociable. De este modo, si marcamos una consecuencia, debemos cumplirla, pues de lo contrario perderemos credibilidad. Además, en la toma de decisiones ambos padres deben permanecer unidos como un bloque indivisible frente a los hijos, evitando ocupar posiciones de bueno y malo.

La adolescencia es un momento vital en el que se inicia el deseo de independencia y construcción de la propia identidad. En esta etapa, la relación padres-hijos adquiere una forma de círculo vicioso en el que el aumento de control parental no es funcional, ya que los jóvenes lo perciben como una amenaza a esa necesidad de independencia. Esto les lleva a poner mayor distancia, lo que genera en los padres sensación de pérdida de autoridad, que intentan solventar nuevamente con un exceso de conductas de control. Para frenar esta escalada, tendremos que hacernos cargo de la situación, armarnos de paciencia y recurrir al diálogo.

Cuando los hijos son pequeños, nuestra labor como padres es de cuidado y protección, ofreciendo una serie de límites, a través de los que les protegemos. Sin embargo, con la llegada de la adolescencia, nuestra función debe ser de acompañamiento, ya que si no flexibilizamos esos límites, lo que antes aportaba seguridad a nuestros hijos, puede comenzar a oprimirles.

En los conflictos familiares, resulta de gran ayuda que los padres realicen introspección sobre su propia experiencia como adolescentes. A veces los adultos olvidan cómo fue su propia juventud y en estos casos puede ser útil que intenten recordar si se sintieron incomprendidos o apoyados por sus propios padres, para así, poder empatizar y conectar con la situación de sus hijos.

No podemos olvidar que a nadie le gusta sentirse por debajo de los demás en ningún aspecto y que el fracaso escolar, ya sea debido a falta de dedicación o a dificultades subyacentes, tiene un poderoso efecto sobre la autoestima, de modo que en cualquier circunstancia, lo que nuestro hijo requerirá de nosotros por encima de todo será apoyo y orientación para hacer frente al problema.

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